Retrato de Alejandro Sawa. Wikipedia
A la sombra de la historia

Alejandro Sawa, príncipe malagueño de los bohemios españoles

Nació en Málaga. En realidad vino al mundo en Sevilla, en 1862. El propio Sawa escribió: «He nacido en Sevilla y me he criado en Málaga». Algo parecido dijo Aleixandre quien, como Sawa, siempre se consideró malagueño. Ya saben, uno es de donde estudia el bachillerato

Sábado, 3 de agosto 2024, 00:45

Todos los años les hablo a mis alumnos de segundo de bachillerato, cuando leemos El árbol de la ciencia (lectura obligatoria para la prueba de ... Selectividad), de Alejandro Sawa pues aparece un par de veces en la novela. Dice Andrés Trapiello que Sawa «era el gran bohemio español, el primero, el hombre al que los bohemios españoles tendrían que levantar una estatua en algún jardín público para edificación de los niños y niñeras».

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Según la benemérita enciclopedia Espasa, Alejandro Sawa nació en Málaga. En realidad vino al mundo en Sevilla, en 1862. El propio Sawa escribió: «He nacido en Sevilla y me he criado en Málaga». Algo parecido dijo Aleixandre quien, como Sawa, siempre se consideró malagueño. Ya saben, uno es de donde estudia el bachillerato. Nuestro protagonista era hijo de un comerciante de origen griego, importador de vinos. Conocemos muy poco de los primeros años de Alejandro Sawa. Ni siquiera sabemos cuando se trasladó a Málaga con su familia.

En nuestra ciudad parece que vivió en la plaza de la Merced. Estudió en el colegio del Seminario y publicó en 1878 su primer libro: unos apuntes biográficos sobre Pío IX, que dedicó al obispo. Años más tarde arremetería contra los internados religiosos en su novela Criadero de curas. Su mejor libro sea quizá Iluminaciones en la sombra, publicado póstumo, que es una especie de diario íntimo o miscelánea, en el que cabe de todo. De él copiamos estos recuerdos de la ciudad en la que se crió y de la que guardó tan buen recuerdo:

De 1873 yo no guardo sino dos recuerdos en firme: el del saqueo en Málaga, por las turbas, del cuartel de la Merced y el de mi gran colección de cajas de cerillas, en que toda la vasta iconografía revolucionaria de por entonces dejó sus rasgos fisionómicos para la posteridad.

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Plaza de la Merced. Archivo Temboury

En 1877 lo encontramos en Granada estudiando Derecho y, poco después, en la década de los años ochenta, ya vivía en Madrid. De la capital de España tuvo que huir a París perseguido por un delito de imprenta que seguramente le habría llevado a la cárcel. En la ciudad de la luz es fama que fue amigo de Verlaine y que Victor Hugo le dio un beso en la frente y le auguró: «Que la felicidad deshoje sobre tu cabeza las hojas fragantes del amor y del éxito». Este ósculo consagratorio lo marcaría toda su vida y Sawa no paraba de contar esta anécdota a quien quisiera escucharle. Estuvo un buen tiempo sin lavarse la frente, aunque su hermano Miguel se la limpiaba cuando dormía con una esponja húmeda.

En París trabajó de negro de Rubén Darío, ya que le escribió algunos de sus artículos periodísticos. Fue uno de los pocos que lo llegaron a tutear. Juntos, el malagueño y el nicaraguense, se lo bebieron todo y se pasaban gran parte de la noche idiotizados por la absenta. En la capital francesa se casó con Juana Poirier y allí nació en 1892 su hija Elena, quien se acabaría casando con un poeta modernista. De sus diez años en París le quedó el mito y una peculiar forma de hablar con las erres gangosas, a la francesa.

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Vuelto a Madrid, comenzaría la etapa más conocida del glorioso emperador de la bohemia. De Sawa se contaban cosas fabulosas, como que no sabía comer por falta de práctica o que no podía levantarse porque tenía sus únicos pantalones remendándolos en un taller de costura. Vivía, en sus últimos años, en el callejón de las Negras, en un corredor con habitaciones numeradas. Cuando Rafael Cansinos acudió a visitarlo, tras abrir su mujer la puerta con cuidado –no vaya a ser que fuese un acreedor–, le recibió en calzoncillos, cubierto con una sábana. Le ladró su perro, lo que fue buena señal, pues León solo ladraba a las personas de talento.

¿Para qué nos sirve el dinero?, le dijo Sawa a Cansinos. A los tontos no les sirve de nada, porque con él no pueden comprar el talento.

Según los que le conocieron, Alejandro Sawa destacaba por su barba, su abundante cabellera, sus brillantes ojos negros y su pipa. Siempre le acompañaba su perro y llevaba un cayado colgando de su antebrazo izquierdo. Era la personificación del bohemio.

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Cuando murió en 1909, toda la bohemia de Madrid pasó por su velatorio, incluyendo a Baroja y Valle-Inclán. La casa de Sawa colindaba con el palacio y los jardines del duque de Alba. Había muerto ciego, loco y arruinado, tras envejecer diez o doce años de una manera asombrosa. Afirmó Andrés Trapiello que «si bien sus libros se han perdido en el naufragio irremediable de la vida, su nombre queda en pie».

Sawa, personaje en la obra de Baroja y Valle-Inclán

¡Qué impresión tuvo que dejar Alejandro Sawa en Baroja o Valle para que lo recrearan en sus obras más importantes! Es difícil saber cuál hubiera sido su destino dentro de la literatura sin su aparición en El árbol de la ciencia y su protagonismo en Luces de Bohemia. Baroja esconde a Sawa tras el nombre de Rafael Villasús. En un capítulo, el protagonista de la novela, Andrés Hurtado, y unos amigos visitan la casa de Villasús-Sawa, quien vivía en la más absoluta pobreza. Estos querían hacer la gracia de ensuciarse (es decir, cagarse) en un puchero, lo que Hurtado, trasunto de Baroja, evitó muy enfadado. Es probable que la anécdota sea real. A la muerte de Villasús le dedica un capítulo entero. Sus amigos bohemios pensaban que no se había muerto y que, en realidad, estaba cataléptico. Le habían quemado las puntas de los pies con cerillas, a ver si despertaba, mientras el mozo de la funeraria asistía asombrado al espectáculo. Por otro lado, Valle inmortalizó a Sawa como protagonista de Luces de bohemia, libro con el que inicia la técnica del esperpento. Convertido en Max Estrella, simboliza la quijotesca búsqueda del ideal que Sawa siempre representó en su corta pero azarosa vida.

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