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Lo llamaban 'Antonio El francés'. Formaba parte de un grupo mayor, que María Ramos y el resto de los vecinos del lugar bautizó como 'los aviadores'. Antonio se bajaba cada poco tiempo de un Breguet XIV de nueve metros de largo y 1980 kilos de peso, con motor Renault de 300 caballos y la capacidad de volar a 125 kilómetros por hora. Antonio llegaba a la posada, subía los mismos escalones de azulejos blancos y granates que aún siguen ahí, cruzaba la terraza que sigue mirando al horizonte y reposaba los huesos en una estancia tranquila, una atalaya en medio del conjunto de casas bajas reunidas en Churriana. Antonio El Francés tenía por entonces 26 años y aún le queda media vida para dar al mundo uno de los libros más leídos de todos los tiempos: 'El Principito'. Porque Antonio El Francés era Antonie de Saint-Exupéry.
«Se me han quedado grabadas las historias que me contaba mi abuela sobre Antonio El Francés y los aviadores. Le llamaban mucho la atención que trajeran su vino y el queso de cabra que tomaban de postre», rememoraba para SUR Ramón Salazar, propietario de La Fonda-Casa Ramón, el establecimiento nacido en 1870 que acogió al escritor francés y que también guarda en su amplia vida el hecho de haber sido una de las localizaciones de 'El Camino de los Ingleses', la película dirigida por Antonio Banderas a partir de la novela homónima de Antonio Soler.
«Traían esos quesos que olían muy fuerte y siempre invitaban a todo el mundo, lo mismo que a dátiles que habían comprado en África», sigue Salazar sobre las anécdotas dejadas por Saint-Expuéry y sus compañeros en la compañía Latécoère que hacían como correo aéreo la ruta Toulouse-Barcelona-Alicante-Málaga-Rabat-Casablanca.
Justo uno de esos aviones protagonizaba el primer aterrizaje en El Rompedizo. Fue el 9 de marzo de 1919 a las 10.30 horas, como explica uno de los paneles procedente del Museo Aeronáutico. El plan inicial era aterrizar en la playa de La Misericordia, pero las lluvias habían convertido la arena en una laguna y el piloto se decantó por la explanada que hoy forma parte del aeropuerto, a corta distancia de la fonda de Ramón Salazar por la que pasaron Saint-Exupéry y sus compañeros.
«Vinieron de continuo durante varios años y es una pena que esta historia no sea más conocida», reivindica Enrique Rute, de la Asociación MIVO. «Vinieron de Aviación Civil para confirmar que aquí se había alojado Saint-Exupéry. Toda la estructura de la antigua fonda se ha conservado durante este tiempo, las escaleras, la terraza…», deja caer Ramón Salazar, entre orgulloso y nostálgico por el ilustre huésped que acogió la casa familiar en un recodo de Churriana.
Antes de marcar para siempre la literatura universal dejó una huella especial en Churriana. Por eso, en 2019 coincidiendo con el aterrizaje del piloto en El Rompedizo, el distrito inauguraba un tótem de madera en honor al piloto, a su paso por la ciudad y al legado que dejó mucho antes de convertirse en un autor global.
La escultura que ilustra el vínculo entre el escritor y la barriada es obra del artista malagueño José Pereiro, que empleaba un tronco de quinientos kilos procedente de los árboles talados en La Alameda para crear un objeto interactivo que hace referencia a los pasajes más famosos de 'El Principito'. «Ha sido uno de los grandes retos de mi carrera porque nunca trabajo con este material, y porque era especialmente difícil plasmar los mensajes de esta obra, he tenido que leérmela de nuevo», comentaba a SUR, emocionado al haber 'plantado' esta obra justo enfrente de donde pasaba las noches el famoso autor.
En la madera hay dos orificios que atraviesan el tronco. «Uno está a la altura de los niños, el otro a la de los mayores». En la primera, la oquedad da paso a la puerta de La Fonda del Sol, es decir, a un cruce de caminos, a la aventura. La superior únicamente refleja el ojo de quien mira a través de un espejo, en representación de la mirada «viciada»del adulto, «que todo lo que ve lo asocian consigo mismo». En la talla hay referencias al zorro, a la boa que parece un sombrero al comerse un elefante, al orificio para mirar si hay borregos, a los volcanes que pueblan el planeta del protagonista de la obra y a la serpiente.
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