
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Hace 193 años que el general Torrijos y sus soldados, que ansiaban darle una vuelta a la historia del país haciendo frente al absolutismo monárquico, pasaron por allí. Pero no tuvieron mucho tiempo para contemplar la belleza de esta costa, algo abrupta. Con el encanto, pero también la hostilidad que da tanta roca incrustada entre los arenales.
A aquel militar liberal se la jugaron justo allí, en lo que hoy es la costa mijeña. En lugar de ser recibido con abrazos y escoltado hasta la fortaleza rinconera de Bezmiliana, que era el plan, fue recibido a cañonazos a la altura de donde tres décadas más tarde se levantaría el Faro de Calaburras.
El general, evidenciada la traición, tuvo que improvisar una salida a través de la playa del Charcón, una de las calas donde las piedras forman parte de un bonito paisaje costero, pero son un incordio para los bañistas.
No tuvo ni un minuto para fijarse que aquello que tuvieron que pisotear apresuradamente era un rico ecosistema. Seguramente el nombre de esta playa guarde relación con ese fenómeno costero bautizado como charcas intermareales, que se extienden desde allí hasta Calahonda, justo en la frontera municipal con Marbella.
Hoy esos cachitos de costa son un reclamo para pasear por la Senda Litoral de Mijas, aunque parte de ella se ha visto cercenada por un temporal que ha dejado desnuda de arena parte de la pasarela. Este municipio turístico de la Costa del Sol no sólo debe ser recordado por haber sido donde Torrijos y su casi medio centenar de soldados comenzaron su particular calvario sino también por haber sido el primero de la provincia en haber puesto empeño en proponer un recorrido que permite disfrutar de grandes hitos costeros.
Por sus pasarelas de madera, elevadas para sortear algunas zonas rocosas, hay que detenerse frente a un cartel que menciona y describe a las charcas intermareales. Allí donde los ojos sólo ven algunas rocas que sobresalen de forma abrupta, hay un mundo marino donde conviven cangrejos, erizos, mejillones, lapas, blenios o incluso pulpos.
Lógicamente no están a merced de los bañistas. Tampoco es que resulte fácil meterse entre tanta roca, pero lógicamente está prohibido tomarse aquello como la sección de pescadería de supermercado.
Buena parte de esa fauna terminará más bien en los buches de las gaviotas. Desde arriba no le quitan ojo para darse su propio festín. Su particular sacrificio para no romper la cadena trófica.
Por allí vuelan muchos tipos de gaviotas y otras aves marinas que no siempre se alimentan de los manjares que hay bajo el agua. La basura, incluido trozos generosos de plástico, se han incorporado lamentablemente en los últimos años a su particular dieta. Qué más quisieran tener la del Paleolítico, que tanto se promulga entre los humanos en los últimos años.
Las charcas intermareales también son como un pequeño huerto, donde tampoco se puede cosechar. Allí también viven los tomates de mar, que, pese a su denominación, no sirve para hacer gazpacho. De hecho, ni siquiera es un vegetal. Se trata de una anémona, un discreto animal que sólo se mueve para capturar con sus tentáculos a peces, moluscos y otros seres pequeños que se mueven por estas charcas marinas. Se rige por la ley del mínimo esfuerzo.
Todo ese mundo acuático se intuye gracias a los carteles, pero apenas se ve. Sólo los más pacientes se quedan cerca de allí para ver en acción alguna gaviota dispuesta a saciar su hambre. En realidad, las charcas intermareales son sólo una excusa más para hacer este paseo litoral donde más que arena y baldosas se pisa mucha madera.
Gracias a esas pasarelas y al propio paseo marítimo de La Cala de Mijas, allí hay una mina inagotable de acumular pasos en el móvil, donde hay quien dice que gana dinero con eso gracias a algunas aplicaciones. Otros simplemente buscan sumar calorías para después esquivar algún remordimiento por haber hecho una parada en un chiringuito. Oincluso, haber buscado en la segunda línea de playa para encontrar uno de los saciantes bocadillos de lomo del restaurante La Butibamba.
Pero, esta franja costera es mucho más que gastronomía, incómodas rocas y ricos ecosistemas marinos. Allí, también se puede visitar el Torreón. Es una gran atalaya incrustada en una plazoleta junto al mar. En su interior, que es visitable, pero sólo a determinadas horas, se puede saber mucho del pasado de esta costa, incluido el aciago episodio de Torrijos.
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