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JOSÉ JIMÉNEZ
Jueves, 9 de febrero 2017, 01:00
Francisco Bejarano reseñó en su obra 'Las calles de Málaga', que en el primer libro de los Repartimientos de Málaga se mencionaba la existencia de una calle nombrada de Labradores. Afirmaba que «nacía en la calle Real o de Granada, a mano derecha, según se iba hacia la Plaza, y que se prolongaba hasta llegar a las murallas». Asimismo, señalaba que «el primer trozo de esta calle (.) puede identificarse con bastantes probabilidades de acierto, con la actual de Santa Lucía que, continuando por la que habría de llamarse de Andrés Pérez, venía a salir, efectivamente, al muro, o mejor, al paseo de ronda que las murallas circundaban».
La adjudicación del nombre de la santa de Siracusa a la vía que enlaza la actual calle de Granada con la plaza de los Mártires Ciriaco y Paula se debió a la existencia en ese lugar de una capilla que fue alzada por el gremio de zapateros de obra prima bajo la advocación de su patrona. Previamente, la institución gremial había fundado su hermandad con el título de 'Santa Lucía, San Crispín, San Crispiniano y San Aviano'. Si bien sus constituciones se firmaron el 20 de enero del año 1514, la licencia por la que se autorizaba la edificación de la ermita fue otorgada en abril de 1515. Ambos documentos fueron signados por quien entonces desempeñaba el cargo de obispo de Málaga, el prelado Diego Ramírez de Villaescusa. De ello, junto con la localización de esta singular pieza documental, di noticia hace ya algunos años.
El lugar elegido para construir la capilla quedaba situado a la espalda de la plaza Mayor o de las Cuatro Calles, hoy de la Constitución, en la zona de enlace de la calle Real, actual de Granada (lugar en el que se ubicaron los zapateros tras las disposiciones firmadas a principios del siglo XVI) con la plaza donde se alza la iglesia de los Santos Mártires Ciriaco y Paula. Se hallaría cerca de la esquina que en la actualidad conforma el pasaje de Heredia. En la ermita se daba culto a una imagen de Santa Lucía, así como también a otra de San José.
Según señaló el historiador Narciso Díaz de Escovar, la construcción de la capilla finalizó en 1517. Asimismo, el canónigo Medina Conde señaló que, tras ser edificado, el oratorio sufrió una ampliación y que «se ha ensanchado y puesto en el pie que se ve con mucha utilidad de los fieles». Según se refleja en las actas capitulares de 1563, también se construyó, junto a él, una casa gremial y un hospital.
El edificio tuvo varios usos. En este sentido, Díaz de Escovar reveló que cuando el Ayuntamiento trató de facilitar a los religiosos de la Compañía de Jesús un local adecuado donde instalar las clases de Gramática para la enseñanza de los niños, dada la estrechez de la Casa de San Sebastián en que residían, se les ofreció el uso de la iglesia de Santa Lucía para que en ella ubicasen provisionalmente las aulas.
No se conoce cómo era la estructura de la capilla. Aguilar García reseñó que poseía una portada, de gran sencillez, realizada con ladrillos.
Según reflejó Juan Serrano de Vargas y Ureña en su obra 'Anacardina espiritual', en la iglesia de Santa Lucía se realizaron enterramientos durante la epidemia de peste que en 1649 asoló Málaga. Según concretó, se sepultaron más de ochocientos cadáveres.
Santa Caridad
Díaz de Escovar desveló que cuando los religiosos de la Orden de San Juan de Dios se encargaron de la dirección del hospital general, la Hermandad de la Caridad fue establecida en la capilla de Santa Lucía hasta tanto que se acabó «el edificio para hospital que se levantaba en el solar de las Mancebías, no lejos del Arco de San Francisco».
Con la llegada del siglo XVIII se produjo un hecho trascendental para el devenir de la ermita: de capilla gremial pasó a ser capilla cofrade.
Entre el gremio de zapateros y el Obispado se originó un litigio acerca de la propiedad del edificio. Desde la instancia religiosa se alegó, para entablar el pleito, que no se prestaba la atención necesaria a la ermita y que, como afirmó el padre Llordén, no se mantenía «con aseo y asistencia de los más dignos ministros».
El prelado dio orden al fiscal general para que desde el tribunal eclesiástico de justicia se solicitase al gremio de zapateros que «exhibiese las licencias que tuvo para la introducción y uso de hacer sus fiestas y cabildos en la ermita de la gloriosa Santa Lucía». Los representantes del gremio cumplieron con lo solicitado. Sin embargo, a juicio de la Iglesia, con ello solo pretendían que la capilla fuese considerada como de su propiedad. Al mismo tiempo, consideraba que el gremio sólo tenía permiso para hacer uso de la ermita y que en ningún caso ello presuponía la propiedad legal sobre el edificio. Como se recoge en la documentación correspondiente, «hubo larga litis pendencia y en ella sentencia definitiva en que declaró nuestro Provisor era de nuestra dignidad y que el gremio tan solamente había sido tolerado, en cuya consecuencia podíamos hacer enajenación de le ermita, como nos pareciese». En suma, el Obispado declaró que la propiedad de la capilla pertenecía a la Iglesia, y no al gremio.
Una vez resulta esta circunstancia, el prelado de la diócesis, fray Francisco de San José, autorizó el traslado a la ermita a una corporación pasionista: la Hermandad y Cofradía de Jesús Nazareno. Fue el 11 de abril de 1710.
Las causas por las que el Obispado adoptó esta decisión no están definidas. No obstante, una de las circunstancias que, según se deduce del texto notarial, había conllevado el cambio realizado era el del mantenimiento del edificio, su aseo y la cuestión devocional.
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