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José Antonio Muñoz Rojas montando a caballo. SUR. Archivo
José Antonio Muñoz Rojas, el poeta del campo
A la sombra de la historia

José Antonio Muñoz Rojas, el poeta del campo

Pertenecía a una familia de la nobleza labradora antequerana. Sus padres eran propietarios de extensas fincas rústicas

Viernes, 26 de agosto 2022, 00:29

El fundador del linaje fue Martín de Rojas. Se avecindó en Antequera en la primera mitad del siglo XVI. Muñoz Rojas, por tanto, pertenecía a una familia de la nobleza labradora antequerana. Sus padres eran propietarios de extensas fincas rústicas. Nació el 9 de octubre de 1909 en la calle Carrera y era el quinto de seis hermanos. Su madre falleció cuando tenía dieciséis meses y se hizo cargo de su educación su abuela materna, Teresa Arrese Rojas. Quizá sea esta la razón de la tenue y constante melancolía que teñirá siempre su obra.

Antequera era entonces una localidad tejedora y molinera, con las calles sin adoquinar (polvo en verano y barro en invierno), con oficios ya perdidos como el zurrador y el cardador. Casi el 80% de su población era analfabeta. De pequeño, Muñoz Rojas recordaba visitar Villanueva de Cauche, que pertenecía a la familia de su madre: «Íbamos desde Antequera en coche de mulas. Era una casa loca. Construida sobre un castillo, en una de sus torres había una bañera con peces. Cuando murió mi tío, mis primas lo tuvieron un tiempo embalsamado. Lo lavaban y decían: ¡Qué bien está papá!».

José Antonio aprendió a leer en la escuela de José Villalobos. Con diez años sufrió examen de ingreso en el Instituto de Málaga, con Pogonoski y Fernández Ramudo. En 1920 estudió con los jesuitas de Miraflores del Palo. Pero, enfermo de pleuresía, se trasladó a Madrid en busca de mejor clima y cursó los cinco años restantes del bachillerato en otro colegio jesuita, Nuestra Señora del Recuerdo, en Chamberí. Allí se hizo amigo de quien sería un famoso filósofo: José Luis López Aranguren. Entre 1926 y 1929 cursó en la Universidad Central la carrera de derecho, llave que entonces abría todas las puertas.

En 1929 publicó su primer libro de poesía, Versos de retorno, en la imprenta Sur. Fue una edición de corta tirada. Las quinientas pesetas que costó imprimirla las puso su abuela Teresa. En aquellos años tendrá oportunidad de conocer a muchos de los integrantes de la Edad de Plata de la literatura española: Unamuno, Moreno Villa, Prados y Altolaguirre, Aleixandre, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Gerardo Diego... Memorable fue su encuentro con Juan Ramón Jiménez: «Nunca he conocido voz iluminadora como aquella».

De izquierda a derecha, Muñoz Rojas, Aleixandre, Leopoldo Panero, Dámaso Alonso, Carlos Bousoño y José Luis Cano

Quiso ser diplomático, pero suspendió las oposiciones en un tribunal que presidía Américo Castro. Como señaló un estudioso, perdimos a un embajador pero ganamos un poeta. Muñoz Rojas marchó entonces a preparar una tesis sobre literatura comparada en la Universidad de Cambridge, de la que fue lector.

El 18 de julio de 1936, José Antonio Muñoz Rojas estaba de vacaciones en Málaga, en la casa que su familia tenía en La Caleta. Allí recibió la aciaga noticia del asesinato de su hermano Javier y de su amigo Hinojosa. Las turbas incendiaron su casa familiar en Antequera. El mismo Muñoz Rojas fue detenido. Su vida corría grave peligro. Gracias a la ayuda de dos profesores de Cambridge y a la del cónsul de Holanda, Enrique Van Dulken, consiguió escapar de la manera más rocambolesca. Estos emitieron un certificado falso que aseguraba que José Antonio se llamaba en realidad John Amstrong (nombre que tenía las mismas iniciales J. A. de su camisa), que había nacido en Londres en 1909 y que era profesor en Cambridge.

Acabada la Guerra Civil, ya de vuelta a España, vivió entre Antequera y Málaga. Muñoz Rojas siempre ejerció una labor generosa y altruista con la cultura: ayudó económicamente a la viuda de Miguel Hernández; salvó el Archivo de Protocolos Notariales de Antequera de una pérdida segura; recuperó los volúmenes de la biblioteca de los escolapios; e, incluso, algunos aseguran que medió para evitar que los restos de Torrijos fueran esparcidos y se destinase el obelisco de la plaza de la Merced a homenaje por los caídos en la guerra. Esta labor de mecenazgo la continuó en su trabajo al frente de la Sociedad de Estudios y Publicaciones del Banco Urquijo, ocupación que mantuvo más de treinta años. Casado con María Lourdes Bayo Alessandri, vivió los últimos años en su cortijo antequerano La Casería del Conde.

Mis dos obras favoritas de Muñoz Rojas son Las Musarañas, ensoñadora recreación de su infancia, y Las cosas del campo, que escribió para evocar sus vivencias con las gentes y el día a día en el campo. Dámaso Alonso dijo de este libro: «Has escrito, sencillamente, el libro de prosa más bello y emocionado que yo he leído desde que soy hombre».

José Antonio Muñoz Rojas falleció cuando apenas le quedaban diez días para cumplir los cien años. Manuel Alcántara escribió entonces: «Un siglo sobre la tierra es mucho; creía que no se iba a morir nunca, pero todos los hombres somos mortales, hasta los inmortales».

Cantor de lo cotidiano, la poesía fue su vida.

Mi encuentro con José Antonio Muñoz Rojas

Siendo estudiante de los últimos años de filología hispánica, recuerdo haber ido a saludar a José Antonio Muñoz Rojas. Sería por el año 1994 o 1995. La idea se le ocurrió a un compañero de clase, quien nos guio hasta una casa del centro de Antequera. Era una vivienda de pueblo, señorial. El poeta salió a recibirnos a la puerta y nos condujo a una sala de estar en la planta baja. No me acuerdo de mucho más. Era una delicia escucharle hablar, arrellanado en su sillón. Hoy me arrepiento de no haberle preguntado por tantas figuras que admiro y que él conoció, trató e incluso fue amigo: Juan Ramón Jiménez, Aleixandre, Prados, Dámaso Alonso... Lo que sí me sorprendió fue que un genio de nuestras letras, el considerado como último poeta clásico, nos recibiera con tanta naturalidad y cercanía a nosotros tres, que éramos unos simples estudiantes desconocidos para él. Ni siquiera habíamos avisado de la visita. De aquel encuentro conservo una fotografía que guardo como uno de mis grandes tesoros.

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