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Hammet el Zegrí, el último Alcaide musulmán de Málaga

Hammet el Zegrí, el último Alcaide musulmán de Málaga

Tribuna de la Historia ·

En pleno corazón histórico de la capital, entre la calle Alcazabilla y la comunicación abierta con la Plaza de la Judería se encuentra la calle Zegrí. Su nombre recuerda a este histórico personaje que, tras dos días atrincherado en Gibralfaro, tuvo que claudicar y entregar su espada en señal de rendición a los Reyes Católicos

SALVADOR JIMÉNEZ

Domingo, 31 de marzo 2019, 00:21

Muchas de nuestras calles están rotuladas con el nombre de personajes de nuestra historia, y por desgracia, en la mayor parte de los casos son totalmente desconocidos por buena parte de la ciudadanía. Esto ocurre por ejemplo con una calle en pleno corazón histórico de Málaga, ubicada entre la calle Alcazabilla, y la comunicación abierta hace ya algunos años, con la Plaza de la Judería. Se trata de la calle Zegrí dedicada a Hammet el Zegrí, último alcaide de Málaga en la etapa musulmana de nuestra ciudad.

Corría el mes de abril de 1487 cuando el más importante ejército castellano hasta entonces conocido, partía desde Córdoba camino del punto de reunión fijado, el río Yeguas entre Estepa y Campillos, punto en el cual, se unió todo el contingente que iba atacar Málaga y su provincia. Atravesaron las llanuras de Archidona, la Peña de Los Enamorados y el día 15 estaban en la Fuente de la Lana, junto al camino de Alfarnate, a unas siete leguas aproximadamente de la capital de la Axarquía, Vélez Málaga. Y el 27 de Abril el alcaide Abulcacín Ben Egas, capitulaba y entregaba Vélez. A la semana siguiente se sometía toda la comarca de la Axarquía, incluyendo Comares y sus alrededores, cuyos moradores se entregaron sin la menor resistencia. Cortando así, todo el posible socorro que desde Almería pudiese prestarse al siguiente objetivo fijado por los Reyes Católicos. Ese siguiente e importante objetivo no era otro, que el valioso puerto y plaza militar de Málaga.

Eran los primeros día del mes de mayo, y el Zagal, reunía con la mayor presteza y sigilo, a los mejores guerreros malagueños, y les informaba de la situación. Acordando que lo mejor para todos, era la defensa a ultranza de la plaza de Málaga y que habría que resistir a toda costa. Él mientras tanto, marcharía con urgencia hacia Almería, para tratar de conseguir un ejército que pudiese ayudar en la defensa. Y solicitó ayuda también, al Sultán mameluco Quat Bey de El Cairo y suplicó socorro a Constantinopla, así como a todo el norte de África, aunque sus peticiones no serían atendidas. Nombró a Hammet el Zegrí, mizwar o comandante en jefe de las tropas malagueñas, y a Aben Comixa le dio las oportunas órdenes para que le facilitase al Zegrí, todo lo necesario para acometer la defensa de la ciudad.

Mientras tanto, el rey Boabdil en una de sus hábiles hazañas, aprovechó pese a las promesas dadas de que no actuaría, para apoderarse de Granada, con apoyos y nuevos acuerdos secretos con los Reyes Católicos. El Zegrí ordenó entonces que se dispusiese todo lo necesario para avituallar la ciudad, con todos los víveres que se pudiesen acopiar, pues la resistencia presumía ser larga, y el asedio podía durar bastante tiempo. Se instalaron piezas de artillería, se ubicaron ballesteros y espingarderos en todos los puntos estratégicos de la ciudad (la Alcazaba Gibralfaro, las Atarazanas,etc.). Se reunió Hammet el Zegrí con sus principales capitanes acompañado de sus hombres de confianza (Ibrahim Zenete y Hassam de Santa Cruz). Intentó arengar a sus hombres, para potenciar así, el ardor guerrero de la guarnición malagueña, exhortándoles incluso a morir antes que rendir la ciudad. El contingente que se aprestaba a defender Málaga de las huestes cristianas, estaba compuesto por un contingente de quince mil guerreros africanos, conocidos como Gomeres. Además de numerosos renegados, apostatas, conversos, monfíes y malhechores de la serranía de Ronda, valientes, decididos y acostumbrados al sufrimiento y a la guerra.

Desde Vélez el rey Fernando envió al cronista y hombre de confianza Hernando Pérez del Pulgar a Málaga, con el ofrecimiento de que si entregaban la ciudad sin cerco ni resistencia, recibirían una generosa oferta, la cual, sería rechazada rotundamente.

En parecidos términos, hubo después una segunda embajada real que ni siquiera fue oída, motivando que el ejército enemigo se pusiese en camino hacia nuestra ciudad para asediarla, plantando sus campamentos o reales en Bezmiliana, junto al mar y a tan solo dos leguas de nuestra ciudad. La guerra contra Málaga estaba a punto de desatarse. El lunes día 7 de Mayo de 1487, bajo un cielo completamente azul y un sol de justicia, el monumental ejército cristiano, el más poderoso de su época, se dirigió a nuestra ciudad por la costa, en la ciudad se dio la voz de alarma. Todos ocuparon sus puestos de combate, y desde el Castillo de Gibralfaro se observaba el avance del enorme ejército cristiano que a su paso, iba talando árboles y quemando toda la cosecha del año, destrozando huertas, arrasando viñedos, e incendiando casas de campo y alquerías. No dejando nada en pie a su paso de la fértil vega malacitana. Muchas escaramuzas, infinidad de refriegas, pequeñas batallas y hostigamiento de la artillería castellana, que concluyó con infinidad de muertos y heridos. Una guerra desigual, una guerra que duraría tres meses y once días horribles, y que llevó a nuestra ciudad a rendirse a consecuencia del hambre y la sed del largo cerco.

El 18 de agosto, se abrieron las puertas de la ciudad y de la Alcazaba, y penetraron por ellas, una amplio número de hombres del contingente cristiano, al mando del Comendador Mayor de León, vestido con amplio ropaje de terciopelo y larga capa que arrastraba por el suelo, en su cabeza un casquete negro, y en el pecho una gran cruz de enormes rubíes, iba acompañado por Pedro de Toledo, andando sin prisas y entonando el Tedeum. Izaron en una de las torres más altas de la Alcazaba el pendón morado de Castilla, el de algunas Hermandades y el de la Orden de Santiago. Atabales y trompetas sonaron vibrantes, salvas de artillería y tañir de campanas, como símbolo de triunfo para celebrar la más costosa de las victorias de la corona castellana. El día 19 de Agosto de 1487, hicieron su entrada triunfal en la ciudad los Reyes Católicos Isabel y Fernando, como nuevos señores de Málaga.

El Zegrí se atrincheró en Gibralfaro y tardo en rendirse dos días más. Pero hubo de claudicar y entregar su espada en señal de rendición. Y como premio a su tesón y a su valor, lo cargaron de cadenas y lo llevaron ante su más implacable enemigo, el Marqués de Cádiz que le esperaba montado en su caballo. El Marqués desmontó de su corcel, y mirándole fijamente a los ojos, le dijo:

«Si te hubieras rendido antes, habría habido menos derramamiento de sangre».

Y Hammet el Zegrí contestó: «No comprende que yo asumí el cargo con la obligación de morir o ser preso defendiendo la ciudad y la honra de quien me la entregó, prefiriendo morir peleando, antes que ser preso sin defender la ciudad».

El honroso y audaz Hammet el Zegrí, el cual pasaría a la historia por ser el último alcaide musulmán de Málaga, y porque en su persona se cometieron todo tipo de injusticias y tropelías. Terminaría sus días preso y cautivo en la ciudad de Carmona.

A pesar de todo, y a pesar del empeño que pusieron los Reyes Católicos en borrar de la faz de Al Ándalus las huellas de este gran linaje, hoy en día sigue existiendo el apellido Zegrí, que significa fronterizo. En Tetuán, hoy viven varias familias con el apellido Zegrí, herederos de aquellas viejas castas andalusíes que fueron expulsadas de nuestras tierras; en Granada, existen tres familias que llevan en sus apellidos la forma Cegrí, y una con la grafía Zegrí en el cercano pueblo de La Zubia. En marzo de 1999, nació una niña, de segundo apellido Cegrí en Granada. En mayo de 1999, otra, también con este segundo apellido. Familias que son portadoras en sus nombres, de un linaje ancestral, que en la mayor parte de los casos mucha gente desconoce, y ni siquiera saben su procedencia.

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