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Somos seres de costumbres. De eterna alarma en el móvil a las 7:35 de L a V; desayuno clon cada amanecer y rituales de maniático antes de acostarnos. Un plagio de nosotros mismos cada 24 horas. Hechos de rutinas y hábitos propios, también nos acostumbramos a los ajenos. Y así gira todo. La costumbre nos da la seguridad de lo conocido, de lo certero, frente a lo súbito e imprevisible. Hasta ahí, sólo podemos mofarnos de lo ridículo o estrafalario, poco más. Pero hay otras costumbres en las que no reparamos y que están ahí, amontonando hojas del calendario en el suelo. Nos hemos amoldado a ellas como al zapato que duele o a la balda rota del frigorífico. Auténticas jodiendas diarias con las que transigimos porque no queda otra o no nos apetece mover un dedo.
Nos hemos acostumbrado a que cruzar Málaga sea una odisea absurda. Con esa cicatriz monstruosa y llena de basura que llamamos río y que nos obliga a hacer 'eses' como borrachos al volante. A cruzar cuatro veces el Guadalmedina para ir al trabajo aunque sea una línea recta. Sí, yo también hago como que no ocurre.
Nos hemos acostumbrado a que cualquier obra o proyecto se resuelva a picotazos políticos. El futuro se dirime en el 'ring de la marmota' de titulares prefabricados, con giros de guion donde los únicos noqueados son los ciudadanos y la ciudad.
Nos hemos acostumbrado a carriles bici de guasa (señores, fíjense en Sevilla, que está cerquita); y a que nos sableen en los parking municipales.
Nos hemos acostumbrado a sobrecogernos ante la lluvia; a que los avisos de Meteorología sean las trompetas del Apocalipsis y antesala de desastres. A trombas previsibles pero daños ineludibles.
Nos hemos acostumbrado a que nos crujan a impuestos: directos, indirectos o retorcidos. A plusvalías injustas, tasas sacadas de la chistera, ADN perrunos; ocurrencias tributarias que luego tumban los tribunales e ingenios legales a golpe de multa.
Nos hemos acomodado a no hacer nada, ni ante aquello que sí está en nuestra mano.
Nos hemos encallecido frente a los crueles, a los faltones, a enmudecer frente al desalmado. A problemas, los mínimos. A tener miedo al extraño que te golpea el cristal del coche para preguntar la duda más nimia. A saber sus intenciones.
A no llamar la atención al incívico por si me parte la cara, o me la parte su padre, o me clava una navaja como le ocurrió a aquel.
A no conocer el nombre del vecino, ni de los papás del mejor amigo de tu hijo.
A decir te echo de menos, te quiero por emoticonos. A un lo siento, a dar un pésame por Whatsapp. Nos hemos habituado a la proximidad de lo virtual y la lejanía de lo carnal.
Nos hemos aclimatado a vivir calentitos en nuestro líquido amniótico, mientras avanzamos como el mito de los 'lemmings' hacia el precipicio.
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