Víctor heredia
Jueves, 25 de agosto 2022, 00:01
A la altura de 1930, la calle Alcazabilla, en un punto muy sensible de la ciudad, era un auténtico desierto. Ese vacío inspiró la creatividad ... de uno de los mejores arquitectos españoles de la época, Antonio Palacios.
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La primitiva calle Alcazabilla tenía un trazado estrecho y sinuoso y estaba flanqueada por varias callejuelas menores, algunas de ellas sin salida. En su parte final se denominaba Estafeta Vieja y no tenía continuidad.
A mediados del siglo XIX se empezó a barajar el plan de prolongar la calle hacia el barrio de la Victoria para constituir un eje de comunicación entre la plaza de la Merced y el entorno del puerto. Quedó incluido en el anteproyecto de ensanche de Moreno Monroy de 1859, pero no se realizó hasta 1887, cuando el Ayuntamiento llegó a un acuerdo con el Obispado para levantar el cementerio parroquial que estaba a la espalda de la iglesia de Santiago. También hubo que demoler un trozo de la antigua muralla y varias casas para conseguir la comunicación deseada. Pero el resultado siguió siendo una vía estrecha que no era apta para el tráfico rodado.
En la década de 1920 se demolieron todos los edificios de la calle y se procedió a su urbanización. Así se consiguió una vía muy transitada por peatones, tranvías y todo tipo de vehículos, pero rodeada de solares vacíos. Los proyectos urbanísticos que históricamente se han realizado sobre la calle Alcazabilla han sido estudiados por el recordado Pedro Davó. Y, sin duda, el más interesante y espectacular fue el de Antonio Palacios.
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Desde 1927 pasaba temporadas en Málaga y el estado de esta calle había despertado su interés. Hacia 1931 ya tenía elaborado un plan que presentó a las autoridades pero que no tuvo mucha acogida en un principio. En octubre de 1932 se daba la noticia de que el empresario Modesto Escobar Acosta estaba interesado en construir edificios en Alcazabilla y que la idea de Palacios había sido desechada por su alto coste.
Pero al año siguiente el proyecto se reactivó y el propio Palacios lo ofreció a la sociedad malagueña a través de un documento que circuló ampliamente y que fue recogido en diferentes medios locales y nacionales. El 12 de octubre dio una conferencia en la Agrupación de Comerciantes y el entonces alcalde, Narciso Pérez Texeira, se comprometió a aportar capital propio a la sociedad prevista para desarrollar el proyecto de reedificación de la calle Alcazabilla, que tenía que reunir un capital de unos seis millones de pesetas para afrontar su realización.
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La actuación prevista afectaba a nueve solares con una superficie total de casi 6.000 metros cuadrados. Los edificios tendrían cinco plantas, las dos inferiores para usos comerciales y de oficinas y las restantes para viviendas. La monumentalidad del proyecto venía dada por los grandes arcos apuntados planteados por el arquitecto: uno formaría la entrada desde la Aduana y otros cuatro rodearían una plaza central octogonal a la altura de la calle Zegrí, que quedaría abierta hacia la calle Granada. Todas las edificaciones presentarían un estilo uniforme, de inspiración neoárabe, y estarían pintadas de blanco. Como modelo Palacios ofrecía el edificio que bajo su dirección se acababa de construir en la calle Cister esquina a Alcazabilla.
La ejecución del plan se emprendería de forma paralela a la recuperación de la propia Alcazaba y a la realización de jardines en sus laderas. Las viviendas se destinarían a alquiler y venta y, además de atender la demanda local, servirían para ofrecer alojamientos turísticos durante todo el año. Antonio Palacios no olvidaba el grave problema social de los años treinta. Otro fin de la actuación urbanística sería mitigar el elevado paro obrero, «doloroso estado económico social, que sería hipócrita y aún peligroso e imprudente ocultar».
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La idea no prosperó, aunque se mantuvo en los medios durante un tiempo. La complicada situación política y social y luego la guerra diluyeron el proyecto. En los años cuarenta se levantarían algunos edificios, entre ellos el Cine Albéniz y la Casa de la Cultura (posteriormente demolida en 1995), además de jardines a ambos lados de la calle. En 1951 se anunció el descubrimiento del Teatro Romano. Siguió siendo un eje básico de comunicación viaria hasta la apertura del Túnel de la Alcazaba en 1999, que permitió su peatonalización como una gran plataforma que sirve como mirador hacia el Teatro y la Alcazaba, proyectada por Isabel Cámara y Rafael Martín. Aquel vacío urbanístico ha derivado finalmente en un espacio monumental, pero con un sentido muy diferente al que imaginó Antonio Palacios hace casi un siglo.
El gallego Antonio Palacios Ramilo (1874-1945) fue una de las figuras más creativas y personales de la arquitectura española de la primera mitad del siglo XX. Sus trabajos contribuyeron a definir Madrid como una urbe moderna y cosmopolita. Diseñó el Palacio de las Comunicaciones (hoy día sede del Ayuntamiento madrileño), el Hospital de Maudes, los accesos y las estaciones del Metro de Madrid y edificios como la Casa de las Cariátides, sede actual del Instituto Cervantes, y el Círculo de Bellas Artes. La mayor parte de su obra se localiza en Madrid y en Galicia. En Málaga, de donde era natural su esposa, pasó temporadas de descanso que le llevaron a involucrarse en el desarrollo urbanístico de la ciudad. Además del proyecto de la calle Alcazabilla, realizó el edificio de la esquina de esta vía con la calle Cister, el panteón de Félix Sáenz en el Cementerio de San Miguel y otros encargos menores. Fue miembro de la Academia de San Telmo y recibió el título de hijo adoptivo de Málaga.
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