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CÉSAR COCA
Sábado, 25 de junio 2011, 03:36
Al verlo sentado en el porche de su casa, charlando sobre filosofía y ética, exponiendo sus planes para editar algunos libros o recordando cómo hace unos años pensó seriamente en dedicarse a la investigación histórica y filosófica, resulta difícil imaginar que Santiago Eguidazu sea el presidente de N+1, una firma de gran relevancia en el mercado de servicios de banca de inversión. Esa es su profesión, pero su pasión, la filosofía, va ganando terreno hasta el extremo de que consume ya buena parte de sus horas y de sus proyectos de futuro. Eguidazu dedica al pensamiento y la ética mucho tiempo pero no se queda en el estudio y la reflexión: ha creado una editorial dedicada a publicar libros sobre la materia y un premio para sacar a la luz la obra de jóvenes filósofos.
Quizá el germen de su preocupación por el pensamiento y la ética hay que buscarlo en sus tiempos de colegial. Eguidazu, nacido en Madrid, estudió en el Colegio del Pilar, «un centro muy liberal y dado al diálogo» por el que pasaron muchos dirigentes políticos de las últimas décadas. Allí, en ese colegio, montó junto a otros compañeros una academia nocturna para gente sin estudios. «Estábamos a comienzos de los años setenta y dábamos clase a casi 200 personas. Luego, aquello derivó hacia el marxismo y lo cerraron».
Estudió Económicas en la Universidad Autónoma de Madrid, en un tiempo en que todavía la carrera «no había basculado hacia las matemáticas, la estadística y la empresa, abandonando la ética y la moral», dice en tono claramente crítico. Recuerda de aquellos años que tenía un grupo de amigos con similares inquietudes, vinculadas a la Filosofía moral que alentó en sus orígenes la Ciencia Económica. «En la Transición, hicimos una revista llamada 'Calycanto'», donde se hablaba de esas preocupaciones en un escenario político de enorme inestabilidad. Puede ser el inicio de una vocación editora que ha cristalizado en un proyecto ambicioso.
Al acabar la carrera se fue a Bruselas, a trabajar en la Comisión Europea, en la unidad que fundó el Sistema Monetario Europeo, antecedente del euro. «En lo personal, Bruselas me supuso acceder al mundo occidental de verdad; a un mundo abierto e intercultural. Eso me marcó como una persona nada nacionalista: ni nacionalista vasco ni español. Yo siempre me encuentro bien en Europa».
A su regreso de Bruselas, ganó la oposición para técnico comercial del Estado y entró en la Administración, formando parte del equipo que negoció la adhesión de España a la UE en los aspectos económico-financieros. Más tarde fue el representante español en el Club de París, donde tomó asiento con Michel Camdessus, luego director del FMI, y su segundo, Jean Claude Trichet, actual presidente del Banco Central Europeo. Su trayectoria se desvía con posterioridad hacia el ámbito privado, concretamente la banca de inversión. «Mis primeros dos o tres años en el sector fueron un éxito profesional y sencillamente lamentables en lo personal. Era una época de crecimiento acelerado acompañado por una escasa conciencia moral. Cuando trabajas con el dinero y las inversiones necesitas cultivar el mundo social, la filosofía».
Hay otros mundos
Dicho y hecho. En 1992, Eguidazu pasó un mes en Zaire, adonde había ido junto a un médico para llevar un cargamento de alimentos. A partir de ahí iniciaron una colaboración con los Padres Blancos que derivó en la creación de Avarigani, algo que empezó como una misión humanitaria y ahora tiene proyectos educativos en Perú.
Esta capacidad para la acción se vio complementada con la reflexión. «Mis primeras aficiones fueron siempre la Historia y la creación literaria, además de la Economía. Pero hace siete años di un paso más y me acerqué a la Escuela de Humanidades que regenta Alejandro Gándara y en la que también estaban Álvaro Pombo, Rosa Montero, Clara Sánchez y otros. Allí íbamos gente muy dispar, aunque en general más jóvenes que yo. Después, me cambié a una de Filosofía, donde los asistentes somos más homogéneos: profesionales, ingenieros, economistas... gente de clase media-alta con las mismas preocupaciones y parecida edad». Así, uno o dos días por semana, tres horas cada sesión.
Dentro del amplio ámbito de la filosofía, los intereses de Eguidazu han ido cambiando. «Primero me interesé por la Escuela de Fráncfort, sobre todo por Eric Fromm y Herbert Marcuse. 'Ser o tener' es uno de mis libros de arranque en ese punto». Y va desgranando nombres, a veces lindantes con otros terrenos científicos: Gregorio Marañón, cuya mezcla de historia, biografía y psicología le resulta «maravillosa. Su biografía del conde duque de Olivares debería ser lectura obligatoria». Max Scheler y su teoría de los valores. Y en el ámbito literario, pero con un profundo calado filosófico, Thomas Mann, «entre kantiano, cristiano de base y liberal; y Heinrich Böll, cristiano y socialista».
La tentación
Eguidazu desgrana aspectos de su vida que explican y se explican por esta afición a la filosofía y las Humanidades: un abuelo paterno coleccionista de libros de quien descubrió un día que tenía muchos títulos prohibidos; un suegro que era un intelectual en el más estricto sentido del término y que ensanchó el horizonte de sus intereses; sus visitas a librerías de todo el mundo; su interés casi obsesivo por personajes llenos de aristas como Joseph Cailloux, primer ministro de Francia juzgado por traición por su pacifismo...
«Cuando vendimos Asesores pensé cambiar radicalmente de vida. Me atraía mucho dedicarme a la Universidad, hacer investigación. Pero todo eso es la historia de una cobardía parcial. No lo hice -lo confiesa con total seriedad- por cobardía ante lo que suponía el cambio, porque dedicarme a investigar lo que quería supondría largas estancias fuera, alejado de mi familia, y porque también tengo una vocación empresarial que quiero hacer compatible con mi pasión por la filosofía». De manera que fundó otra compañía y ahí sigue, convencido de que los verdaderos cambios personales necesitan de un impulso exterior: «Un accidente, una muerte, un fracaso radical...»
El siguiente paso fue crear una editorial. «Un día me llamaron para decirme que iban a hacer un homenaje y un libro a José Miguel Palacios. Lo que me pedían era financiación para todo ello. De ahí surgió en mí la idea de hacer una editorial para publicar trabajos filosóficos de los temas que a mí me interesan. Es decir, una empresa 'con ánimo de pérdida'», explica. Así nació Avarigani, que ya ha publicado o tiene en cartera 'Apología de lo inútil' (varios autores), 'Nietzsche, crítica de la moral heroica' (Giuliano Campioni), 'Fenomenología de la voluntad' (Alexander Pfänder) y 'Prejuzgados. Ante la ley' (Jacques Derrida). Sus planes son publicar diez o doce libros al año, especializando la editorial en la ética anglosajona. Y junto a ello, está el premio para un filósofo joven, que en su primera edición ha ganado Alejandro Martín Navarro, un profesor de Ciudad Real.
Admiración mutua
¿Cómo encaja personalmente Eguidazu en el ambiente de filósofos e intelectuales en el que ha empezado a moverse? «Hay una admiración mutua. La mía con criterio y la suya sin él», explica sonriente. «El hombre de pensamiento admira al de acción, le hace reflexionar sobre su incapacidad para la misma. Yo de ellos admiro no tanto el pensamiento como la consistencia. El filósofo es en general un hombre bueno, que practica mucho de lo que dice y piensa y que se examina críticamente a sí mismo. Eso es admirable».
De ese cruce de vocaciones nacen, sin duda, sus críticas al rumbo tomado por la Economía, que debe volver a encontrarse con la Ética. «El trasfondo de esta crisis es moral. La ética de los valores ha sido sustituida por la de los intereses». Y aún más: «El capitalismo, por definición, no puede ser moral, no puede contemplar al otro. Lo que busca es la eficiencia».
Y también desde esa reflexión ética reparte culpas entre los de arriba y los de abajo: «Si te ofrecen un crédito por el 130% del valor del piso que vas a comprar y lo aceptas, el problema es del banco y tuyo, aunque uno tenga más responsabilidad que otro. No hemos sabido decir 'no' a lo que no está bien». Eguidazu recomienda aprender del fracaso moral que hemos sufrido.
¿Cuáles son sus planes para este tiempo de incertidumbre? «No tengo ningún objetivo en la vida en lo personal; sí en lo profesional. Quiero ser más persona, pero eso no es un objetivo. Antes los tenía; ahora, no», se explica. Sin duda, habla de ello con los filósofos con los que organiza una cena de amigos cada semana. ¿Y qué le aporta hoy, a estas alturas de su vida y su carrera, la filosofía? «Varias cosas. La primera, mucha ilusión y expectativa cada vez que me enfrento a un nuevo autor. La segunda: me ayuda a conocerme y criticarme, y hacerme pocas ilusiones sobre mí mismo. Me da una mirada propia sobre el mundo. Y me enseña a deliberar, a pensar que no hay dilemas, sino problemas». Hay pasiones de gran altura. La de Santiago Eguidazu es una de ellas.
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