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Un sello difuminado en la mano izquierda sugiere una visita reciente a alguna discoteca, pero Nacho Pérez Cerón (Málaga, 1996) aclara enseguida que la marca tiene una explicación poética. Es un lema impreso en la piel durante una de las actuaciones de los pUMA, los poetas de la Universidad de Málaga, comandados por Violeta Niebla. «No va a salir bien», puede leerse aún, casi descifrarse, entre la tinta corrida. Pérez es una de las voces emergentes más notables de su generación, un poeta en proceso de maduración, reconocido el año pasado con un accésit del Premio Adonáis por 'Márgenes de error', un libro crudo y espontáneo («La catástrofe habita en los márgenes de error»), marcado por una melancolía quizá anticipada, honesta en cualquier caso: «Es por eso mamá que no quiero apuntarme a natación / la anemia y el insomnio y la desconfianza / no se curan nadando a crol / aunque aún busque en las depuradoras / en el cloro en el fondo de las piscinas / ese nombre que nunca llega».
Pero de la poesía, ese género minoritario aunque deslumbrante, casi nadie come. Lo explica Elena Medel: como mucho se merienda. «Y no siempre», apostilla Pérez, que trabaja como tester (examinador) de videojuegos. No es una combinación habitual: en su rutina conviven tecnología y literatura, la ficción animada frente a una realidad rugosa, a veces devastadora, canalizada a través de la poesía. «Intento contar las cosas», detalla el autor malagueño, «de forma clínica, aséptica». Aunque lo que narre sean catástrofes más propias de las historias para las que trabaja como tester lingüístico: «Estudié Traducción, hice un máster y encontré la oferta de una empresa. Me enviaron unas pruebas, las pasé y me incorporaron a su bolsa de proyectos». Y frena en seco, consciente de que cualquier información puede violar el contrato de confidencialidad que firma con cada trabajo.
«Son videojuegos triple A», admite. Es la categoría asignada a los juegos más potentes, con presupuestos millonarios. Nada puede filtrarse. Se los pasan con un título inventado y le obligan a dejar el teléfono y cualquier dispositivo móvil en las taquillas de la oficina. Lo cuenta en el Polo de Contenidos Digitales, asombrado por cada detalle: las empresas albergadas, los empleos generados, los equipamientos, el tetris dibujado en la pared. «Lo conocía, pero nunca había estado», reconoce antes de explicar en qué consiste el trabajo de un tester lingüístico en la obra de ingeniería artística que esconde la creación, compleja y tentacular, de cada videojuego: «Mi tarea es revisar las traducciones, comprobar que no haya incoherencias y que todo sea culturalmente aceptable. Hay referencias que, por ejemplo, en Estados Unidos están aceptadas pero aquí no o tienen connotaciones negativas y hay que adaptarlas».
Por contrato no puede desvelar qué videojuegos ha testado hasta diez años después de finalizar el trabajo. «Lo siento», se disculpa algo tímido. Como muchos otros jóvenes de su edad, entre un proyecto y otro encadena empleos temporales como profesor, corrector y traductor. Acaba de concluir la traducción de 'Día del padre', de Matthew Zapruder, que editará Valparaíso: «Frost decía que la traducción de poesía es siempre una pérdida porque trasvasas el contenido de un poema y todo el bagaje literario de su autor. La métrica, la sonoridad, las imágenes... Es complejo y tengo que darle la razón a Frost, pero a la vez también hay ganancias. Es la alquimia: puedes encontrar un giro al texto, algo diferente sin tratar de ser más que el autor porque hay que ceñirse a lo escrito».
Y entre videojuegos y traducciones, ¿cuándo encuentra tiempo para la poesía? «Mi secreto es que no tengo tiempo», esquiva. El jurado del Adonáis destacó su capacidad para indagar «tanto en las catástrofes colectivas como en las más desoladoras experiencias familiares». 'Márgenes de error' está trufado de fragmentos tan explícitos como: «entramos en el cuarto huele mucho a cebolla / mi hermano no respira tiene el gesto torcido / ella lo agarra lo pone boca abajo / escupe vomita respira échalo fuera». Con una obra tan personal, la conversación familiar era inevitable: «Sabía que ese momento tenía que llegar, pero no quería limitarme desde tan pronto. Si me autocensuraba, ese proceso creativo no tenía sentido. Quería escribir sin tapujos». Y la charla pendiente se produjo, finalmente: «Ocurrió cuando le pedí a mi madre que enviara unas copias impresas porque yo estaba en Austria. Leyó mis poemas por primera vez y me preguntó: '¿Estás bien?' Y dije: 'Vale, ha llegado la hora de tener esta conversación'».
Antes de abandonar el Polo deja una tarjeta con sus datos. El pluriempleo también es cosa de poetas. Y la respuesta resulta esperanzadora: «Pues necesitamos perfiles así». No hay muchos traductores con un pie en la tecnología y otro en la poesía. Y en la singularidad, Nacho lo sabe bien, los márgenes de error se estrechan.
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