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Sor Rafaela Trasierra Salido ya estaba durmiendo plácidamente en su celda del convento de Nuestra Señora de Gracia de Vélez-Málaga. Como era el día de Navidad, las veintitrés religiosas habían disfrutado de una jornada agotadora. A las veinte horas y cincuenta y seis minutos a sor Rafaela la despertó una fuerte sacudida y los gritos de sus compañeras pidiendo ayuda. Se sentó aturdida en el borde de su cama, mientras oía caer pedazos de ladrillos y cascotes. La puerta y un tabique se desplomaron y entró una nube de polvo en su habitación. Todo era aterrador. A oscuras, escuchaba los gritos de otras religiosas clamando y pidiendo misericordia e invocando a todos los santos. Las tejas chocaban unas con otras y castañeteaban con un tableteo horripilante. Estos primeros temblores, aunque apenas se prolongaron un minuto, se hicieron eternos. La segunda réplica aun fue más fuerte.
Como la madre Rafaela era la secretaria de la comunidad de las clarisas, tomó nota de todo lo acontecido durante aquellas históricas jornadas. Su manuscrito lo publicó en 1980 Francisco Montoro y gracias a este podemos saber cómo se vivieron los que fueron conocidos como 'los terremotos de Andalucía'. Se trata de un impresionante relato de aquellos aterradores momentos y de los trágicos días que siguieron al seísmo. La religiosa aporta también datos del ambiente en las calles de Vélez. Volvamos al relato de aquella noche angustiosa.
Cuando la tierra dejó de temblar, todas se reunieron en el coro de la iglesia. Allí, al poco, se repitió la sacudida. La reja del coro se doblaba hacia adentro. Las molduras caían sobre el pavimento. Una de las campanas se desplomó. Y lo más increíble de todo: La bóveda del coro se abrió a la vista de todas, volviendo luego a cerrarse, quedando toda agrietada.
Por todas partes reinaba la angustia y la desolación. Las monjas escuchaban derrumbarse los tabiques de las casas vecinas, aunque ellas pensaban que lo que se caían eran las mismas casas. Creían que había llegado su última hora y se prepararon para la muerte.
Sentían en la calle a la gente huir hacia el campo. Algunos vecinos, en su desesperación, sacaron a la patrona, la Virgen de los Remedios, para que los librara de aquella calamidad, de manera que no pereciesen todos y Vélez no fuese destruido. Al poco, el pueblo quedó desierto y no se veía por las calles ni un alma. Casi todos los vecinos pasaron la noche al aire libre, calentados por grandes fogatas. Permanecer en la localidad era peligroso, pues continuamente los edificios se desmoronaban, provocando muertes. Las clarisas, al ser religiosas de clausura, no pudieron salir. El sacristán se acercaba para ver si todas estaban bien. Las réplicas continuaron a lo largo de toda la noche.
El día siguiente, 26 de diciembre de 1884, amaneció lluvioso. A pesar de todo, el capellán celebró la misa con bastante miedo, sobresaltado por tanta ruina. El vicario acudió al convento y comprobó el estado ruinoso en el que había quedado el edificio. Las monjas se vieron obligadas a abandonarlo, pero antes bajaron los muebles y objetos más valiosos al refectorio, por ser el lugar más seguro. A las tres de la tarde toda la comunidad, entre las que había dos religiosas impedidas que marchaban en un carro, fueron conducidas a un tejar propiedad de Juan Chicano. Allí coincidieron con otras diecisiete religiosas carmelitas.
Esa segunda noche no paró de llover. Las réplicas del terremoto se repetían continuamente, despertando el pánico entre los vecinos. Las monjas se calentaron alrededor de las fogatas que se habían encendido en diferentes lugares. En las caras de los veleños, iluminadas por el fuego, se reflejaba el terror y el espanto. A todo esto, las religiosas no habían probado bocado en todo el día.
El 10 de febrero, Miércoles de Ceniza, las clarisas volvieron a la clausura. Estuvieron viviendo en el convento de San Francisco hasta que, una vez reparado su edificio, regresaron a su convento el último día del año 1886.
Los terremotos de Andalucía dejaron la trágica suma de 55 muertes en Málaga, repartidas de la siguiente manera: Periana (40), Vélez (6), Canillas de Aceituno (5) y Alcaucín (4, hermanos todos ellos). En Vélez hubo que lamentar, además, seis heridos y 1.291 edificios quedaron destruidos. Una minucia si comparamos estas cifras con las de la provincia de Granada: 695 fallecidos y 1.480 heridos. Aunque el epicentro estuvo localizado en Zafarraya, la localidad más afectada fue Alhama de Granada donde fallecieron 307 vecinos. Además, se produjeron deslizamientos, hundimientos, grietas (alguna de siete kilómetros), se desprendieron gases de olor sulfuroso, numerosas fuentes y manantiales disminuyeron su caudal aceleradamente e, incluso, algunos presenciaron unas extrañas luces o resplandores fosfóricos.
«Jamás olvidaré aquel día, al verle entrar con la ligereza que da la juventud, con su amabilidad y simpatía, vestido de capitán general. A todas nos daba la mano dirigiéndonos, al mismo tiempo, palabras de consuelo, no permitiendo que las ancianas y enfermas se levantasen de sus asientos».
Así relató sor Rafaela Trasierra la visita regia. Alfonso XII, a sus veinticinco años, recorrió muchos de los pueblos afectados por el terremoto, acompañado de los ministros de Gobernación (el antequerano Romero Robledo) y de la Guerra. En Torre del Mar, los Larios les habilitaron unas tiendas de campaña delante del ingenio azucarero de su propiedad. Desde allí el monarca fue recorriendo en caballerías Periana, Canillas de Aceituno, Torrox, Nerja (donde, según la tradición, se asomó al Mediterráneo, quedando así bautizado el Balcón de Europa) y Alcaucín. En este pueblo tuvo un conmovedor encuentro con José Lucas, que había perdido a sus cuatro hijos en la catástrofe.
El viaje real fue muy comentado en la prensa extranjera. Alfonso XII fallecería solo diez meses más tarde, víctima de tuberculosis.
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