

Secciones
Servicios
Destacamos
Es quizás una de las historias más desconocidas de la Málaga del siglo XIX, una época marcada por las grandes sagas familiares que dieron esplendor a la industria y al comercio local y que situaron a la capital en la cabecera de la economía del país. Los archivos de la ciudad guardan con celo las trayectorias, fechas y aportaciones de aquellos visionarios: los Larios, los Heredia, los Loring o los Huelin; aunque esa huella se difumina, sin embargo, por el recorrido de los edificios y grandes casas que se dieron abrigo a pactos, decisiones o alianzas estratégicas para Málaga. También a la vida de familia que latía tras esos muros.
Uno de esos misterios, por la escasa documentación que existe, tiene como protagonista a la casa o palacio de Los Larios, la fabulosa construcción cuyo emplazamiento coincidiría, tras la inauguración de la calle Larios en 1891, con la entrada a la vía y con el arranque de la Alameda Principal, hasta el momento epicentro de los hogares de la burguesía industrial. En efecto, aquel edificio sobre el que años después se alzaría La Equitativa guarda escasas referencias documentales; más aún el destino de sus restos tras su destrucción en la Guerra Civil y desde 2005 rescatados en la fuente de la cercana plaza de las Flores.
Las primeras piezas de este rompecabezas histórico tienen nombre propio, tal y como avanza el historiador Víctor Heredia, quien confirma que la casa Larios no fue una construcción original de la familia, sino que los industriales de origen riojano la adquirieron al comerciante gibraltareño Juan Giró, un nombre fundamental en la segunda mitad del siglo XIX, propietario de la ferrería El Ángel y de la Finca Giró pero con poca presencia en los libros de historia local, en parte porque murió sin descendencia y, por lo tanto, sin la posibilidad de que aquel legado familiar quedara para la posteridad. «Probablemente, los Larios adaptarían la casa hasta darle el esplendor que tuvo», sugiere el especialista antes de aportar la fecha a partir de la cual esa huella de los Larios comienza a difuminarse de su casa-palacio y, por lo tanto, de la ciudad y de los archivos: fue en el año 1868, cuando se desencadenó en España la revolución de 'La Gloriosa' y los obreros de las fábricas de Los Larios se sublevaron contra sus patronos, obligando a la familia a huir por los tejados y a 'exiliarse' a Gibraltar, Londres y París, donde moriría el patriarca, Martín Larios y Herreros (1798-1873). Aquellos acontecimientos fueron el origen del desapego del clan con la ciudad, hasta el punto de que ningún representante de la saga estuvo presente en la posterior inauguración de la calle Larios.
El segundo de los hitos en esa ruptura casi total de vínculos con Málaga llegó en la Guerra Civil, cuando el palacio fue destruido y pasto de un incendio. Entonces arrancaba, en paralelo, el misterio en torno a sus restos. ¿Dónde fueron depositados?, ¿qué quedó del palacio? Y sobre todo, ¿cómo llegaron, ya en el siglo XXI, a la fuente monumental de la plaza de Las Flores? En esa paradoja que representa que los restos fueran primero carne de fuego y con el paso de los años abrigo para el agua, la huella de aquel legado se pierde durante décadas hasta que el conjunto de piedras -pertenecientes en su mayoría al pórtico de entrada de la casa- es descubierto de manera casi casual en la zona de Fuente Olletas. De aquel viaje de la céntrica calle Larios hasta el descampado nada se sabe, salvo que con el paso de los años ese espacio inhóspito de titularidad municipal se convertiría en el Parque del Agua, junto a las instalaciones de Emasa.
Abandonados, al alcance de cualquiera y sin protección, los restos del Palacio de los Larios fueron durante años testigos de la conversión de la zona: de erial a parque. «Efectivamente, nadie sabe cómo llegaron allí. Estaban completamente arrumbados. La gente pasaba por al lado, por encima, las piedras servían para sentarse...». Aunque pueda parecer sorprendente, quien habla es la jefa del negociado de Patrimonio del Ayuntamiento de Málaga, Fanny de Carranza, que hace años, durante un paseo por la zona, reparó en aquellos trozos de mármol: «Pensé que eran monumentales, así que los inventarié para el catálogo municipal». Sin embargo, «como no había donde ponerlos, allí se quedaron», admite.
De Carranza no fue la única en advertir que aquello, aunque de origen poco conocido, era importante. También lo hizo el arquitecto Francisco González, con vistas habituales a esa zona de Olletas y que un día mostró las fotografías de esas «piedras tiradas por el parque» a algunos colegas: «Había una figura de un rostro, un trozo de pilastra, restos de columnas... Mirando una fotografía antigua, acercamos la imagen a la labra y al dibujo de esos elementos y descubrimos que correspondían a la puerta de entrada al palacio...». Aunque han pasado años de aquello, al arquitecto Juan Gavilanes aún le queda el rastro de la sorpresa cuando recuerda el hallazgo.
Convencidos de que había que hacer algo con aquellos bloques de mármol dispersos y abandonados, la oportunidad llegó con el proyecto de rehabilitación de la plaza de las Flores, en el año 2003. Entre otros cambios, el equipo que formaron los propios González y Gavilanes con Iñaki Pérez de la Fuente decidieron retirar la enorme fuente que presidía el centro de la plaza y sustituirla por un conjunto monumental en uno de los laterales, a espaldas de la Iglesia de la Concepción. «Ahí fue cuando pensamos en una fuente contemporánea que integrara los restos del palacio», explica Gavilanes, cuyo equipo fue también uno de los responsables de la peatonalización de calle Larios.
El problema, sin embargo, fue que no encontraron los restos suficientes como para recomponer el pórtico en su forma original: «La portada podría tener unos cuatro metros de alto, pero en la reconstrucción había muchos vacíos», admite el arquitecto, convencido entonces de que la mejor opción era la de 'collage' que mezclara aquella huella histórica con referencias contemporáneas. La restauración de los cinco bloques -entre ellos, piezas de jambas, trozos de cornisa y una pilastra con un rostro esculpido- corrió a cargo de la empresa Quibla Restaura, una vez que el equipo de la historiadora y restauradora Estrella Arcos confirmó que, efectivamente, esas piezas abandonadas sirvieron un día para presidir la entrada a la casa de los Larios.
«La portada se distinguía por las imágenes de rostros en la parte superior de las pilastras, el almohadillado del marco interior que se ve en la fuente y por la cornisa partida en tres piezas voladas. En la fuente compusimos lo que encajaba y descompusimos completamente y de manera libre lo demás», explica Gavilanes sobre la compleja operación de 'collage' que no sólo sirvió para rescatar, ya en el año 2005, una parte de nuestra historia local. También para que el proyecto recibiera el Premio Málaga de Arquitectura 2007 en Espacios Públicos, concedido por el Colegio de Arquitectos de Málaga, y fuera seleccionado en la X Bienal de Arquitectura Española de 2009.
Aquella obra también ayudaba a cerrar, de manera simbólica, la cicatriz abierta entre la ciudad y la familia Larios y permitía recuperar parte de un patrimonio desaparecido y abandonado, como tantos otros que aún siguen esperando su turno. Pero esa ya es otra historia.
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Multas por las gallinas 'sin papeles'
El Diario Montañés
Horarios, consejos y precauciones necesarias para ver el eclipse del sábado
El Norte de Castilla
Publicidad
Publicidad
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.