
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Este viernes, el orgullo calló a la rabia, porque un amigo, hermano, tío o hijo no hace historia del deporte todos los días. Aunque resonara el eco en el vacío estadio japonés en el que se disputó la final de katas, Damián Quintero nunca estuvo solo. A miles de kilómetros de Tokio, alrededor de un centenar de familiares y amigos de toda la vida del karateca malagueño se reunieron, con escasas horas de sueño en el cuerpo, para apoyar desde la distancia al que ahora es el subcampeón de los Juegos Olímpicos.
Se dieron cita en el chiringuito Playa Santa de Torremolinos, su localidad, y dieron la talla, como Quintero en su final. Todos vestidos con camisetas de apoyo a Damián y banderas de España. Unas horas de fiesta en las que reinó la alegría, aunque en el momento de la decisión arbitral más de uno se echara las manos a la cabeza al ver que el ganador era el japonés Ryo Kiyuna. En medio de esta atmósfera festiva, un mar de lágrimas y un sinfín de aplausos, dos personas se abrazaban llorando sin cesar. Eran los padres de Damián, Miriam y Hugo, artífices también de esta victoria. «Ahora mismo sólo podemos sentirnos orgullosos. Al final no importa el color de la medalla. Lo importante es dónde ha estado, eso vale muchísimo», valoraba el padre, emocionado. Como anécdota, sus últimas palabras para su hijo, con el que habla cada día sin falta, fueron: «Mucha suerte, pichón». Y acompañado de un trébol de cuatro hojas.
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Hugo Quintero relató cómo vivió la final, llorando de principio a fin desde que su hijo salió al tatami: «Yo me emociono muchísimo cuando lo veo competir, no sé si es que estoy viejo. Me toca mucho el corazón; eso sí, se ha merecido estar ahi, es un trabajador nato». A lo que su madre, ya recompuesta después del instante de emoción, añadió: «Tengo lágrimas de rabia y alegría, pero tenemos que valorar que tiene una medalla olímpica. Damián lo ha ganado todo, esta es la única medalla que le quedaba». Era el último hueco por llenar en la estantería de su cuarto en la casa en la que se crió. Asegura Miriam Capdevila que su hijo sabrá entender el valor de esta histórica plata: «Damián no llora nunca porque tiene una gran espalda. Ahora ya cuando nos veamos ya veremos si llora. Él entenderá el valor de esta plata perfectamente. Para nosotros es de oro», explica, acompañada de su hija Gisela, la hermana de Damián, que trabaja en Estados Unidos pero ha viajado a España unos días después de un año y medio. «Para nosotros siempre será de oro; tenemos un poco de rabia porque sabemos el esfuerzo que lleva detrás, pero no importa. Es nuestro campeón y vamos a celebrarlo como tal», asegura.
Un mar de gente impulsó al malagueño durante la madrugada y disfrutó de la gran final olímpica. Entre ellos, varios amigos de la infancia, con los que además comenzó a dar sus primeros pasos en el primer club de su vida, el Goju Ryu de Torremolinos. «Él siempre era el número uno, nunca se ha conformado con nada, siempre quería más. He competido muchos años con él y ahora es una alegría verlo en los Juegos», valora uno de ellos, Franciso Falzoi. Le acompañaba otro amigo de la infancia, Lorenzo Marín, hijo además del que fue su primer entrenador (homónimo). «Recuerdo que no me sabía los katas y repetía lo que hacía él. Ya se le veía el carácter y que apuntaba alto. Ahora estamos deseando que llegue para poder celebrarlo con él». Y en la misma línea, otro amigo y compañero del club recuerda: «Damián era el ejemplo a seguir, ya desde pequeño todo el mundo quería ser como él, triunfaba en España y todos los niños intentábamos imitarlo. Tenía el don y luego la perseverancia para seguir entrenando, que es lo que les falta a muchos».
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La celebración se extendió hasta el Norte de España, concretamente hasta Gijón (Asurias), la localidad natal de la mujer de Quintero, Casandra Busto, que reunió a un grupo de familiares y amigos para vivir también el gran momento. «Lo celebramos como una victoria. Esta plata sabe a oro, Es el premio a una carrera en la que nunca se ha bajado de lo más alto», contaba emocionada. Ella, que vive con el malagueño desde hace años, ha vivido en primera persona los momentos más complicados del karateca en la preparación olimpica: «Han sido tantos años esperando este momento, además del Covid, la frustración de la cancelación de los Juegos, el miedo por las lesiones… Lo he vivido con mucha angustia, como un nudo en el estómago… Hasta que no lo vi en la final no se me quitó».
Asegura que sufre incluso más que el propio Quintero la tensión de estos momentos y que al final acaba siendo él mismo el que busca el lado positivo: «Lleva sus propias frustraciones mucho mejor que yo. Está muy preparado mentalmente. Yo a veces quiero darle consejos y al final él es el que tira para adelante. Ha sido muy duro, pero ha merecido la pena».
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