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Hay historias que parecen estar esperando para ser contadas. Este es el caso de la primera casa de Málaga. Lo de primera no es una licencia literaria, sino que es completamente cierto: la casa ocupa el número 1 de la calle Sánchez Pastor, en la manzana 1 del polígono 1 del distrito 1 de Málaga, el distrito centro. Desde este edificio se empiezan a contar las demás casas malagueñas. Tiene su lógica. Si nos colocamos en la plaza más céntrica de nuestra ciudad, la de la Constitución, y miramos hacia calle Granada, esto es hacia el norte, la manzana a la que nos referimos ocuparía el lugar de las doce en un reloj imaginario.
El primer edificio de Málaga hace esquina entre las calles Santa María y Sánchez Pastor. Se levantó sobre el solar donde estuvo el convento de las carmelitas, fundado por el mismo San Juan de la Cruz en 1587. Cuando llegaron las desamortizaciones, el cenobio se desocupó en 1873 y el amplio solar de 1.723 metros cuadrados fue dividido en parcelas, excepto 347 metros que pasaron a la vía pública. Así nació la calle Sánchez Pastor, en su origen un callejón sin salida, que unió la de Santa María con la de Granada. Las parcelas 1 y 2 tenían una superficie de algo más de 500 metros cuadrados. Las compró en pública subasta, a finales de 1876, Pedro Alonso García. Estas parcelas correspondían al lugar donde estaba la iglesia del convento, con acceso por Santa María. Como me explica Víctor Heredia en uno de nuestros paseos por las calles del Centro (en realidad clases magistrales), la capilla estaba de esta manera ubicada para facilitar la entrada de los feligreses y para alejar el claustro del convento del bullicio de la calle, favoreciendo así la vida contemplativa de las monjas.
Hablemos del promotor de la primera casa malagueña y de su meritorio ascenso social y económico. Se llamaba Pedro Alonso García y había nacido en 1830 en Laguna de Cameros, el mismo pueblo riojano del que eran oriundos los Larios. Siendo un adolescente, llegó a Málaga y empezó a trabajar como aprendiz en uno de los muchos comercios textiles establecidos en la calle Nueva, la mayoría regentados por otros cameranos. Dormía detrás de los mostradores y trabajaba de lunes a domingo. Después de más de diez años de esfuerzo y ahorro, en 1860, se asoció con sus primos Juan y José Agustín Gómez García, quienes más tarde se conocerían sucesivamente como Gómez Hermanos, Gómez Mercado y Gómez Raggio. Pedro Alonso García fue el primer camerano en llegar a ser alcalde de Málaga. Lo fue en dos ocasiones: 1872 y 1874. Al igual que otros paisanos suyos (no tan conocidos como los Larios, los Heredia o Félix Sáenz), nuestro protagonista llegó sin nada y lo alcanzó todo.
Pedro Alonso compró las parcelas para labrar un edificio en el que establecer su casa y su negocio. Se trataba de un moderno bazar industrial en el que vendía, ya separado comercialmente de sus dos primos, un poco de todo: muebles, bronces, cristalerías, vajillas, cajas de caudales, lavabos, escribanías, relojes, tarjeteros, trofeos, cuadros, aparatos de gas, colchones de lana fina, etc. El arquitecto encargado de levantar la casa se llamaba Eduardo Strachan Viana-Cárdenas y tenía tan solo veinte años cuando hizo los planos del edificio de Sánchez Pastor. Suponemos que sería su primer proyecto importante. Se cuenta que los Larios quedaron tan sorprendidos con la moderna vivienda que le encargaron a Strachan la realización de las casas de su nueva calle. No debe sorprendernos tal posibilidad pues, recordemos, los Larios y Pedro Alonso procedían del mismo pueblo. Y el único edificio que los Larios vendieron de su calle fue para los Gómez Hermanos, quienes también nacieron en Laguna de Cameros. El bloque completo, el correspondiente al número 10 de la calle Marqués de Larios, se vendió en 1920 por un 1.100.000 pesetas, unos cuatro millones y medio de euros al cambio de 2022. Todos estos lazos familiares y fraternos entre coterráneos se los ha tragado el sumidero de la Historia y hoy solo los podemos atisbar.
Pasemos de nuevo a tratar de la casa de la calle Sánchez Pastor, la primera de Málaga. Ocupa una parcela de unos 515 m2. Se construyó en los años 1877 y 1878. El bazar industrial, levantado sobre lo que fue la iglesia del antiguo convento carmelita, se inauguró en 1879. Hoy está dividido en dos locales, uno de ellos regentado por la firma malagueña Mayoral. El edificio tiene tres plantas (la cuarta, destinada al servicio, se construyó en 1890) y en cada una de ellas se abren a la calle quince vanos: doce balcones y tres cierros. Los balcones presentan gruesos barrotes de hierro fabricados en la fundición sevillana San Antonio, de Pérez Hermanos. Allí llevan casi siglo y medio y están como el primer día. Están apoyados en artísticas ménsulas con motivos vegetales y de escamas, parecidas a las que existen en el número dos de la calle Larios, y enmarcados con columnas, capiteles y sobredinteles de temas vegetales. Entre los cierros destaca el curvo de la esquina, con grueso friso de jarrones y coronado por una crestería. Nuestra calle Larios se haría famosa precisamente por estas esquinas redondeadas y sus cierros achaflanados.
Sobre el dintel de piedra de acceso al edificio destacan labradas en mármol las iniciales del promotor de la casa, PA, entre motivos vegetales. Era una manera de perpetuar su memoria, tal y como Pedro Alonso habría conocido de pequeño en las casas de su pueblo natal, Laguna de Cameros.
Las viviendas malagueñas del siglo XIX no destacan por sus amplios portales. Miren si no los de calle Larios, en los que apenas cabe hoy el ascensor. Lo más singular del portal de la casa de la calle Sánchez Pastor 1 es su decoración escultórica. Se trata de dos estatuas de hierro, de inspiración clásica, que representan a dos jóvenes de distinto sexo sujetando sendas lámparas. Están apoyadas sobre alto pedestal también de hierro. Con estas esculturas se pretendía individualizar el portal al mismo tiempo que conferirle cierto empaque. Este tipo de decoración estatuaria también se puede admirar en el antiguo Hotel Roma, hoy Edificio Edipsa, en Puerta del Mar.
Cuenta Luis Jiménez (del que luego les hablaré) que los extranjeros se quedan sorprendidos al contemplar las esculturas, el suelo de mármol, las lámparas de cristal y las puertas de madera con cristales esmerilados. Entonces, ¿qué cara pondrían si vieran lo que se esconde en la primera planta? Ya es hora de subir al principal, que es como se conocía el primer piso de las viviendas burguesas. Como en el siglo XIX las casas no disponían de ascensor, el lujo consistía en tener que subir el menor número posible de escalones.
La entrada principal de la vivienda de la primera planta está enmarcada en maderas nobles, quizá por influencia francesa. Pedro Alonso viajó en varias ocasiones a París para adquirir las últimas novedades y venderlas en su negocio. Es probable que quisiese copiar las puertas de las viviendas elegantes que allí vio.
La casa tenía dos espacios, uno público y otro privado, con acceso por puertas independientes, que se abrían a izquierda y derecha de la escalera. Todo ello ocupaba una superficie útil de casi quinientos metros cuadrados. Nosotros visitaremos el primero por ser más ostentoso y estar construido y pensado para sorprender a los huéspedes y visitantes. La vivienda giraba en torno a un gran distribuidor central de unos cuarenta metros cuadrados que tenía ocho puertas que daban acceso a las dependencias. Este distribuidor recibía luz cenital de un gran lucernario sobre el que se abría uno de los patios del edificio. A la manera de las antiguas casas romanas que giraban en torno a un atrio central, Eduardo Strachan ideó este distribuidor bien iluminado al que se abrían las distintas estancias de la casa. Las habitaciones más importantes eran el comedor, los dos salones y el despacho. Las otras puertas comunicaban con la entrada de la vivienda, la cocina y el otro ala de la casa, la privada, donde estaban los dormitorios y que nosotros no visitaremos por estar dispuestas con materiales menos vistosos.
Las habitaciones más grandes de la casa eran el salón y el comedor. El salón se utilizaba para reuniones, veladas o fiestas, con posibilidad de prolongarse en el gran distribuidor central. El otro salón era más pequeño y se destinaba a los familiares y amigos más íntimos, especialmente cuando los invitados eran menos, pues resultaba presuntuoso recibir a pocas personas en un salón grande. Este saloncito, con vistas a la torre de la catedral, disponía de una chimenea de mármol y es el que daba al cierro esquinero. Las contraventanas de madera de caoba quedaban embutidas en la pared, el máximo de la elegancia. Junto a esta sala estaba el despacho, desde el que Pedro Alonso atendería sus negocios. Todas estas habitaciones son exteriores y están orientadas al sureste, por lo que son las más alegres y luminosas del edificio.
La otra gran dependencia era el amplio comedor, diseñado para agasajar a los invitados y bien iluminado gracias la luz que le proporcionaban sus tres balcones. Sus pinturas, de las que luego hablaremos, pretendían prestarle un ambiente cálido y acogedor. En el comedor estaba la otra chimenea de la vivienda, también de mármol, cuyo tiro coincidía con el de la cocina, que por razones obvias estaba ubicada junto a esta estancia. Era pequeña y funcional, sin ningún tratamiento decorativo. Conserva la pila de mármol sobre una estructura de hierro. Se entraba atravesando el office o antecocina, que se utilizaba para preparar los platos y guardar los utensilios. Aquí es donde comía el servicio. Junto a la cocina estaba la leñera, la carbonera y un pequeño retrete.
Las casas del siglo XIX no tenían cuarto de baño, si entendemos como tal una habitación con retrete, lavabo, bañera y bidé. El aseo íntimo se realizaba en el dormitorio con jofainas y jarras. La bañera solía ser portátil y a veces se colocaba en la misma cocina donde se calentaba el agua, para evitar los penosos acarreos a otras habitaciones. El primer cuarto de baño del que tenemos constancia en Málaga lo disfrutó Tomás Heredia en su casa de la Alameda. Hubo que esperar hasta 1889 para que Eduardo Strachan, precisamente el arquitecto de esta casa, los instalara en las casas de la calle Larios.
Así lo afirma su actual inquilino, Luis Jiménez, director de la escuela de pensamiento que abre hoy sus puertas en este espectacular piso burgués del siglo XIX. Les contaré solo dos detalles que corroboran su afirmación: el anagrama de Pedro Alonso que se repite como motivo decorativo en las puertas de todas las ventanas y cierros; y unas placas imitando carey, cada una con un dibujo diferente, que adornan las dieciséis puertas que se abren al distribuidor principal. Por cierto, que todas estas conservan sus picaportes originales. Y solo hemos tratado de la mitad de la casa; la otra parte, simétrica a esta y de la misma extensión, estaba destinada a los dormitorios y otras dependencias íntimas, alejadas de las miradas de los curiosos. Su decoración ya no era tan lujosa.
Desgraciadamente, Pedro Alonso solo pudo disfrutarla dos años, porque falleció de manera repentina en esta casa el 19 de junio de 1881, a los cincuenta años, de un edema de glotis. El fallecimiento lo certificó el propio alcalde, Carlos Dávila Bertololi, que era médico de profesión. Por aquellos días, Pedro Alonso era teniente de alcalde del Ayuntamiento de Málaga y tan solo veintisiete horas antes había asistido a un pleno. Su sobrino y heredero, Juan Alonso Cossío (1855-1905), vivía aquí en 1901 con diecisiete moradores más: su esposa, Rosario Jiménez Jiménez; sus cinco hijos, una tía soltera de su mujer, tres empleados de la tienda y siete criados.
Más adelante, en los años veinte del siglo pasado, la vivienda se dividió en dos partes y el ala noble se alquiló al doctor Luna. Este médico y su hijo montaron en este piso su consulta. Estuvo abierta hasta los años setenta del siglo pasado. Desde entonces el piso se usó como almacén del comercio que hubo en el portal, Modas Gacela. Esta es la explicación de la que casa haya conservado su distribución original y sus pinturas: realmente solo se usó como vivienda hasta hace cien años. Como si fuera una cápsula del tiempo, nadie tocó sus pinturas ni derribó tabiques. Ni tan siquiera se construyó un cuarto de baño.
Si el lector ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí comprobará que el verdadero tesoro que esconde la casa son sus pinturas originales. No tenemos constancia de que se conserven en otra casa burguesa malagueña tal cantidad de pinturas murales del último cuarto del siglo XIX, salvo otra vivienda de la calle Madre de Dios, localizada recientemente por Víctor Heredia, que acaba de ser adquirida por un fondo de inversión judío. Hoy solo las podemos admirar en dos establecimientos comerciales que en su día fueron la juguetería el 0,95 y la confitería La Española. También las hubo en otros comercios como la farmacia Mata y la librería Denis. Tenían como principal misión crear en el establecimiento un ámbito lujoso, acogedor y familiar, según la moda vienesa.
En el año 2011 Luis Jiménez decidió alquilar esta casa para establecer aquí su Escuela Andalusí. Lo que le atrajo fue la singularidad de esta casa que parecía haber sobrevivido inalterable a la mudanza de los tiempos y a la especulación urbanística. Lo primero que hizo fue contratar a una legión de operarios para acometer la restauración de la vivienda que presentaba el estado que pueden suponer después de décadas utilizándose como almacén. Lo más destacado fue el arreglo de toda las puertas de madera, tanto las de las habitaciones como las de los cierros y balcones. Trabajo fino de carpintería para el que recurrió a ebanistas de los que ya apenas quedan. Y las pinturas.
De esta labor se encargó el restaurador e interiorista Miguel Díaz, quien viajó desde Granada para acometer esta empresa. Las pinturas se conservaban en tres dependencias: el gran distribuidor, el despacho y el comedor. Miguel se encontró la casa envuelta en un caos de trabajadores y polvo que dificultaba su labor minuciosa y delicada. Su principal objetivo fue el de conservación, siendo respetuoso con las pinturas y rescatando de manera fiel lo que quedaba en las paredes.
A finales del siglo XIX estas pinturas se compraban por catálogo, como más tarde ocurriría con los suelos hidráulicos. El dueño de cada casa quería tener una decoración mural única y diferente. Para ello elegía la composición deseada que un artesano estampaba en las paredes y techos con la ayuda de unas plantillas. Como se basaban en la repetición de motivos, la labor de restauración consistía en recuperar los dibujos originales copiándolos allí donde se habían perdido, una vez limpiada la pared de restos de polvo, hollín o humedad.
Sin duda, las pinturas de mayor calidad artística son las del comedor, en las que sorprenden los primorosos detalles de los bodegones que no pudo ejecutar un pintor cualquiera. La intervención más significativa fue la del distribuidor por su magnitud y cantidad de frescos que hubo que recuperar: ocupaban desde el suelo hasta los cuatro metros del techo. Pero las que más sorprenden al visitante son las del techo del despacho. Son las únicas que se pueden admirar desde la calle y su motivos geométricos tienen un colorido y una fuerza que atraen de manera irresistible.
Sin duda, la primera casa de Málaga ha tenido la gran suerte de caer en las manos de Luis Jiménez. Quizá sea cosa del destino. En realidad no sabemos si él buscó este piso o si fue esta casa quien le encontró a él. Nosotros no podemos dejar de admirar su tesón. Gracias a su paciencia y empeño esta vivienda burguesa malagueña sigue conservando gran parte de su belleza original.
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