El hundimiento del Maine, el almirante Cervera y el Puerto de Málaga
SUR Historia ·
La noche del 15 de febrero de 1898 el acorazado norteamericano se hundía en el puerto de La Habana después de sufrir una violenta explosión. Este hecho provocó un clima prebélico que terminó en una guerra disparatada que produjo la pérdida de la flota española y de las últimas provincias de ultramar
Francisco Cabrera Pablos
Sábado, 2 de octubre 2021, 17:32
La noche del 15 de febrero de 1898 el acorazado norteamericano USS Maine se hundía en el puerto de La Habana después de sufrir una violenta explosión, causando la muerte de numerosos marineros. Este hecho provocó no pocas declaraciones que fueron elevando su tono en las semanas siguientes hasta alcanzar un clima prebélico. La situación terminó, como es sabido, a comienzos de julio de aquel mismo año en una guerra disparatada que produjo la pérdida de la flota española y de las últimas provincias de ultramar.
Una crisis que de forma indirecta obligó a las autoridades militares malagueñas a prepararse en aquel 1898 ante la posibilidad, por increíble que hoy nos parezca, de un ataque a estas costas y a este puerto de los EE. UU. Esta es su historia.
Noticia en la prensa norteamericana.
BIBLIOTECA NACIONAL
El 25 de enero de 1898, el Maine hizo su entrada en el puerto de La Habana sin anunciarse, lo cual podía considerarse una descortesía entre países amigos. La excusa: proteger los intereses norteamericanos en la isla en plena guerra de España contra los mambises cubanos. El Gobierno reaccionó de inmediato enviando el crucero Vizcaya al puerto de Nueva York, obviando igualmente la diplomática costumbre.
Restos del USS Maine.
MINISTERIO DEL EJÉRCITO
El 15 de febrero tuvo lugar la explosión que daría origen, pasados unos meses, a la guerra finisecular entre España y EE. UU., al acusarse a nuestro país de haber provocado el hundimiento del acorazado norteamericano. Sin embargo, las investigaciones de los equipos nombrados al efecto y que se sucedieron durante años concluyeron mayoritariamente en la naturaleza fortuita del desastre.
Comunicado del presidente William Mckinley el 28 de marzo de 1898
BIBLIOTECA NACIONAL
En cualquier caso, el clima belicista de aquellos meses animado por los más radicales no ayudaba a una investigación medianamente serena. El mismo presidente de los EE. UU. contribuyó bien poco a apaciguar los ánimos al considerar la explosión de una mina como la causa del hundimiento.
Y eso que las autoridades españolas de la isla dispusieron rápidamente el socorro a los heridos. El capitán general de Cuba telegrafió de inmediato al Ministerio de la Guerra:
«Tengo el profundo sentimiento de comunicar a V.E. que ha explotado la caldera del dinamo del crucero de guerra norteamericano Maine, sumergiéndose inmediatamente. El accidente ha sido meramente casual. Hay gran número de muertos y heridos. Apenas ocurrió la catástrofe dispuse acudieran a prestar auxilio todos los elementos disponibles, generales, jefes y oficiales de esta guarnición. He ofrecido al cónsul norteamericano míster Lee todo género de auxilios y recursos.»
Todos los medios españoles destacaron el carácter accidental del hundimiento y la inmediata asistencia prestada a los heridos.
Sin embargo, en la evolución de los acontecimientos se fueron imponiendo las posturas más extremas que acusaban a España del siniestro por el apoyo de los EE. UU. a los independentistas cubanos. A su vez, aquí, los más exaltados exigían poco menos que una guerra. En Málaga tuvieron lugar manifestaciones desde mediados de abril frente al Consulado norteamericano en la calle Larios, teniendo las autoridades que emplearse a fondo para evitar empeorar una situación ya de por sí complicada. Este asunto fue tratado en 2007 por el historiador Francisco José Muñoz Vivas en un completo trabajo publicado en «Isla de Arriarán».
Hoja de Servicios
ARCHIVO GENERAL DE LA MARINA
Almirante Cervera.
ARCHIVO GENERAL DE LA MARINA
En ese mismo abril, la flota española al mando de 'Pascual Cervera' -que había zarpado de Cartagena siguiendo órdenes-, fondeaba en Cabo Verde. En su Hoja de Servicios, conservada en el Archivo General de la Marina, el almirante denunciaba una y otra vez las carencias de muchos de sus barcos: «El 29, terminamos de hacer el carbón, víveres y aguada que se había podido adquirir, si bien falta de todo».
Según su diario, varios buques acusaron escasez de combustible y otros tuvieron que ser remolcados por averías en medio del Atlántico antes de llegar a su destino. La carencia de mantenimiento era clamorosa. Al fin, con serias dificultades, fondearon en Santiago el 19 de mayo. Tres días después, la escuadra norteamericana bloqueaba aquel puerto.
A lo largo de junio fueron frecuentes los bombardeos del enemigo, aunque las baterías de costa junto a las piezas de mayor calibre de barcos como el 'Cristóbal Colón' les impidieron la entrada en la rada. La situación se hacía cada vez más complicada.
Práxedes Mateo Sagasta ordenó entonces la salida de la escuadra desde la bahía de La Habana siguiendo las indicaciones del Estado Mayor de la Marina, a los cuales Cervera advirtió una y otra vez que consideraba el sacrificio de sus buques tan seguro como inútil:
«Quiera Dios que no sea profeta, como lo he sido cuando le decía a usted que para fines de abril no estarían listos el 'Pelayo', 'Carlos V', 'Vitoria' y 'Numancia'; ni el 'Colón' tendría sus cañones gruesos; ni nosotros tendríamos municiones de 14 centímetros, de las nuevas, para batirnos. Con la conciencia tranquila voy al sacrificio, sin explicarme ese voto unánime de los Generales de Marina, que significa la desaprobación y censura de mis opiniones; lo cual implica la necesidad de que cualquiera de ellos me hubiera relevado».
El 2 de julio, el almirante recibió desde Madrid «la orden terminante de salida». El 3, a las 9.30 horas de la mañana, «salí con toda la escuadra del puerto de Santiago de Cuba».
El desenlace final es sobradamente conocido. Los modernos buques norteamericanos, con mayor blindaje y «superioridad en número y calidad de la artillería enemiga», hundieron a los españoles. Cervera trató de proteger hasta donde pudo a sus barcos y tripulantes navegando lo más cerca posible de la costa. Al fin, ordenó embarrancar en una playa al buque insignia 'María Teresa' una vez que sus cañones fueron inutilizados por el fuego norteamericano, salvando así la vida a buen número de sus marineros.
Las noticias comenzaron a llegar a España entre la incredulidad y el asombro. En Málaga, 'La Unión Mercantil' del martes 5 de julio informaba: «Un cablegrama oficial de Santiago confirma que a las nueve y media de la mañana salió la escuadra del almirante Cervera de la bahía rompiendo el fuego contra los formidables buques norteamericanos. Una hora duró el fuego manteniendo nuestros barcos la alineación hasta desaparecer por el oeste. Persiguen a nuestra escuadra los acorazados yankis Iowa, Massachussets, Indiana, Brooklin, New York … Ignórase aún los detalles de este suceso».
El jueves, el mismo medio malacitano publicaba el telegrama enviado por su agente en Madrid a las 4.40 de la madrugada: «El Gobierno ha acordado que vuelva a la Península la escuadra de Cámara para proteger los puertos españoles contra el bombardeo que proyectan los yanquis... La pérdida de la escuadra de Cervera. Colón, imposible salvarlo. Manila está bombardeada por mar y tierra». Poco a poco se fue conociendo en toda su amplitud el alcance de aquel disparate.
Tras meses prisionero junto a oficiales y heridos, Cervera fue repatriado en el vapor inglés 'City of Rome', atracando en Santander el 21 de septiembre de 1898. Allí encontró la orden de traslado inmediato a Madrid, donde llegó el 22 presentándose ese mismo día a sus superiores. En enero de 1899 quedó en la capital de España a la espera del «Consejo Supremo de Guerra y Marina con motivo de la pérdida de la escuadra en el desgraciado combate del 3 de julio». Un Consejo de Guerra del que quedaría absuelto.
De la lectura del diario de a bordo de Cervera y de la narración de los hechos realizada por algunos de sus oficiales (como la del comandante del crucero 'Infanta María Teresa' y jefe de Estado Mayor de la flota) se desprende un hecho absolutamente irrefutable: Pascual Cervera y Topete, como buen militar, cumplió escrupulosamente las órdenes que recibió, sabiendo como sabía que se enfrentaba a un enemigo superior en número de buques, blindaje y capacidad de fuego. De haber permanecido protegido en el interior de la bahía de La Habana como él sugirió, la flota se habría salvado. Pero no se le hizo el menor caso: «¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señor!», que decía Mío Cid.
El 8 de diciembre de 1908 Cervera solicitó pasar a la reserva, falleciendo un año después, siendo enterrado con todo merecimiento en el Panteón de Marinos Ilustres. La Historia le reconoce como uno de los héroes de nuestra Armada con una carrera intachable. Un militar que supo cumplir con las órdenes recibidas, aun imaginando el inevitable resultado.
Proyecto del Puerto de Málaga con sus defensas. Rafael Moreno Castalleda (1881).
CENTRO GEOGRÁFICO DEL EJÉRCITO
La situación que someramente acabamos de describir y que se veía venir desde hacía tiempo fue el origen de una Junta Militar celebrada en Málaga en el verano de 1896, cuando la guerra de Cuba había adquirido caracteres preocupantes por la sangría insoportable en hombres y dineros. La abundante documentación, conservada en el Archivo General Militar de Segovia entre otros, nos revela que presidió la sesión el general y comandante de Ingenieros Rafael Cerezo y Sanz junto a los generales Leandro Delgado y Fernández y Manuel Ortega y Sánchez Muñoz, entonces gobernador militar de la ciudad.
Estos acordaron que, para rechazar cualquier agresión, habrían de situarse baterías fijas en los Almellones, Torremolinos y Gibralfaro. Enviado el expediente a la cadena de mando, lamentablemente nada se hizo.
En el mes de mayo de 1898 -cuando aún teníamos flota-, el Ministerio de la Guerra solicitó al gobernador militar de la plaza, entonces sí, un informe de las defensas de Málaga y su puerto.
Tras los oportunos estudios y puesto que la artillería pesada para los emplazamientos fijos solicitada en su momento no había llegado, la primera de las autoridades aconsejó las móviles del 12.º Regimiento con base en Málaga.
Poco más se hizo y, tal y como evolucionaban los sucesos en Cuba, las autoridades locales llegaron a plantearse muy seriamente la posibilidad de un ataque norteamericano a esta costa, solicitando al gobierno la declaración para Málaga de «Ciudad abierta».
Batería de San Nicolás. Antonio Lara Villodres.
AUTORIDAD PORTUARIA
Madrid atendió la petición y ordenó desmantelar el único cañón existente. Este se hallaba en la batería de San Nicolás y se empleaba en las salvas de ordenanza cuando arribaba algún buque de naciones aliadas. Consecuentemente, desde hacía bastante tiempo, carecía de munición.
La orden del 25 de mayo de 1898, conservada en el Archivo segoviano, decía:
«Ministerio de Marina y Estado.
Excmo. Sr.:
Por la Real Orden circular, fecha 23 del corriente mes, inserta en el Decreto Orden de este Ministerio n.º 112, se ha dispuesto sean desmontadas las piezas antiguas que constituían la única defensa de Málaga, y que esta Ciudad deje de formar parte de la relación de las plazas que deben hacer a los buques extranjeros o cambiar con ellos los saludos que previenen las disposiciones vigentes».
Evidentemente, no parece que estuviera en los planes norteamericanos actuar más allá de los últimos territorios españoles de ultramar. Y eso por su interés económico, a fin de controlar la producción de azúcar en Cuba, además de establecer bases en Filipinas que asegurasen sus intereses comerciales en aquellos mares.
Los desgraciados sucesos que acabamos de narrar supusieron para España, junto a la pérdida de la flota y de aquellas provincias hermanas, el fin de un imperio y de una época. El resultado de la Conferencia de Algeciras en 1906 y el posterior tratado hispanofrancés fueron una pobre compensación por el daño sufrido. Una compensación que supuso, además, un sinfín de problemas que estaban por venir en el Protectorado de Marruecos.
La crisis finisecular obligó, en el nuevo siglo, a desmantelar los últimos baluartes que aún permanecían en el puerto: San Rafael, San Felipe y San Nicolás, ya entonces absolutamente inoperativos desde el punto de vista militar. Sus espacios pronto serían ocupados por otros edificios como el Laboratorio Oceanográfico, hoy Comandancia Naval, y el Club Mediterráneo; aunque esto sin duda pertenece a otro tiempo y a otra historia.
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