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El escritor Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) fue protagonista de los disturbios provocados por la revolución de la Vicalvarada, que tuvo lugar en julio ... de 1854. Los altercados le sorprendieron en su Granada natal. Allí se puso a la cabeza de los revolucionarios y, a sus veintiún años, fue jefe de las turbas desenfrenadas que, tras ocupar un almacén de armas y repartir fusiles entre la población, tomaron el Ayuntamiento y lo intentaron con la Capitanía General de Granada, con menos suerte. Tras el fracaso del golpe, viajó hasta Málaga a lomos de un caballo. Siguió la ruta que pasa por Alhama de Granada, el Boquete de Zafarraya y Vélez-Málaga.
Como consecuencia de la Vicalvarada, Pedro Antonio de Alarcón estuvo encerrado voluntariamente durante un mes de verano en el castillo de Gibralfaro acompañando a «un queridísimo preso militar y político», del que desconocemos su nombre. Según contaba el propio escritor, en Gibralfaro «he pasado los días más tranquilos, más uniformes, más dichosos de mi breve pero fatigada vida». Allí se hizo amigo del gobernador de la fortaleza y su única ocupación diaria consistía en contemplar el azul del Mediterráneo. Cada mañana, después de un frugal desayuno, se acercaba con un catalejo a una torrecilla almenada que había a poniente del castillo, desde la que se distinguían las maravillosas vistas de Málaga que todos los malagueños hemos admirado en alguna ocasión. Allí se subía el joven Alarcón en lo alto de un cañón y contemplaba a su placer el espectáculo que se abría ante sus ojos. Incluso distinguía a los ciudadanos caminar como hormigas detrás de un cortejo fúnebre que se dirigía a un pueblecito de mármol, esto es, al cementerio de San Miguel.
Desde esta privilegiada atalaya Alarcón pudo presenciar, con la ayuda de un potente anteojo, una ejecución en el cauce del Guadalmedina, que entonces se utilizaba para estos menesteres amén de para otros tan curiosos o extravagantes como carreras de caballos o ferias de ganado. El reo iba a ser fusilado en cumplimiento del código militar entonces vigente. Se llamaba Juan Pérez Fernández, tenía 31 años y era un carabinero natural de Boal (Asturias). Según parece, había golpeado a un sargento por una cuestión de amores. El escritor nos describe al gentío que asistía a la ejecución. Varios espectadores entretenían la espera comiendo a dos carrillos.
Abría la comitiva un hombre que portaba un estandarte morado, al que seguía el preso, acompañado por unos veinte hermanos de la Paz y la Caridad vestidos de frac, una hilera de niños huérfanos y diez o doce guardias civiles. Cerraban la siniestra procesión un hombre que llevaba una gran cesta de viandas, por si al reo le apeteciese comer algo antes de morir, y un mocetón que cargaba sobre sus hombros un ataúd. En medio de la bulla Alarcón se fijó en un detalle costumbrista: un vendedor «de bollos, de tortas y merengues que aprovecha aquella solemnidad y aquel concurso para hacer ganancia». Este pormenor nos parece impagable y nos recuerda a los vendedores ambulantes de nuestras playas o de Semana Santa aunque, evidentemente, las circunstancias no tengan nada que ver.
Cuatro compañeros de aquel hombre atado, vendado, inmóvil, agonizante y lleno al mismo tiempo de vida, de robustez y de salud; cuatro carabineros, cuatro amigos suyos tal vez, se destacaron de una fila; avanzaron al centro con paso acelerado, alevoso, maldito y se pararon enfrente del condenado. Este debió de oír preparar, debió de oír la voz de mando. Los cuatro soldados se echaron las carabinas a la cara. Pero, en esto, se enturbiaron los cristales del anteojo y no vi más.
La Naturaleza continuaba entretanto esplendorosa, risueña, palpitante bajo las caricias del sol, como una mujer enamorada. El mar, el campo, la atmósfera, todo había permanecido indiferente ante la ridícula soberbia del hombre.
Esta ejecución pública la describió Alarcón en su relato costumbrista Lo que se ve con un anteojo, que se publicó en su volumen Cosas que fueron. El texto tuvo tanto éxito que reaparecía continuamente en revistas. El autor granadino siempre estuvo en contra de la pena de muerte.
En Málaga el novelista también quedó profundamente impactado por lo que vio a los pies de Gibralfaro, en el barrio conocido como Mundo Nuevo, hoy desaparecido: «Allí contemplé los cuadros más inmorales, hediondos y terribles de gentes que se encenagaban, cual si fueran cerdos con alma, en la mugre, en el vicio y en el crimen, a pocos pasos de las más pulcras y lujosas calles y plazas de la capital». En otra ocasión Pedro Antonio de Alarcón trató de este submundo y acabó la visión terrorífica con esta estridente acusación social: «Málaga, España, siglo XIX, ¡avergonzaos!».
Pedro Antonio estuvo en Málaga en 1859 para embarcar y participar como corresponsal en la guerra de África. La revista El Museo Universal le había encargado que escribiera unas crónicas bélicas sobre el terreno. En Málaga se hizo amigo del librero Joaquín González, padre de Salvador González Anaya, y quedó en mandarle a aquel las cuartillas que fuera redactando.Pasaron los días y, al fin, llegó el primer envío a las manos de Joaquín González, pero lo escrito era continuación de un original anterior perdido y comenzaba en la cuartilla número cuarenta y tantos. Alarcón, avisado de este incidente, reescribió las primeras crónicas.
Terminada la guerra y ya publicados todos los artículos en forma de libro y con gran éxito de ventas, Joaquín González recibió un paquete con las primeras cuartillas, que se suponían perdidas para siempre, manchadas de lodo y sangre. Todas estas hojas fueron encuadernadas con las restantes en un volumen dedicado por Alarcón a su amigo. Este curioso libro se conservaba en la biblioteca de González Anaya y se perdió al ser saqueada su casa durante la Guerra Civil.
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