La comunidad ucraniana residente en Málaga -que ronda las 11.500 personas según el último censo del INE- se despertó la mañana de este jueves con el corazón en vilo tras el ataque ordenado por el presidente de Rusia, Vladimir Putin, contra su país. Desde que en la madrugada llegaron a sus teléfonos móviles los mensajes de sus familiares con la noticia del inicio de la guerra, no se han despegado ni un minuto de sus terminales ni de la televisión para estar pendientes de la evolución del conflicto y de cómo lo están viviendo sus padres, hermanos, tíos o primos que residen en este país de la Europa Oriental, mientras que en la provincia, a miles de kilómetros de sus seres queridos y de sus raíces, sus sentimientos son «de impotencia y de rabia».
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Así lo han expresado un grupo de ucranianos, principalmente mujeres, que con lágrimas en los ojos y la angustia en el alma han acudido al mediodía a la oración conjunta que por la paz en Ucrania, la unión del pueblo ucraniano y para pedir que «el invasor» salga de su país ha celebrado un sacerdote ortodoxo en la iglesia del Convento de las Madres Mercedarias, ubicado en el barrio del Molinillo de la capital.
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«Los sentimientos son tan mezclados que no puedo ni explicarlos. Por un lado tienes la impotencia de no poder hacer nada, de otro tienes las ganas de apoyar y ayudar en lo que puedes y todo con una profunda rabia porque esta situación se podría haber evitado si se hubiera actuado antes, hace ocho años». Quien así se pronuncia es Natalia, una ucraniana casada con un malagueño que vive en España desde 2015 y que ha acudido al acto religioso con su hijo pequeño en un carro en cuyo capazo prendió con un alfiler un folio con sólo dos palabras: 'Putin, asesino'.
Natalia está en permanente contacto con sus padres, que viven en las regiones más occidentales del país, y con su hermana, que reside en el centro de Ucrania, a quienes llama cada hora. «La gente está preocupada, pero aún así han ido a sus puestos de trabajo, mientras que los niños no han ido a los colegios. Mi madre están intentando comprar gasoil para el coche para poder moverse y adquirir alimentos y medicinas», cuenta, al tiempo que niega que sus familiares vayan a huir porque «no tenemos adónde ir. ¿Por qué nos tenemos que ir de nuestro país? Tenemos que defenderlo».
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A su lado, cuando se le pregunta, Irina dice que no sólo están preocupados «sino lo siguiente» y añade: «Me siento fatal porque no puedo hacer nada desde aquí; me siento con las manos atadas». En el caso de esta ucraniana su preocupación es aún mayor si cabe puesto que su hermano es militar. «Él no me puede decir nada. Sí he hablado con mi sobrina, que es quien me ha avisado del ataque. Lo que está saliendo en las televisiones occidentales es sólo una tercera parte de lo que está sucediendo en mi país. Putin es un agresor y un fascista», relata.
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Con una bandera de su país atada al cuello, Mariana, integrante de la Asociación Ucraniana de la Costa del Sol Maydan Málaga, alterna las declaraciones a la prensa con la consulta de las llamadas y mensajes en su teléfono móvil. «La noche ha sido con mucho dolor, muchas lágrimas, mucha preocupación, con un contacto continuo con los familiares que están allí para seguir las noticias y con intranquilidad. Los que estamos aquí y tenemos familia en Ucrania y quienes están allí lo estamos pasando muy mal», afirma.
María no puede ocultar las lágrimas mientras muestra su «preocupación» por el inicio de las hostilidades: «Llevamos ocho años de conflicto pero no esperábamos esta paso que ha dado Rusia».
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Nazari tiene 21 años, es el hijo del sacerdote que ha oficiado la oración por la paz y tiene a su abuelo y su tío en Ucrania. Su sentimiento ante lo que está ocurriendo es de «incomprensión» ante la actitud bélica de Rusia y de preocupación «por nuestras familias, nuestro país y nuestra cultura, que siempre ha sido perseguida».
Cuando se le pregunta a este joven si tienen miedo, su respuesta es categórica: «Angustia, sí, pero miedo, no. En estos momentos queremos ser fuertes porque no queremos que se apodere de nosotros el miedo». «Es una situación muy incómoda e indeseable. es lo peor que uno puede esperar y esperemos que no vaya a más», apostilla Nazari.
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Irina concluye resumiendo un sentimiento generalizado en la comunidad ucraniana radicada en Málaga: «No tenemos miedo, lo que queremos es que los rusos se vayan de mi país y venga la paz y la tranquilidad».
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