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JUAN CANO
Miércoles, 7 de agosto 2013, 12:08
En las fotos de los periódicos siempre aparecía con unas enormes ojeras. En aquella época, apenas dormía un par de horas. El ritmo de trabajo era brutal, y la responsabilidad obligaba. Él abrió la caja de Pandora para el gilismo y desató el caos que precede al orden. Dirigió la primera causa urbanística contra una corporación municipal en la Costa del Sol, y no le tembló el pulso al firmar el auto que envió a Jesús Gil a prisión. Santiago Torres, ex juez decano de Marbella, cuelga la toga.
-Acaba de cumplir 51 años. ¿No es demasiado joven para abandonar la carrera judicial?
-No aguantaba más el peso de la toga. Es un trabajo que requiere una gran exigencia y mi estado de salud es delicado. Me han operado tres veces en solo unos meses y llevaba de baja desde el 26 de febrero. Por eso he tomado la decisión de abandonar la carretera judicial y dedicarme a otra cosa.
-¿Qué sintió al colgar por última vez la toga, después de tantos años?
-Sinceramente, me sentí liberado. Fue una decisión muy meditada y tomada con mi familia. Ahora me toca cuidarme a mí. Quiero seguir siendo útil a la sociedad, pero no como juez. He emprendido una nueva aventura profesional con unos amigos en el despacho CLAIM Abogados. Con todo lo que está pasando con las preferentes y las cajas, la sociedad precisa de jueces independientes y buenos abogados.
-Repasemos su trayectoria. Es palentino, su primer destino fue un juzgado de Bergara (Guipúzcoa), donde ascendió a magistrado, y fue juez decano en Barcelona. ¿Por qué Marbella?
-Mi familia política residía en Granada. Allí era muy difícil conseguir plaza, y surgió la posibilidad de ir a Marbella. Llegué en junio de 1997. Solo sabía de ella lo mismo que cualquier visitante: que era la joya del Mediterráneo, el lugar de la jet set... pero también había oído hablar de tratos de favor generalizados en casi todos los ámbitos de la administración.
-¿No tuvo la sensación de estar metiendo la mano en un avispero?
-La verdad es que no, porque realmente no sabía dónde me metía. Yo no mido las consecuencias extraprocesales, mi criterio como juez ha sido siempre el de obedecer única y exclusivamente a la ley.
-Pero lo cierto es que su llegada a Marbella marcó un antes y un después para el gilismo...
-Así fue. Se trabajó mucho y muy bien en aquella época. Anticorrupción puso una querella que dio lugar a la primera causa urbanística en la Costa del Sol contra una actuación municipal (el 'caso Belmonsa'). Fue como tocar el 'sancta sanctorum'.
-Y llegó la presión.
-Tras el 'caso Belmonsa', comenzaron a aparecer panfletos municipales en los que me decían de todo menos guapo. Sí, estuve sometido a mucha presión y me encerré en mi familia, que también la sufrió. Aunque fueron momentos de cierta amargura, los doy por bien empleados a la vista del resultado posterior.
-A los tres años puso tierra de por medio. ¿Mejor en la distancia?
-Lo que ha pasado en Marbella es una victoria del Estado de Derecho, y eso es algo por lo que siempre la llevaré en el corazón. La visito en la medida en que puedo porque he dejado muy buenos amigos allí. Pero me tuve que ir porque había perdido el anonimato y me afectó a la salud. No me gusta la notoriedad. Yo puedo asumir las consecuencias de lo que he hecho como juez, pero nada más. Estoy casado y tengo dos hijos; la situación empezó a volverse demasiado incómoda para mi familia. Como consecuencia de todo aquello sufrí problemas cardiacos: tuve dos infartos y seis anginas de pecho.
-¿Fue el peaje que pagó por enfrentarse al gilismo en Marbella?
-Entiendo que sí. Hubo una relación causa-efecto clarísima entre esa etapa y los infartos posteriores. Pero los doy por bien empleados, porque al final se ha impuesto el Estado de Derecho. Esas son mis medallas.
-¿Cómo recuerda el día que envió a Gil a prisión?
-Fue el 7 de enero de 1998, después del Día de Reyes. Era puente, pero trabajé porque había que practicar diligencias a la mayor brevedad, ya que intentaron paralizar la instrucción (del que más tarde se conocería como 'caso Camisetas') con una serie de artimañas procesales.
-¿No sintió vértigo al pensar la que se le venía encima con aquella decisión? Intuiría que iba a estar rodeada de polémica...
-Pues no lo pensé. Entendí que era lo que había que hacer. Solo me preocupaba que fuese algo justo, lo mismo que cuando un mes después le ordené salir de prisión por su estado de salud. La cárcel no era un instrumento para nada, sino un medio para evitar la destrucción de pruebas y el riesgo de fuga. No hubo nada personal en aquello. De todas formas, es muy difícil que una decisión judicial guste a todos. Pero me llamó mucho la atención el revuelo social y mediático que se formó, que era impensable para mí. Tuvo una trascendencia que yo, a priori, no veía.
-Desde entonces se le presenta siempre como el juez que envió a Gil a prisión. ¿Se siente orgulloso?
-En absoluto. Ningún juez que se precie puede sentirse orgulloso de mandar a nadie a la cárcel. Privar a alguien de libertad es la peor decisión que nos toca adoptar; solo se puede llegar a ella cuando todo lo demás ha fallado.
-Gil contraatacó a través de los medios. Tuvo incluso que acudir a los tribunales por los insultos y acusaciones que vertía contra usted.
-Sí. Me volví a encontrar con él por la denuncia que le puse. Él iba como acusado y yo, como testigo. A mí me indemnizó con 12.000 euros y además tuvo que pagar una multa de 30.000. El Estado sacó más tajada que yo; es curioso que haga negocio con el sufrimiento de su servidor (bromea).
-¿Nunca sintió que intentaban comprarlo, o al menos engatusarlo?
-No. Jamás me pusieron a prueba por la parte amable. Solo intentaron torcerme a base de querellas, denuncias, seguimientos y desplantes a mi mujer e hijos.
-«A mí me han dicho que en España no se puede comprar a ningún juez, aunque sí alquilarlo». ¿Qué opina de aquella frase lapidaria que Gil soltó a un periodista?
-Ufff... No creo que ser juez suponga un aura de incorruptibilidad, porque conozco algún caso de lo contrario. Pero sí puedo decirle que la mayoría son honestos, justos, imparciales y con una gran vocación, tan grande que sin ella no seguirían siéndolo. Cualquier otra profesión les permitiría ganar más dinero.
-En 2000 pidió traslado a Madrid, donde se ha retirado tras ocupar una plaza en la Audiencia Provincial. ¿Cómo vivió el cambio?
-Madrid es una sociedad y un ecosistema bastante diferente a Marbella. Lo bueno que tuvo fue volver a recuperar el anonimato, y también me ha permitido llevar algunos casos importantes, como las operaciones 'Guateque', 'Ébano' o 'Edén'.
-Ahora que está a punto de salir la sentencia, ¿cómo ha seguido la evolución del 'caso Malaya'?
-Por la prensa y un poco fraccionado, aunque con mucho interés. Llegué a pensar que todo iba a quedar en nada tras el robo de los sumarios (2001). Sin embargo, el esfuerzo de los que han trabajado allí para reconstruirlos ha sido magnífico. La 'operación Malaya' se apoyó en todas las investigaciones anteriores que habíamos hecho de las sociedades municipales.
-¿Qué espera de la sentencia?
-Espero que se haga justicia. Sea cual sea el resultado, con ella se cerrará una etapa oscura de Marbella. Cuando se impone la voluntad solo del que gobierna, la libertad, la democracia y la civilización se derrumban. Marbella vivió una especie de Edad Media, rodeada de brillo, pero no pasaba de servir a la voluntad y los intereses de un grupo de personas. Los que medraban estaban muy felices. Pero muchos lo pasaron mal.
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