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Aún no se ha cerrado la campaña electoral del 'superdomingo' y ya Ferraz ha sacado las pistolas para apuntar a San Vicente, la sede del PSOE andaluz. Parece que al PSOE federal le puede la impaciencia por acabar con la baronesa Susana Díaz. Desde que Pedro Sánchez ganó la moción de censura y sobre todo desde que Díaz perdió la Junta se espera el ajuste de cuentas de Madrid para cuando cerraran las urnas. Los rifirrafes no han cesado, en especial visibles en la confección de las listas, con aquel «tomo nota» de la lideresa andaluza, y si alguien esperaba que el presidente socialista aparcara el asunto, ante la magnitud de los problemas que ha de abordar, en la legislatura más compleja que se recuerda, va a ser que no. El abrazo de los antiguos rivales en la capilla ardiente de Rubalcaba no ha sido más que un gesto fruto de la situación, parece, aunque en el PSOE andaluz se confiesan sorprendidos por las informaciones difundidas desde el 'sanchismo' en estos últimos días.
El aparato del PSOE-A está dolido y defiende que la ex presidenta andaluza, que podía haber tenido salida más fácil y cómoda, en la lista al Parlamento europeo o incluso al Senado, no ha querido moverse por el bien de su sigla, reducir riesgos ante las citas electorales, para hacer valer que ganó las autonómicas, aunque no haya logrado gobernar, y para evitar la disgregación del partido. Sus más acérrimos creen que «si Pedro Sánchez fuera listo la haría ministra», aunque también admiten que cada vez más gente proclama que «yo nunca he sido susanista». Debe ser muy duro para la otrora estrella rutilante del PSOE nacional verse ahora tan fuera de foco. Su agenda apenas concita interés mediático.
La primera batalla se anuncia para el control de las diputaciones. Sánchez sabe bien que son un foco formidable de poder y no lo va a dejar en manos de la rival, cuando además ha tenido que sufrir desplantes de alguna de ellas. Pero aquí recuerdan la 'rebelión de los catetos', ocurrida en 1983, cuando alcaldes socialistas de la provincia de Granada se negaron a votar al candidato que había impuesto el entonces presidente Borbolla, y sacaron al suyo, dando lugar a un cisma de expulsiones, disolución de agrupaciones, etc. Aunque San Vicente espera negociaciones, ahí está el precedente.
Es lo que le faltaba al PSOE andaluz, desnortado aún en su papel de oposición tras 40 años de poder y cuando tanto trabajo tiene por hacer para controlar al Gobierno de PP-Cs, a quien en estos momentos de tensiones, por las dificultades para conciliar un discurso coherente respecto al apoyo de Vox y la propia lucha de las dos formaciones por la hegemonía de la derecha, la bronca socialista le haría un enorme favor.
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