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Cristóbal Benítez al ingresar en la Academia de Suboficiales de Ferrol . Archivo Sari Huelin
Vida de un comerciante emprendedor: Cristóbal Benítez Pérez
A la sombra de la historia

Vida de un comerciante emprendedor: Cristóbal Benítez Pérez

Junto a Francisco Merino, es la figura más importante en la historia del automóvil en Málaga antes de la Guerra Civil

Jueves, 18 de agosto 2022, 00:26

Cristóbal Benítez, junto a Francisco Merino, es la figura más importante en la historia del automóvil en Málaga antes de la Guerra Civil. Así lo asegura el mayor experto en la materia, Muñoz Antivón. Poco es lo que conocíamos de Cristóbal Benítez hasta que el pasado invierno Sari Huelin publicó La memoria no es tan frágil, interesante historia de una familia malagueña, en la que aporta datos inéditos que nos han permitido recomponer la biografía de su abuelo. Se trata de una vida extraordinaria.

El primer dato sorprendente es el de su nombre. Su padre, Cristóbal Pérez Cano, era natural de Almogía. Se casó con Isabel Molina, pero esta lo abandonó. Entonces rehízo su vida con otra mujer, María Abolafio Mota, de Sayalonga. La pareja emigró a Málaga hacia 1875. Cristóbal era maestro de obras y llegó a nuestra ciudad en un momento de gran esplendor constructivo. Edificó muchas mansiones en el Limonar y en la Caleta y se hizo rico. Su historia nos recuerda a la de otro constructor famoso, Antonio Baena. Cristóbal Pérez se construyó una quinta en el número 30 de la calle Cristo de la Epidemia. Pero, al no poder casarse y vivir amancebado, según la mentalidad de la época, no pudo integrarse socialmente.

Nuestro protagonista nació en 1877 y debería haberse llamado Cristóbal Pérez Abolafio. Sin embargo, como esto no era posible, lo tuvieron que inscribir como hijo de un pariente que se llamaba Cristóbal Benítez. Estudió en el colegio de los jesuitas del Palo y realizó la carrera de marino en la Escuela de Suboficiales de la Armada de Ferrol. Dio la vuelta al mundo en el buque escuela. Participó en la guerra de Cuba y cayó prisionero de los yanquis, aunque en Estados Unidos los trataron casi como a unos héroes.

Taller de automóviles en la calle Cristo de la Epidemia. Archivo Muñoz Antivón

De regreso a España, Cristóbal Benítez conoció en una función en el Cervantes a María Martos Roca. María había estudiado con las monjas de la Asunción, en Barcenillas, y tenía un nivel intelectual inusual para una mujer de su época. Celebraba encuentros literarios en el cenáculo de su casa de la Alameda. Conoció a Galdós y a Rubén Darío cuando estos pasaron por Málaga. María era hija del famoso médico Francisco Martos, cuya fama y prestigio traspasó fronteras. Destacaba por su capacidad para el diagnóstico, pero le perdía su mal carácter.

El doctor Martos se opuso a la boda de su hija. No quería que se casase con un marino que tiene una novia en cada puerto. Si quería a su hija, que cambiase de profesión. Además, un sueldo de militar no daba para mantener el nivel de vida al que estaba acostumbrada su niña, decía. Las palabras destempladas de su futuro suegro no cayeron en saco roto. Cristóbal Benítez estudió la carrera de ingeniero industrial en Bélgica y la acabó en tan solo dos años.

En 1904, se casaron en la capilla del Hospital de Santo Tomás, donde el doctor Martos era director médico. Y se fueron de luna de miel a Italia. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Isabel, Georgina, Carlos y María de las Nieves Benítez Martos. Todos ellos fueron amamantados por amas de cría y educados por una institutriz francesa, mademoiselle Cammord. Vivían en Villa Pilar, en el Paseo de Sancha. La mayor, Isabel, recibió clases de pintura de José Ruiz Blasco, padre de Picasso.

Cristóbal Benítez en Villa Pilar con sus cuatro hijos Archivo Sari Huelin

Sin embargo, su madre padecía adicciones y problemas mentales que la llevaron a ingresar en un sanatorio mental en Reus. María Martos colaboró en la obra social y pastoral del padre Tiburcio Arnaiz y encontró en la religión un bálsamo para sus dolencias. Incluso su marido fue tesorero de las Doctrinas Rurales. Mientras tanto, Cristóbal Benítez Pérez se había convertido en un empresario de éxito. Posiblemente era quien más automóviles vendía en Málaga.

Cuando estalló la Guerra Civil, ardieron su tienda de la calle Larios y su casa en el Paseo de Sancha. Cristóbal tuvo que esconderse en el taller de Cristo de la Epidemia, en el foso de arreglar coches. Cambió varias veces de escondite. El odio con el que le buscaban quizá procediera de ser un industrial muy conocido. Finalmente, decidió entregarse a las autoridades para librarse así de los milicianos descontrolados. Lo recluyeron en el barco Marqués de Chávarri. Allí estuvo preso hasta febrero de 1937.

Tras liquidar su negocio, ingresó en 1939 como gerente de la Industria Malagueña. Su nieta recuerda a Aurelio, el barbero que lo afeitaba todos los días, y al chófer, arrancando un viejo coche con una manivela. Él, que había vendido los mejores automóviles de Málaga. Se jubiló, en 1960, a los ochenta y tres años. En la Industria Malagueña le rindieron un caluroso homenaje. Cristóbal Benítez Pérez falleció el 20 de julio de 1962.

En los Baños del Carmen con sus hijas y su yerno Jorge Huelin. Archivo Sari Huelin

Cristóbal Benítez y los primeros automóviles malagueños

Es posible que la primera vez que viera un automóvil fuese en Estados Unidos, al terminar la guerra de Cuba. Y gracias a sus estudios de ingeniería, intuyó el gran futuro que le esperaba a este nuevo descubrimiento. Cristóbal Benítez se hizo con la concesión de Hispano Suiza para Andalucía y con la exclusiva para Málaga de General Motors y de otras marcas americanas (Pontiac, Cadillac, Chevrolet, Overland, Buick, etc). Viajó en varias ocasiones a Nueva York y siempre se alojaba en el Waldorf Astoria.

Si repasamos la lista de matriculaciones de automóviles malagueños en las primeras décadas del siglo XX, descubriremos una llamativa cantidad de vehículos matriculados a nombre de Cristóbal Benítez. La razón podría ser que para importarlos debían cumplir este requisito y, una vez vendidos, pasaban a registrarse a nombre de sus nuevos dueños.

Tuvo su tienda en la calle Larios 9 y los talleres en Cristo de la Epidemia. También fue propietario del Gran Garaje Internacional, en el barrio del Perchel, con capacidad para cuatrocientos automóviles, cifra sorprendente, pues en 1930 apenas había matriculados en Málaga 3.500 vehículos.

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