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El 25 de octubre de 1881 nacían en la provincia de Málaga –qué gran guiño de la Historia– dos grandes pintores: Pablo Ruiz Picasso y José María Fernández Rodríguez. El primero, en la capital; el segundo, en Antequera. Si a aquel la suerte pareció sonreírle el resto de su vida, la de este estuvo rodeada de desgracias, muertes e infortunios. Picasso es hoy considerado un artista genial y cada día llegan a nuestra ciudad miles de turistas para seguir sus pasos. Sin embargo, Antequera no ha conseguido promocionar la obra de su mejor pintor y hoy casi nadie lo conoce fuera de sus fronteras. El último intento se vio deslucido por la pandemia, como enseguida veremos.
José María Fernández está considerado como el primer pintor moderno antequerano. Era hijo de comerciantes acomodados y estudió Bellas Artes en Málaga, discípulo de Joaquín Martínez de la Vega, otro pintor desgraciado. Recibió, como Picasso, una educación cosmopolita y viajó a París, Londres, Bruselas y Génova para asimilar las nuevas corrientes artísticas. En 1908 se estableció en Barcelona y se casó con Rosario Oltra Castello. En la ciudad condal nació su primer hijo, Emilio. Dos años más tarde se trasladó a Madrid y allí vio la luz su segundo hijo, que se llamó como su padre: José María. En 1911 residió en Málaga y desde 1913 en Antequera, de donde son naturales sus dos últimos vástagos, María Dolores y Leocadio.
Nuestro protagonista investigó sobre el patrimonio artístico y cultural antequerano. Fruto de sus trabajos fue su libro Iglesias de Antequera, publicado en 1943 y recientemente reeditado, historia monumental de la ciudad, que describe algunos templos hoy desaparecidos. Entonces el rico patrimonio de la ciudad del Torcal apenas era apreciado y José María Fernández tuvo que luchar contra la desidia administrativa poniéndolo en valor. Como escribió Manuel Infante:
«Trabajó como archivero y cronista de la ciudad y fue pionero en la valoración del barroco antequerano. Realizó el proyecto de restauración del Arco de Granada, diseñó la vidriera del cuerpo superior de la Caja de Ahorros de Antequera, consiguió que se declarase monumento artístico la Cueva de Menga. Consiguió recuperar la Colegiata de Santa María del abandono en que se hallaba».
Esta última estaba en tal grado de dejadez que a punto estuvo de ser derribada. Y los dólmenes, en aquella época, se utilizaban como cuadras para guardar el ganado. De hecho, si visitamos su tumba en el cementerio de Antequera, podemos leer en su lápida que José María Fernández fue archivero y cronista. Ninguna mención a su creación artística como pintor.
En 1917 nació su último hijo y, entonces, las desgracias comenzaron a caer sobre el artista a manos llenas. A los pocos meses falleció su mujer de tuberculosis y su hijo Leocadio no llegó a cumplir el año. En 1925 murió Emilio a los diecisiete años; en 1930 María Dolores a la misma edad; y en 1933, José María, el único que le quedaba: tenía veintitrés años. Al parecer, todos murieron de tuberculosis. Ese mismo año le escribía a un amigo:
«No he de intentar expresar mi dolor, que Vd podrá medir considerando que este hijo constituía él solo toda mi familia y todos mis afectos y esperanzas. Puede usted figurarse mi desconsuelo y la espantosa soledad en la que he quedado. Soledad absoluta, pues bien conoce usted la aspereza y tosquedad de estos pueblos, en los cuales vive uno, forzosamente, aislado y aparte si no marcha con el rebaño».
José María Fernández regaló a su hija María Dolores una muñeca japonesa de porcelana, procedente de la fábrica catalana Lehmann. No son pocos los que creen que algunas de estas muñecas traen mal fario y que esta es la culpable de las desgracias del artista. La dichosa muñeca japonesa aparece retratada en tres de sus cuadros, incluso en su autorretrato, como si el pintor quisiera honrarla para aplacar su mala suerte. La famosa muñeca se exhibe en el interior de una urna del Museo de la Ciudad de Antequera y algún operario del museo asegura que le produce repelús manipularla. Cuando la sacaron para el programa de televisión Cuarto Milenio dicen que se fue la luz del edificio, etcétera. Yo la he visto y es verdad que transmite un vago temor. Parece que la maldición sigue persiguiendo hoya este pintor antequerano pues, cuando se organizó en Madrid –en el Centro Cultural Matadero– una gran exposición para difundir y dar a conocer su obra, a los siete días exactos de inaugurarse, se decretó el estado de alarma por la pandemia del coronavirus y la muestra se quedó atrapada durante meses en la capital, sin que nadie pudiera admirarla.
José María Fernández no marchaba con el rebaño. Aquí está la clave. Iba a contracorriente. La pérdida de su mujer y de sus cuatro hijos lo dejó abatido. A lo que hay que sumar las desgracias económicas. Se refugió en su trabajo como pintor e investigador. En 1932 celebró una exposición en la Sociedad Económica de Málaga. Su pintura pasó de una euforia colorista, con representación de carnavales y fiestas, a una pintura negra, a la manera goyesca, reflejando su estado anímico y su drama personal.
Este otro Picasso pasó en soledad los últimos catorce años de su vida. Falleció el 13 de octubre de 1947, a los sesenta y seis años. A su entierro solo asistieron cuatro personas, entre ellas el poeta José Antonio Muñoz Rojas. Legó todos sus bienes a su ciudad natal: «El único amor que me ha quedado ha sido el de Antequera, a la que he consagrado los mayores esfuerzos y desvelos de mi vida». Hoy uno de los tres institutos antequeranos lleva su nombre, ubicado precisamente frente a los dólmenes que tanto quiso. Y en la plaza de San Sebastián, centro de la ciudad –considerado kilómetro cero de Andalucía–, dos esculturas en bronce recuerdan para la posteridad a las dos figuras antequeranas más importantes del siglo XX: José Antonio Muñoz Rojas y José María Fernández.
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