Es una urgencia democrática preservar espacios de debate y pensamiento que no cedan a la tentación de las soluciones fáciles de «cortar por lo sano»
Amanda Romero, Eduardo Serrano, Ignacio Wilson y Kike España
LA INVISIBLE
Domingo, 15 de julio 2018, 00:43
Retomamos el debate abierto por Manuel Castillo y continuado por Alberto Montero sobre las amenazas a la libertad de expresión y la transgresión, con la censura como contraparte. Si el primero aludía como peligro a las antorchas virtuales de las redes sociales, y el segundo ponía el foco en leyes como la Ley Mordaza, a nosotros nos toca, atendiendo a una experiencia concreta a la que aludían ambos, situar el debate en el territorio.
En Málaga hace años que se vive un blanqueamiento cultural, que desde el invento de un Picasso con identidad malagueña y sin aristas ha repetido la fórmula en sucesivos productos, sistemáticamente descontextualizados respecto a sus condiciones de producción, evolución y, sobre todo, respecto al lugar donde aterrizan, de lo que es ejemplo y caricatura Obey en el llamado Soho.
En octubre del año pasado, como parte de la exposición colectiva 'La Guerra. Espacios-Tiempo del Conflicto', se colgaba de un balcón de La Invisible una bandera rojigualda en forma de horca. Un concejal de Ciudadanos prendió la primera antorcha tachando aquella obra de «provocación intolerable». La consecuencia inmediata no fue una estéril polémica más en Twitter; se blandió de inmediato el Código Penal convocando a la Policía Nacional para comprobar si efectivamente, como afirmaba el edil ofendido, procedía la detención del artista por un delito de ofensa o ultraje a los símbolos nacionales. No alcanzó la «provocación» para iniciar un procedimiento penal –que tanto sirve para restringir derechos y libertades como para disuadir de su ejercicio–, pero abrió la puerta a un ataque frontal por parte del gobierno municipal, que rápidamente ocultó los acuerdos alcanzados sobre la cesión del inmueble y decidió emprender el camino del desalojo.
De repente el debate ideológico sobre los símbolos se convierte en la oportunidad para una acción con efectos muy visibles en la vida de esta ciudad, apelando a la intervención de los aparatos del Estado y evidenciando que hay una guerra cultural con importantes repercusiones en la vida de la gente. Dos posturas opuestas aparecen en este conflicto, el mismo que atraviesa el escenario social y político de este país. Por una parte, una multiplicidad de formas de vida, cada vez más diversas, aspirando cada cual a su expresión –su cultura–, para las cuales la pluralidad no es una amenaza sino la condición de su existencia y desarrollo. Por otro lado, las fuerzas homogeneizadoras, que ya no proceden de un presunto intérprete de Dios, el Partido o el Pueblo, sino de la codificación de la ciudad para su privatización como mercancía consumible y generadora de enormes efectos económicos, lo que obliga a establecer quién se beneficiará de ello y quiénes tendrán derecho a decidirlo, es decir, una forma de gobierno.
La relativa novedad de esto es que ya no basta el mercado para lograr la eliminación de las diferencias: se hace excluyendo del espacio de representación política a la parte de la población que estorba, interviniendo directamente en las condiciones que hacen posible la vida social, lo cual incluye tanto las redes sociales digitales como la prensa, medios de masas y los espacios físicos donde las personas pueden encontrarse, hablar, colaborar. Y esto se intenta justificar en el caso de La Invisible reduciendo de manera simplista la complejidad de las cuestiones éticas y políticas justamente reflejadas en el interesante debate mencionado al principio. O peor aún, escudándose en razones técnicas y jurídicas de fácil resolución, hurtando el verdadero conflicto político.
Frente a esto, es una urgencia democrática preservar espacios de debate y pensamiento que no cedan a la tentación de las soluciones fáciles de «cortar por lo sano». Por ejemplo, favoreciendo el arte como provocación y ocasión para descubrir que todo cuanto nos rodea podría ser de otros modos. Por eso el arte se entromete en las cosas de la política, y no puede dejar de denunciar los intentos de que tal libertad, su libertad, quede cancelada. Ese es el sentido de La Invisible, un espacio tan incómodo para unos como acogedor para movimientos feministas, migrantes, precarios y expulsados de la ciudad neoliberal; para artistas que se resisten a la mercantilización de la vida; para instituciones culturales que experimentan más allá de sus muros; y, sobre todo, para una ciudadanía que insiste en querer pensar y pensarse, sentir y sentirse en común y sin censuras. Esto es lo que a día de hoy sigue siendo tan necesario como peligroso para quienes ven en riesgo sus privilegios, tan transgresor como censurable para los defensores de la ciudad exclusivamente como marca.
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