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María Teresa lezcano
Domingo, 12 de enero 2020, 00:49
Tal día como hoy nacía Hermann Göring, que tras el ascenso de Hitler se convertiría en el segundo de a bordo de la nave nazi, y moría Agatha Christie, calificada en el Libro Guinness de los Récords como la novelista más rentable de todos los tiempos.
Rosenheim, Baviera, doce de enero. Corre el año 1893 y no digamos como corre la señora Göring hacia el sanatorio de Marienbad para alumbrar a su cuarto hijo, Hermann Wilhem, quien cincuenta y dos años más tarde y ya juzgado en Nuremberg por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, sería condenado a la horca aunque algún pronazi mimetizado entre los aliados le facilitó una cápsula de cianuro destinada a evitarle a quien fue la mano derecha de Hitler una muerte deshonrosa, que en esto de la honra cada uno es muy suyo y la horca era de todos.
Entre el nacimiento bávaro y el finamiento nuremburgués, Göring exprimió la vida aria como si no hubiera un mañana nacionalsocialista, que no lo había excepto en philipkdickianas distopías: piloto de cazas durante la Primera Guerra Mundial al mano del famoso escuadrón Richthofen talmente nominado por el llamado Barón Rojo, y tiro porque me toca; Primer Ministro de Prusia y Ministro de la Lufwaffe, fuerza aérea alemana, durante la Segunda Guerra Mundial, y como me vuelve a tocar vuelvo a tirar; ya coronado el entrañable Adolf con los laureles nazis, el no menos entrañable Hermann se benefició con las sucesivas casillas del Ministerio del Aire y de Defensa y posteriormente con la ansiada meta de Reischmarshall, que venía a equivaler a comerte una y contarte veinte y lo ascendía de facto a sucesor adolfino en caso de que, el dios ario no lo quisiese, herr Hitler se reuniera con su creador pura raza antes de lo augurado.
Con tal estallido de bonanza, vivía Göring como un pequeño César en una villa a las afueras de Berlín, cazando en su coto privado y afanando obras de arte que les requisaba a los judíos pudientes antes de mandarlos, gas mediante, de vuelta a la casilla de salida, cuando el fracaso de la Luftwaffe en la Batalla de Inglaterra sumado a su adicción a la morfina, le hizo perder la partida frente a un Joseph Goebbels en plena forma que consiguió que, una vez cuestionada la idoneidad de Hermann como segundo de a bordo de la nave nacionalsocialista, éste pasara a ser el hazmerreír de las tertulias hitlerianas en las que el calificativo menos ofensivo con el que se aludía al ángel nazi caído era el de gordo. Eso sí, los cuadros afanados se los quedó. Hasta Nuremberg, claro está.
Ochenta y tres años después del nacimiento bávaro de Hermann Göring, moría en Wallingford, condado de Oxfordshire, Agatha Christie, según el Libro Guinness de los Récords la novelista más rentable de todos los tiempos, situándose sus obras vendidas sólo por detrás de las dramaturgias poéticas de Shakespeare y de las aventuras tragicómicas de la Biblia.
Originaria de la llamada Riviera Inglesa, así referida porque allí llovía un par de días menos al año que en el resto de Inglaterra, Agatha Mary Clarissa Miller era ya matrimonialmente Agatha Christie cuando escribió su primera novela policíaca, 'El misterioso caso de Styles', en la cual parió, además de una carrera literaria, un detective belga y bigotudo de nombre Hércules Poirot. Seis años más tarde Agatha había sido madre novelera dos veces más aunque, mientras la señora Christie iba enrevesando sus argumentos policíacos con falsas apariencias y venenos en cantidades como de Happy Hour , el señor Christie se entusiasmaba en un crescendo de infidelidades que acabaron con el abandono definitivo del domicilio conyugal.
A Agatha, que por evidentes razones de trama novelesca además de la certificación empírica de que el cornudo es siempre el último en enterarse, le hizo maldita la gracia la deserción del cónyuge, y anduvo desaparecida once días, durante los cuales más de mil agentes de policías, quince mil voluntarios y un médium contratado por Sir Arthur Conan Doyle himself rastrillaron la campiña inglesa y la foresta paranormal, respectivamente. La encontraron finalmente, en un hotel de Harogate donde se había inscrito con el nombre de la amante de su marido, y en un estado de fuga psicogénica que, al tiempo que había engullido su memoria, desencadenó la teoría de que ella misma había edificado el entuerto conspirativo para endilgarle la culpabilidad de su asesinato ficticio a la amante de Mister Christie.
Una vez oficial y psicológicamente reaparecida, Agatha continuó fabulando misteriosas muertes que ya no eran la suya sino las de los personajes que llenaron su valija novelística, y siguió conservando el apellido Christie para firmar sus crímenes literarios pese a volver a casarse con el arqueólogo Max Mallowan, cuya ocupación tendría una importante influencia sobre varias de sus novelas ambientadas en el Oriente Medio como el «Asesinato en el Orient Express», además de invitarla a ironizar sobre el nuevo cónyuge: «Cásate con un arqueólogo, cuanto más vieja te hagas más encantadora te encontrará». Como diría el terrorífico Candyman, «¿para qué es la sangre, si no es para ser derramada?».
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