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Para escribir hay que tener algo que decir y resistir a la decepción. Se me ocurre mientras reflexiono, en este día en que despedimos a Manuel Alcántara, sobre el hecho, insólito si bien se mira, de dar a la imprenta que se decía antes un texto que aporte algo al lector. Estoy a algunos cientos de kilómetros del duelo, es jornada de vacaciones en medio hemisferio, podría no hacerlo, nada me obliga, pero se me impone un cierto élan, un instinto básico que llamaría periodístico si esa palabra no me impusiera tanto, para pensar en por qué. Por qué escribir. Por qué escribir artículos.
Alcántara lo hizo cada día con un ímpetu indesmayable. Escribió tanto y tan bien que hay citas para todo, y siempre son brillantes, apabullantes, sorprendentes. Es milagroso que deje discípulos. Después de leerle se abre un abismo entre la pretensión de cualquier plumilla y el listón de la maestría que llega a ser disuasorio.
Por eso, después de repasar tan magníficas piezas como se han publicado para recordar al poeta y periodista fallecido queda una cierta desolación y muchas dudas.
Escribir supone dar salida a una tensión interior que se relaciona con una exterior y requiere un estado de ánimo como de preñada, algo que pugna por salir de dentro. Una emoción que se transforma en letras, en palabras que parten hacia un universo ignoto. ¿Hay alguien ahí?
La cuestión es cómo hilar un texto periodístico entre tanto hastío, tanto despropósito, tantos mensajes agrios, falsos, insidiosos, perturbadores como los que pueblan la conversación pública hoy, y más en estos días de campaña electoral. Aunque el 42% de los españoles se declaran indecisos, ¿cuántos están dispuestos a escuchar las razones del otro? La última polémica sobre el debate, o los debates, se compadece mal con la sociedad sectaria en la que estamos. En la escala autonómica, por ejemplo, quienes ayer denostaban los datos de la accion de gobierno de los otros hoy los elogian con entusiasmo. Los mismos números, unos meses después. Administraciones que bloqueaban proyectos de otras rivales ahora los impulsan por cambiar de color, y viceversa.
Quizá, por seguir a Kapuzinsky, también para ser articulista haya que ser buena persona, o al menos alguien con la cualidad de mantener el ánimo y resistir la tentación de tirar la toalla, con la capacidad, que Alcántara demostró, de no tomarse nada demasiado en serio ni dejar que le amargaran la vida.
Gracias, en fin, por tanto.
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