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Una mañana luminosa de las Navidades de 1931 entró en la joyería La Perla, en el número 3 de la calle Larios —entonces del 14 de abril—, un caballero inglés impecablemente vestido, de excelente apostura, educación exquisita y refinados modales. Don Francisco Abela Gorordo, dueño del lujoso establecimiento, al verlo, pensó que la suerte había venido a visitarlo en forma de gentleman: «Aquí hago yo la mejor venta del día y de estas fiestas», pensó. El buen súbdito de Jorge V chapurreaba algo de español y, mezclando el idioma de Shakespeare con el de Cervantes, ambos consiguieron entenderse a las mil maravillas.
En definitiva, el inglés deseaba que se le mostrara lo mejor de la tienda, pues su querida esposa, a la que iba a hacer un regalo muy especial, por desgracia se había levantado indispuesta y no había podido ni tan siquiera salir del hotel en el que se hospedaban. El caballero seleccionó, de entre el selecto y buen surtido catálogo de la joyería, una pulsera de platino y brillantes, valorada en cinco mil pesetas de la época, y una reluciente sortija de oro. Como no estaba seguro si estas joyas iban a ser del agrado de su esposa, solicitó al dueño del afamado establecimiento que alguien le acompañara a su hotel para que su propia señora eligiese. Francisco Abela ordenó ipso facto a un empleado que escoltara al señor a su alojamiento con las alhajas escogidas y algunas más, por si acaso la dama se encaprichaba de una pulsera o un colgante.
Cuando el gentleman llegó a su habitación del Hotel Cataluña, en la plaza del Obispo, como no era decoroso que el bisoño empleado de don Francisco entrase en sus aposentos y viese a su señora esposa recostada en el lecho, le pidió que le dejase por un momento el muestrario, que enseguida salía. Pasaron diez minutos, por allí no asomaba nadie y el infeliz dependiente empezó a ponerse nervioso. En definitiva: el hijo de la Gran Bretaña había huido sabe Dios por qué escondidos pasillos. En el establecimiento hotelero solo pudieron indicar que el huésped llevaba alojado varios días y que venía solo, sin familia. Al autor del robo se lo tragó la tierra y no volvió a aparecer más.
La joyería La Perla había sido fundada a mediados del siglo XIX por Antonio García Fernández en la calle Nueva y serían sus hijos y herederos (Antonio, Manuel, Jerónimo y José García Guerbós) quienes la trasladarían en 1885 a la calle San Agustín, esquina a la de Echegaray. Por último, el negocio acabaría siendo adquirido en 1918 por el que fuera durante muchos años apoderado del mismo, José María Abela de Guzmán, quien lo terminó estableciendo en la calle Larios, frente al Hotel Simón. Estaba flanqueado por una tienda de ultramarinos, el Bazar Anglo Español, y el Banco Español de Crédito. Cuando, el 30 de diciembre de 1931, la joyería La Perla sufrió el robo al que nos acabamos de referir, seguro que sus propietarios recordaban otro que dejó estupefactos a los malagueños, acaecido el 23 de diciembre de 1919, precisamente en otras Navidades, sin duda fechas infaustas para este establecimiento.
Nadie vio nada. Ni los dependientes de los ultramarinos inmediatos, ni los porteros del banco colindante, ni los betuneros que se apostaban a la entrada del frontero Hotel Simón. Y la policía nunca consiguió averiguar algo ni dar con los ladrones. Consultando el botín del robo de 1919 destacamos 27 brillantes valorados en 10.000 pesetas, un alfiler con forma de herradura con brillantes y rubíes o unos pendientes de zafiro. El valor total de lo sustraído ascendió a 35.000 pesetas, de las que terminaría haciéndose cargo la compañía aseguradora en su mayor parte. Aclaremos, para tranquilidad del lector, que la alhaja de más valor del muestrario del lujoso establecimiento no estaba casualmente en la tienda en el momento del robo. Esa misma mañana, Justo García Moreno, teniente alcalde del Ayuntamiento, se había llevado un pendiente de brillantes para que lo viera su madre. Este curioso proceder, que debía de ser habitual en una época dominada por caballeros y con otras costumbres más refinadas, le costaría un buen disgusto a la joyería en 1931, como vimos al principio. La Perla cerró definitivamente en 1935.
Este primer atraco fue uno de los más audaces que se conocieron, porque se realizó a la luz del día y en plena calle Larios. Aquellas Navidades no se habló de otra cosa en las casas, tertulias y mentideros malagueños. A las doce de la mañana de la víspera de Nochebuena, José María Abela, su hijo Francisco y un empleado del comercio cerraron la tienda y se fueron a comer a su casa de la calle Luis de Velázquez. Así lo hacían rutinariamente todos los días del año. Al regresar, exactamente a las dos de la tarde, se encontraron la cerradura forzada y la joyería desvalijada.
Los ladrones entraron por la persiana corredera que daba a la calle, la única por la que se podía acceder. Según la policía, era bastante probable que uno de los cacos hubiera seguido a los dueños, vaya a ser que alguno de ellos volviese inopinadamente y frustrase el robo. La investigación señaló que seguramente los ladrones hubiesen tomado en cera un molde de la cerradura. Únicamente habían abierto el cajón de la tienda donde estos guardaban el dinero, lo que demostraba el conocimiento del terreno que pisaban. Y solo se llevaron las joyas de más valor.
Para no llamar la atención de los viandantes no encendieron las luces y utilizaron unas cerillas. La policía encontró la caja encima de una vitrina. Según parece, en La Perla no había vigilantes a mediodía como en otras joyerías. En la Málaga de 1919 las más importantes eran Hijos de Rosado (Calle Larios), Galbeño y Sierra (Granada), El Diamante (Mártires), La Moderna y Juan Parejo (Nueva) o Pabón (Compañía).
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