Locomotora en la estación de Málaga a principios del siglo XX. Archivo CTI-UMA
Viajar de Madrid a Málaga a mediados del siglo XIX: De las diligencias al ferrocarril
Verano 2020: A la sombra de la historia ·
La modernización de los transportes terrestres en España tuvo un hito pionero en el establecimiento de las primeras líneas de diligencias
víctor heredia
Lunes, 3 de agosto 2020, 23:52
Actualmente podemos viajar de Málaga a Madrid, o a la inversa, por carretera (ya sea en automóvil particular o en autobús), por ferrocarril o por avión. En pocas horas, en todos los casos, cubrimos los 415 kilómetros de distancia en línea recta (que suben a 529 por carretera) entre la capital del país y la de la Costa del Sol. Teniendo en cuenta que las gestiones en los aeropuertos dilatan el siempre más breve trayecto aéreo, la opción más cómoda y rápida –aunque no la más económica– es sin duda la del tren de alta velocidad, que nos transporta entre ambas ciudades en poco más de dos horas y media, o incluso menos en función del número de estaciones en las que tenga parada. Pero para llegar hasta esta situación se ha recorrido un largo camino.
La modernización de los transportes terrestres en España tuvo un hito pionero en el establecimiento de las primeras líneas de diligencias, que empezaron a funcionar con regularidad en 1816. La diligencia era un tipo de carruaje de cuatro ruedas preparado para hacer rutas largas y con asientos repartidos tanto en el interior como en el techo y en la parte posterior que hacían posible que trasladara hasta más de veinte personas, que pagaban diferentes tarifas en función de la clase en la que viajaran.
Las ventajas que las diligencias aportaban eran evidentes: mayor velocidad, ya que recorrían más de cien kilómetros diarios, mayor comodidad, tarifas asequibles, horarios establecidos, paradas fijas e incluso la previsión de indemnizaciones en caso de pérdidas y extravíos. Además, las diligencias llegaron acompañadas de unos alojamientos específicos con ciertos servicios garantizados, conocidos como paradores.
En cuanto a la seguridad, a pesar de la amenaza de los bandoleros, entre 1830 y 1832 solo sufrieron asaltos 22 de las 3.788 expediciones que circularon por las seis líneas que estaban en explotación. Alcanzaron su mejor momento en las décadas de 1840 y 1850 y declinaron con la extensión del ferrocarril, quedando entonces relegadas a los caminos secundarios.
Antonio Gutiérrez González publicó en 1842 su 'Manual de diligencias', con diferentes versiones en función de las rutas existentes. Una de ellas estaba dedicada a la carrera de Madrid hasta Granada y Málaga y en su introducción el autor explicaba que «el establecimiento de diligencias ha sido sin disputa uno de los mayores adelantamientos hechos en la moderna sociedad, y que más han contribuido al desarrollo de la civilización».
El servicio de diligencias entre Madrid y Granada era prestado por dos empresas: la Compañía de Diligencias Generales y Carsí, Ferrer y Compañía. Ambas tardaban dos días y medio en recorrer el trayecto, haciendo noche la primera jornada en Puerto Lápice o Villarta de San Juan y la segunda en Bailén. La continuación hasta Málaga debía hacerse mediante el servicio de postas a la ligera, es decir, a la grupa de caballos que eran alquilados en las paradas establecidas.
El mal estado de los caminos retrasó algunos años la prolongación de las líneas de diligencias hasta Málaga. Y cuando lo hicieron era ya inminente la irrupción del ferrocarril. Este comunicó la ciudad con Córdoba en 1865 y al año siguiente fue posible el viaje hasta Madrid cuando entró en servicio el paso de Despeñaperros.
Aquellos primeros desplazamientos ferroviarios decimonónicos duraban 23 horas, saliendo de Málaga a las siete de la mañana para llegar, si los horarios se cumplían, a las seis y cinco del día siguiente. Casi un día para recorrer 635 kilómetros de vía férrea, haciendo cambio de tren en Córdoba. En la década de 1940 el tiempo de viaje todavía era de casi catorce horas y en 1953, con la entrada en servicio de los automotores diesel, se redujo a nueve horas y media. Para entonces la competencia del transporte por carretera redujo notablemente el uso del ferrocarril.
Los Talgo bajaron la duración en un par de horas en los setenta y con el uso de la línea del AVE en el tramo Córdoba-Madrid a partir de 1992 se quedó en unas cuatro horas y media, a pesar del necesario cambio de ancho de vía. Por fin, la inauguración del AVE directo con la capital, el 23 de diciembre de 2007, acortó este trayecto hasta su duración actual.
Diligencia por una carretera española en el siglo XIX.
Europeana-Ayuntamiento de Gerona
Como era Málaga en 1842
El 'Manual de diligencias' de Antonio Gutiérrez proporciona algunos datos sobre la ciudad en aquellos momentos. Mencionaba todas las instituciones que tenían su sede en Málaga, que contaba con 51.889 habitantes, «inclusos los de la Alcazaba de su jurisdicción», y más de 7.000 casas, «cuya tercera parte es de moderna construcción». Justificaba la importancia del puerto en que por el mismo se exportaban los productos agrícolas de las provincias andaluzas próximas. Respecto a la industria destacaba las fábricas de jabón, sombreros, curtidos, albayalde, loza, lona, fundición de hierro, aserradoras, cal y ladrillo, tejidos de seda y tintes.
Entre los edificios de interés mencionaba el castillo de Gibralfaro, el fanal del puerto (la Farola), la Aduana, el Palacio Episcopal y la Catedral, cuya torre terminada competía con «la Giralda de Sevilla por ser de mejor gusto arquitectónico». El paseo de la Alameda, «entre los más suntuosos edificios de la ciudad», estaba adornado con dos fuentes y gran número de estatuas entre el arbolado, siendo «uno de los más vistosos de España».
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