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Puerta de la Alcazaba. Archivo Municipal de Málaga
La visita a Málaga del rey Felipe IV y del conde-duque de Olivares
A la sombra de la historia

La visita a Málaga del rey Felipe IV y del conde-duque de Olivares

Lunes, 22 de julio 2024, 00:13

Málaga no recibía a un rey desde que los Reyes Católicos habían venido para conquistarla en 1487. Habían pasado desde entonces ciento treinta y siete años. El sagaz Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, convenció a Felipe IV para realizar un viaje por Andalucía con el objeto de hacer más popular y querida la figura del monarca. Felipe IV, quien había ascendido al trono tres años atrás, tenía solo diecinueve abriles cuando emprendió, en 1624, este famoso viaje que duró setenta días (desde el 8 de febrero hasta el 18 de abril) y que le llevó a Córdoba, Sevilla y al Coto de doña Ana. Allí disfrutó de varios días de caza y holganza en el palacio del duque de Medina Sidonia, quien gastaría tanto dinero para agasajar a su regio invitado que acabaría arruinado. Había que alimentar a un séquito de casi trescientas personas. Cuenta Eslava Galán que durante el medio mes que el duque hospedó a mesa y mantel a la regia comitiva, para satisfacer su desaforado apetito no bastaba «con allegar toda la pesca de once leguas de costa y toda la caza de veinte leguas de coto».

Luego Felipe IV estuvo en Cádiz y Gibraltar. Tanta era la anchura de la carroza real que no entraba por la puerta de Gibraltar y el soberano se quejó al gobernador, a lo que este contestó lacónicamente que las puertas del Peñón estaban pensadas «para que no entrasen los enemigos y no para las carrozas». El sábado 30 de marzo el rey comió en Estepona y durmió en Marbella. Al día siguiente, en Fuengirola, los coches y carrozas pasaron sin detenerse, ayudados por la mucha gente que venía de Alhaurín, quienes tiraban de los carros.

Lápida conmemorativa de la visita de Felipe IV a Málaga. Archivo. Sur

En nuestra ciudad se había tenido noticia de la visita real por una carta recibida el 5 de febrero. En ella el rey pedía a sus vasallos que no se le hicieran fiestas ni recibimientos en los lugares por los que iba a pasar, porque no quería ocasionar gastos a sus queridos súbditos. Nada más recibir esta fabulosa noticia, el Cabildo municipal tomó varias medidas urgentes: construir un puente de madera sobre el Guadalmedina, reparar parte de las murallas, reconstruir algunas puertas de la ciudad y adornar la puerta de Granada, en la que se puso una lápida conmemorativa de esta visita histórica. Además se embelleció la iglesia de la Victoria y se le acondicionó al rey un alojamiento suntuoso en la Alcazaba. Toda la ciudad se preparó para varios días de fiestas y regocijos.

Recibimiento

Por fin llegó el ansiado día. Como se esperaba que el rey arribase de noche, el Cabildo municipal había mandado fabricar trescientas hachas de cera para iluminar el paso del cortejo. El Cabildo salió a recibir al monarca a un cuarto de legua de la ciudad. Felipe IV entró por la puerta de Granada y recorrió la calle Real, mientras sonaban todas las campanas de la ciudad, al ruido de los tambores y chirimías, hasta llegar a la plaza. Allí giró a la izquierda para enfilar la calle de los Mercaderes, hoy de Santa María. Tras pasar por la calle del Conde, actual Císter, llegó a la puerta de la Alcazaba, donde ocurrió una de las curiosas anécdotas de la jornada.

En la Alcazaba le estaba esperando el corregidor, Diego de Villalobos y Benavides. Cuentan las crónicas que el señor corregidor descubrió su blanca cabeza y se arrodilló mientras alzaba sus manos, presentando al rey las llaves de la ciudad. En ese momento, el altanero conde-duque de Olivares recriminó a Diego de Villalobos que entregase las llaves en sus propias manos y no en una bandeja o fuente de plata, a lo que el corregidor respondió: «¿Qué mejor fuente, señor, que estas manos curtidas y trabajadas en servicio de Su Majestad?».

Francisco de Quevedo en Málaga

En la comitiva regia figuraba el famoso poeta barroco Francisco de Quevedo y Villegas, quien venía acompañando al almirante de Castilla. El escritor no paraba de quejarse del lamentable estado de los caminos. En una carta que le envió al marqués de Velada escribió:

«Volcose el coche del almirante, íbamos en él seis. Descalabrose don Enrique Enríquez; yo salí por el zaquizamí del coche, asiéndome uno de las quijadas y otro me decía: 'Don Francisco, deme la mano'. Y yo le decía: 'Don Fulano, deme el pie'. Salí del juicio y del coche. Hallé al cochero hecho santiguador de caminos, diciendo que no le había sucedido tal en su vida. Yo le dije: 'Vuestra Merced ha volcado el coche tan bien que parece que lo ha hecho muchas veces'».

También fue testigo de unas jornadas cinegéticas en Doñana que resultaron muy provechosas, porque el rey apuñaló a un jabalí que le sujetaban varios monteros y arcabuceó a tres toros encerrados en un corral.

No tenemos noticia de ninguna anécdota quevediana malagueña pero es seguro, según cuentan sus biógrafos, que Quevedo estuvo en Málaga con Felipe IV y el conde-duque de Olivares.

Al día siguiente, Felipe IV recibió al Cabildo al completo, que le entregó un espléndido regalo: veinte mil ducados salidos de las arcas municipales. No olvidemos que este era el último objetivo del viaje y así lo aseguraban las malas lenguas. A continuación, la comitiva regia se dirigió a la catedral, donde fue recibido por el obispo, Francisco de Mendoza y Rivera, en cuya compañía el rey entró bajo palio en el primer templo de la ciudad.

Felipe IV disfrutó de tres días de descanso en Málaga, en los que visitó la iglesia de la Victoria o fue testigo de un simulacro naval en el puerto. Como dice un cronista de la época, «escaramuçaron a la vista suya quatro baxeles». Tras todos estos festejos, el rey se marchó a Granada. Tendrían que pasar otros doscientos treinta y ocho años para que otro monarca visitara Málaga. Fue en 1862 y la reina, Isabel II.

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