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Me reí mucho ayer leyendo que vecinos de un barrio de Madrid habían retirado lazos amarillos (icono indepe) colocados en árboles, que en realidad eran un tratamiento contra las orugas. Si no lo retuiteé seguro que le di a 'me gusta' (y ahora que escribo esto me doy cuenta de lo ridículo que suena). Después se supo que era falso, o sea, 'fake'. Los quitaron empleados municipales porque podían producir urticaria. Glup. Hasta ahora pensábamos que buscar buenos prescriptores era una garantía frente al engaño, pero es que este bulo lo siguieron marcas de prestigio y tuiteros con cátedra universitaria.
Todo se ha vuelto tan loco que lo que parece real es falso y lo que no te puedes creer resulta que ha sucedido. A la vez que me moría de vergüenza por haber caído en la red de los supuestos lazos amarillos contra las orugas, leía alucinada que Adolfo Suárez Illana, el flamante fichaje de Pablo Casado para su número dos de Madrid al Congreso, ni más ni menos, declaraba esto: «En Nueva York se permite el aborto después del nacimiento». Además, añadía que «los neandertales también lo usaban (el aborto), lo que pasa es que esperaban a que naciera y entonces le cortaban la cabeza». Ahí no hay 'fake' ni 'bots', que está grabado en Onda Cero. En realidad, conviene precisar respecto a la primera afirmación, lo aprobado es despenalizar el aborto hasta la semana 24 si el feto es inviable o corre peligro la vida de la madre.
O sea, que no solo el peligro es la intoxicación de las redes, también la realidad puede ser avasalladora. Pero es innegable que las tecnologías de la información, que nos iban a hacer libres, nos tienen aturdidos. El peligro de manipulación es mayor que antes. También resuenan con más eco los campanazos de los ineptos, las boutades. Muchos se las quieren creer aunque desafíen la más elemental lógica.
Es vital intentar consumir argumentos ciertos porque con ellos construiremos el criterio que regirá nuestras actuaciones. En estos tiempos de campaña perpetua es especialmente necesario discernir las flagrantes mentiras que sueltan nuestros políticos por sus bocas y las medias verdades o retorcimiento de la realidad que perpetran sin apuro alguno.
Como ciudadana echo de menos cada vez más el antiguo rito de un periódico del desayuno, la radio del almuerzo, el telediario de la cena, y en medio tiempo para pensar, leer, estudiar. Lo que aprendí antes de la irrupción de las redes sociales es lo que me sirve como mejor escudo protector frente a esta 'hybris' informativa en la que estamos. Como periodista, añoro el ritmo lento de la era pre-Internet y pese a mi frenesí tuitero sigo siendo militante del papel de la mañana. Vuelve a ser el top, dicen los estudios, y es comprensible. A fin de cuentas, los periódicos vienen haciendo 'fact-checking' de toda la vida.
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