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En Málaga existieron algunos oficios que ya son historia. Nos centraremos en esta breve evocación en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado y ... tomaremos como referencia la calle Sánchez Pastor, por ubicarse en esta vía la casa de mi familia, de donde proceden las nostálgicas referencias de estos trabajos olvidados. Algunos eran ambulantes y otros contaban con local propio. Entre los primeros existían oficios como el de la lechera. Esta entraba todos los días a la ciudad con su carro, que contenía varias cántaras de leche. A los portales de las casas bajaban las criadas y las amas de casa con sus cacerolas para comprarla. La leche llegaba directamente de la teta de la vaca. Luego, se hervía en la cocina y con la nata se elaboraba mantequilla.
A las casas también solían acudir las costureras un día a la semana, aunque esto dependía del trabajo que hubiera. Se llamaban costureras de repaso y no se dedicaban a confeccionar vestidos, sino que remendaban la ropa, hacían dobladillos o adecentaban sábanas a cambio muchas veces de un estipendio mínimo. También pasaba periódicamente por las casas el latero, que arreglaba las cacerolas y ollas al momento, o el paragüero, oficio que se nos antoja hoy peregrino donde los haya.
Otros trabajos ya desaparecidos los encontrábamos en las calles. El sereno acudía presto a abrir el portal de las casas al toque de unas palmadas. El que cubría las calles Santa María y Sánchez Pastor solía tener como lugar de encuentro la puerta lateral del Café Central. Los serenos formaban la guardia de noche en las ciudades, iban uniformados y llevaban siempre encima las grandes y aparatosas llaves de los portales decimonónicos. Cobraban un escaso jornal y vivían de las propinas de los vecinos.
Los limpiabotas eran profesionales callejeros a los que se recurría para lustrar los zapatos fuera de casa. Formaban parte del bullicio de las ciudades. Se solían situar en las puertas del Central o del Círculo Mercantil. Algunos tenían local fijo, como el que había en el pasaje de Chinitas, frente a la Campana. Con su babero azul y su caja -bien provista de cepillos y betún-, daban brillo con un trapo a los zapatos dejándolos como nuevos, mientras el cliente leía cómodamente sentado el periódico. Para ser un buen limpiabotas, además de la pericia en el oficio, se necesitaba ser educado, simpático y de trato agradable. De esta manera el parroquiano podía dejar generosas propinas.
Otros oficios no eran ambulantes y disponían de una ubicación fija. Mi tío Jorge Alonso me ha referido algunos que recuerda de su infancia y juventud, como el de la remendadora de medias. En un portal a la entrada de la calle Santa María, a la luz de una lamparita, eliminaba como por arte de magia las carreras de las medias. En esta misma calle nos podíamos encontrar a Eugenio, conocido como «Zapatones», que se dedicaba a la venta y alquiler de libros de aventuras y de tebeos usados. De unos cordeles colgaba, en la puerta de su mínimo negocio, los cuadernillos de llamativos colores, que alquilaba a los chaveas a un precio módico. Eugenio era un hombre bueno, pero su carácter se había agriado con el paso de los años, quizá por el trato asiduo con tanta chiquillería.
Estos oficios (zapatero, pendolista, costurera, planchadora, lechera, limpiabotas…) tenían sentido en un mundo en el que no se entendía el despilfarro y el consumismo aún no había llegado. Eran tiempos de carestía. No se tiraba nada: ropa, zapatos, medias, cuchillos, paraguas ni cacerolas. Yo recuerdo de chico devolver los envases de las botellas de vidrio –los cascos los llamábamos–, para ser reutilizados.
Quizá el único trabajo de estas características que ha pervivido hasta nuestros días sea el del afilador. Entonces con su carrito y hoy con una moto, anunciaba su llegada con la melodía característica de su armónica. Afilaban cuchillos y tijeras, aunque hoy preferimos desecharlas y adquirir otras nuevas de bajo coste. Existió hasta hace muy poco un famoso taller de afilados en el pasaje de Chinitas, el de Manuel Ocón.
No hemos tratado intencionadamente del que fue quizá el oficio más característico de Málaga: el cenachero. Con sus cenachos o capazos, que llevaba colgados por encima de los codos, despachaba de esta guisa pescado por las calles. Ni del biznaguero. Todavía hoy, en las calurosas tardes de verano, vemos algunos vendiendo aromáticas biznagas por la calle Larios, vestido a la manera tradicional malagueña.
En la misma calle Santa María, tan concurrida y con tanto trasiego de personas, también se establecieron por aquellos años un zapatero remendón y, junto al Obispado, una planchadora que planchaba camisas para caballeros y almidonaba los cuellos. En el pasaje de Chinitas, en el tramo más cercano a la calle Fresca, existió una carbonería. Entonces se cocinaba todavía con carbón y los braseros funcionaban con cisco, carbón mineral desmenuzado. Lo más duro de su trabajo era cargar los pesados sacos de carbón y subirlos a las casas. Entonces la mayoría de los edificios carecían de ascensor y, en los que lo tenían, los porteros no les dejaban utilizarlo porque lo dejaban todo manchado.
Uno de los oficios más curiosos que yo alcancé a conocer fue el de pendolista. Esta era una persona que se dedicaba a escribir cartas y otros documentos por encargo, sobretodo de personas analfabetas o poco ilustradas provenientes de los pueblos para hacer sus gestiones a la capital. Tenía su oficina en la calle Granada, en un pequeño local frente al Pimpi, y allí lo vimos trabajar hasta no hace (relativamente) muchos años.
Cuando llegaban la navidades o las pascuas, algunos de los que ejercían los oficios a los que nos hemos referido tenían la costumbre de pedir en las casas el aguinaldo, esto es, una propina extra con la excusa de felicitar las fiestas. Entregaban una tarjeta a cambio de la voluntad, que podían ser diez, veinte y hasta cien pesetas.
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