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La Guerra de Granada, en la que está encuadrada la toma de Málaga por los Reyes Católicos, está considerada por algunos historiadores como la primera contienda moderna por la utilización de la artillería. Ante los muros de Málaga, se apostaron medio centenar de piezas de artillería 'de tiros grandes' –llamadas lombardas o bombardas– y otras incontables de menor calibre como espingardas y culebrinas. Entre las más famosas lombardas destacamos las 'siete hermanas Ximonas', que apuntaban a la zona de la puerta de Granada y eran capaces de lanzar grandes bolaños de unos setenta kilos de peso.
El puente de Santo Domingo o de los cuatro arcos fue protagonista de la escaramuza más sonada que se libró en agosto de 1487. Era una posición estratégica que había que conquistar y Fernando el Católico se lo encargó a Francisco Ramírez de Orena o de Madrid, capitán general de toda la artillería castellana. La toma de este puente presentaba una gran dificultad, porque su terraza superior estaba siempre defendida por un gran número de enemigos.
Para tomar el puente, el general ordenó excavar un túnel que llegaba hasta la misma base de la bóveda de la torre del Rastrillo, contra la que dispararon sus soldados, desde el subterráneo, un fuerte cañonazo que la hizo volar por los aires. Los musulmanes nunca hubieron podido imaginar semejante estratagema. Entre los enemigos abatidos entre los escombros se hallaban Cidi Mohamed y Abderramán, célebres guerreros nazaríes.
A los defensores del puente no les quedó más remedio que huir hacia la torre del lado opuesto. Los cristianos lograron levantar una barricada en el centro del puente y dispararon desde ella contra los musulmanes hasta conquistar el otro torreón y hacer ondear en lo alto el estandarte de Santiago. Se cuenta que Francisco Ramírez de Orena fue armado caballero por el rey en medio de las ruinas de la torre del puente. Entre los artilleros que estuvieron a las órdenes de Ramírez de Madrid destacaremos uno alemán conocido como maestre Hancé. Se le apodaba 'el quemado' por un fogonazo de lombarda que le dejó cicatrices muy visibles de por vida.
Añadamos que este notable general estuvo casado en segundas nupcias con otro personaje ilustre, Beatriz Galindo, que pasó a la historia con el apodo de la Latina. Francisco Ramírez de Madrid falleció en tierras malagueñas, en Sierra Bermeja, en 1501. El sepulcro del primer general de la artillería española se conserva en el museo de San Isidro de Madrid, junto al de Beatriz Galindo.
Contaba el inquieto médico austriaco Jerónimo Münzer, quien recorrió España en 1494 y 1495, que una vez conquistada Málaga se presentaron ante los reyes setecientos cincuenta y dos presos cristianos que habían sido liberados de las prisiones de Gibralfaro, tan extenuados por el hambre, que el rey los tuvo que reconfortar ordenando se les administrase a todos caldo de gallina. Entre los presos destacaba un anciano de luengas barbas que llevaba encerrado en lúgubres mazmorras la friolera de cuarenta y ocho años. La reina Isabel le preguntó: «¿Qué hubieras pensado si al primer año de tu cautiverio se te hubiera dicho que todavía no había nacido tu redentor?» A lo que el prisionero, acongojado, respondió: «Me hubiera muerto de pena».
Todos los presos, portando una pequeña cruz de madera, se dirigieron desde la Alcazaba y el castillo de Gibralfaro hasta la puerta de Granada, donde esperaban los reyes, ante los que se postraron llorando. A continuación, entraron tras los monarcas en el interior de la ciudad, formando parte importante de una histórica procesión, con las cadenas al hombro y bendiciendo a sus libertadores porque les habían devuelto la paz y el sosiego. Solo hubo nueve cautivos cristianos que habían renegado de su fe y se habían convertido al islam. Se trataba de dos lombardos y siete españoles de Castilla. Por orden del rey, desnudos, fueron asaeteados hasta morir y, después, quemados sus cuerpos.
El domingo siguiente, se celebró una misa en el Real para que los cautivos, ya libres, recibieran el consuelo de la fe. Se había colocado en el altar un Cristo Crucificado y una Virgen de los Reyes. Después de la eucaristía, como colofón, se les obsequió con un espléndido banquete, entre músicas y alegría. Antes, para que los estómagos de los cautivos tolerasen tan gran cantidad de alimentos a los que no estaban habituados, Isabel la Católica había ordenado a su limosnero mayor –Pedro de Toledo, quien luego sería nombrado obispo de Málaga– que adquiriese todo lo necesario. Así, los días previos a la comilona, se les administró pan, uvas y queso. También se pensó darles vino, pero su estado de debilidad era tal que se desistió de esta idea.
Cuenta Vidal González, archivero que fue de la catedral malagueña, que los cautivos no quisieron despojarse de sus hierros, pues deseaban ofrecerlos como exvotos en las iglesias de sus pueblos y ciudades natales. Por ello, obtuvieron permiso y las ayudas correspondientes para que regresaran a sus localidades de origen. Conservamos algunos de sus nombres: Diego Martínez recibió limosna para volver a Béjar; Pedro Gómez, a su casa de Écija; Gonzalo López y Pedro Fanego, a su Galicia natal; incluso al dominico liberado fray Pedro Cabezas se le dieron seis doblas para que pudiera comprarse un hábito religioso. El pintor malagueño José Moreno Carbonero (1858-1942) recreó en un fabuloso lienzo, que reproducimos en esta página, la escena de la liberación de los cautivos por los Reyes Católicos ante la puerta de Granada. En el cuadro se puede contemplar cómo estos vitorean a los reyes mientras se postran ante ellos escuálidos y esqueléticos, arrastrando sus cadenas, vestidos con harapos, cubiertos de sus hirsutas melenas y luengas barbas… Otros episodios famosos de la Conquista de Málaga fueron el encuentro de los reyes con Colón y el intento de asesinato de Isabel la Católica.
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