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Hasta hace medio siglo la Catedral de Málaga bullía de vida. Y no me refiero solo a la de sus feligreses y devotos, sino a ... la de sus habitantes. Todo el personal que atendía el templo formaba una especie de microcosmos. Campaneros, carpinteros, sacristanes, organistas, peones, hasta incluso algunos capellanes, vivían en la parte alta del edificio. En el sueldo iba incluido también este alojamiento. Uno de los oficios más curiosos era el de perrero o caniculario. El perrero, ataviado de ropón y vara, se sentaba en una columna que hay delante del coro para controlar desde su estratégico puesto las dos puertas de acceso, la de los Naranjos y la del Sol (en el Postigo de los Abades) y expulsar del templo a los locos (en Málaga, majaras), borrachos, perros –de ahí el nombre de perrero–, y a cualquiera que perturbara el orden del culto litúrgico. Hace siglos en las calles malagueñas abundaban los perros abandonados, como se puede distinguir en algunas fotos antiguas. Algunos podían ser portadores de la rabia.
En muchos organismos públicos era habitual que los conserjes, bedeles, secretarios y otros miembros del personal que lo atendían vivieran en el edificio. Todavía quedan algunas catedrales españolas habitadas. En la de Málaga sus dos últimos inquilinos dejaron de residir en el templo hace unos cuarenta años. Fueron el escultor Miguel Navas García autor, por ejemplo, de la escultura a Miguel de los Reyes en el Jardín de los Monos, quien tenía aquí su taller; y Pepe Martín, sacristán ya jubilado, cuyos dos hijos mayores nacieron en la torre de la Catedral. Alberto Palomo alcanzó a conocer una de estas últimas viviendas y me explica que se trataba de una casa como otra cualquiera, con luz, agua corriente y televisión. Las habitaciones se separaban con paredes de escayola. Y tenían hasta elegantes y señoriales balcones a la calle, con vistas espectaculares. Solo al mirar hacia el techo y descubrir una cúpula el visitante percibía que no era una vivienda al uso.
En la actualidad las catedrales no pueden mantener a tanto personal como antiguamente, además de que todo está automatizado. Antes, el campanero tenía su cubículo justo debajo del cuerpo de campanas, para poder tocarlas desde su cama a horas intempestivas gracias a una prolongación de las cuerdas. Hoy las campanas se accionan automáticamente desde la sacristía. Además, las viviendas eran incómodas por la cantidad de escalones que había que subir y el personal se quejaba de que trabajaba todo el día, porque a cualquier hora podía llegar alguien de la calle con alguna petición.
Me acompaña en mi visita Alberto Palomo. Me explica que él no es exactamente un sacristán, sino que esta atribución le corresponde a un canónigo que delega su función en ellos. Realmente son auxiliares. A las viviendas de la Catedral se accedía por una puerta exterior que hay en los jardines del Sagrario, al pie de la torre. Es la misma que se utiliza hoy para la visita turística a las cubiertas. Antaño, si alguien quería entrar en este singular edificio de viviendas y se encontraba la puerta cerrada, podía tocar una campanita tirando de una cuerda de casi treinta metros, ya que la citada campana estaba fijada a la altura de la primera planta de viviendas. Para llegar hasta aquí había que subir sesenta escalones.
Las viviendas debían de ser espartanas: entonces las necesidades eran menores. Había tres en cada una de las tres plantas de la torre (la cuarta correspondería a las campanas, la quinta al reloj y la sexta a la cúpula con su cupulina). En la torre mocha, otras tres, y seis más en cada uno de los cubillos de las puertas laterales. En total dieciocho habitáculos, aunque solo en teoría, porque no sabemos cómo se distribuían las viviendas. Hoy, la primera planta de la torre se utiliza de archivo, la segunda de biblioteca y en la tercera se guardan otros fondos. En la torre mocha, en el primer nivel está la sala capitular y en la segunda se custodian los enseres y utillaje litúrgico, mientras que la tercera está vacía, lo mismo que los seis cubillos que dan a la puerta de los Abades. En algunos de los cubillos de la de los Naranjos se guarda el material procedente del antiguo Hospital de Santo Tomás, cuyo patronazgo pertenece al Cabildo Catedralicio.
Una gran terraza en forma de U une las dos torres. Recorriéndola, aún podemos distinguir en la pared del templo las marcas donde estuvo la casa del carpintero. Antiguamente el suelo era terrizo. Allí había corrales para gallinas y conejos y los niños jugaban y corrían, acostumbrados a las alturas. Un monaguillo se mató en los años cincuenta al intentar coger un nido.
Quien quiera conocer con detalle cómo era la vida en una catedral puede leer el libro homónimo de Blasco Ibáñez, cuya acción transcurre en la de Toledo. La vida de los trabajadores era dura. Por ejemplo, los de la catedral de Málaga tenían que subir diariamente a las cubiertas para hacer descender, mediante un sistema de poleas, las lámparas holandesas del siglo XVII y poder encender sus velas, y repetir la operación para apagarlas. Aunque tronara. Hoy se sigue haciendo, pero solo de cuando en cuando, para limpiar las lámparas o cambiar las bombillas fundidas. Y los sueldos que percibían estos operarios eran más bien escasos, a tenor de las ayudas y aguinaldos que solicitaban, según consta en el archivo catedralicio. El autor de los órganos barrocos de nuestro primer templo, Julián de la Orden, vivió y murió en la catedral, junto a sus órganos queridos. Ostentó el cargo de alcalde de las torres. Otro músico ilustre, Eduardo Ocón, moró en los cubillos del patio de los Naranjos. Lo sabemos porque, en uno de ellos, la pared estaba decorada con unas pinturas en las que aparecía su nombre en grandes caracteres, quizás ejecutadas por su hermano Emilio. Y en una añeja fotografía lo vemos asomado al balcón, acompañado de su familia.
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