Vincenzo Bellini.
Albas y ocasos

Del padre de Norma al hijo de Constantino

Tal día como hoy nacía Vincenzo Bellini y moría Constancio II

maría teresa lezcano

Sábado, 2 de noviembre 2019, 23:59

Tal día como hoy nacía Vincenzo Bellini, niño prodigio que a los dieciocho meses se arrancó a cantar un aria de Fiovaranti, y moría Constancio II, emperador romano hijo de Constantino I y hermano de Constantino II.

Publicidad

Vincenzo Bellini 3-11-1801----20-9-1835

Catania, Reino de Sicilia, tres de noviembre de 1801. Nace, en el seno de una familia de organistas, Vincenzo Salvatore Carmelo Francesco Bellini, quien organistando el tiempo y la operística se convertiría en uno de los tres máximos representantes de la era del «bel canto» de principios del siglo XIX junto con Rossini y Donizetti. Fue Bellini un niño prodigio que a los dieciocho meses se arrancó a cantar un aria de Fiovaranti, con el correspondiente pavor que produjo en su auditorio el espectáculo de aquel mofletudo mamón, no de los eufemísticos sino de los lactantes de facto, espirando cantatas en lugar de berreos.

Como el niño no callaba, lo pusieron a estudiar teoría musical a los dos años, y tanto y tan acertadamente teorizaba el retaco mientras se desgañitaba en sí bemol, que cuando cumplió tres años lo conminaron a estudiar piano a ver si enmudecía un rato; desembocando este reciclaje profesional en la primera composición musical producida por Bellini, la cual fue gestada a la ya destetada edad de seis años. Becado por el duque de San Martino, Vincenzo continuó su aprendizaje estudiando armonía y contrapunto mientras seguía componiendo y, música sacra va, concierto para oboe viene, accedió al género musical que le daría la fama, con la ópera hemos topado, Vincenzo, amigo.

La más conocida es 'Norma', cuya celebérrima aria Casta Diva ha sido repertoriada por las mejores sopranos del mundo, incluyendo a 'la divina'Callas, que la reivindicó como su aria emblemática, y versionada por cantantes populares como Nana Mouskouri. A Bellini lo sorprendió mesiánicamente la muerte a los treinta y tres años en París, cuando una infección intestinal lo envió a deshojar crisantemos al Cementerio del Père Lachaise, donde fue vecino de parterre de Chopin y Cherubini hasta 1876, cuando la familia Formica le pagó un monumento, no de formica sino del mejor mármol, en la catedral de Catania, y fue entonces Bellini sicilianamente repatriado para continuar eternidades, enlosado en barroco italiano y epitafiado por un aria de su Sonnambula, «Ah! Non credea mirarti/ Si presto estinto, o fiore», mientras es homenajeado gastronómicamente por sus conciudadanos con unos 'spaguetti alla Norma' que no cantan pero huelen que alimentan. Buon appetito.

Constancio II 7-8-317---3-11-361

Mil cuatrocientos cuarenta años antes del nacimiento de Bellini en Sicilia moría Constancio II en Cilicia, que no era una Sicilia trabada ni una versión feminizada y ceceante de un elemento químico metaloide o sólo feminizada de un accesorio destinado a autoflagelarse, sino la zona costera meridional de la península de Anatolia actualmente perteneciente a Turquía. Tercer hijo de Constantino I 'el grande', que era menudo pero atesoraba un nada desdeñable Imperio Romano, fue Constancio ascendido a César por su padre a los siete años, aunque no fue hasta una década más tarde, desemperadorizado ya Constantino I en Constantinopla, y no es un trabalenguas, cuando Constancio , al tiempo que organizaba una matanza de cabecera para acabar con una rama de la familia susceptible de disputarle la consagración, se reunía con sus dos hermanos, Constantino y Constante –se ve que en el momento de los nacimientos los padres no andaban sobrados de opciones nominativas–, con el fin de repartirse lo más equitativamente posible la herencia.

Publicidad

A Constantino II le tocó en la división Britania, la Galia, Hispania y Mauritania; Constante se constató territorialmente Italia, África, Panonia de guarnición y de postre Macedonia, y nuestro Constancio se reservó Tracia, Asia Menor, Siria, Egipto y Constantinopla. Y cuando parecía que todo estaba al gusto de todos, a Constantino II se le metió entre ceja gala y ceja hispana que los territorios de Constancio relumbraban más que los suyos y no paró hasta ser pasado a cuchillo en Aquilea, con el consiguiente resultado de que, no sólo perdió la vida y por tanto las partes del Imperio que pretendía gobernar, sino que Constancio heredó las del hermano peleón.

Llegados a este punto, con las zonas de Constantino II y las suyas propias anexionadas, se dijo Constancio, y por qué no sisarle a Constante su parte del botín, y del dicho al hecho tan breve fue el trecho que se comió de nuevo la totalidad de Imperio, aunque como los ricos también lloran a Constancio le salió entonces un sabañón en forma de general romano de nombre Magnencio, que magnenciamente pretendía afanarle el Imperio al completo, con el trabajo que le había costado reunificarlo.

Publicidad

Afortunadamente para Constancio, Magnencio, tras haber sido derrotado en varias batallas, sucumbió a la vergüenza o a la pataleta, esto no quedó claro, y se suicidó lanzándose en picado sobre su propia espada. Autoespadado Magnencio, a Constancio se le encalló su primo Juliano, que opinaba que legítimamente quien debía controlar el negocio imperial era él, y ya a Constancio le pilló la rebelión un poco hasta los augustos y, tras resistirse un poco, se murió tranquilamente tras haberse hecho bautizar in extremis, por si Dios existía y le daba un buen imperio de ultratumbra. El de antetumba se lo quedó el primo Juliano, que como 'el apóstata' pasaría a la Historia. A la Historia, pero ésta es otra historia.

Este contenido es exclusivo para suscriptores

Suscríbete durante los 3 primeros meses por 1 €

Publicidad