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Nunca pensé que la distopía de los cuentos de las criadas llegaría a ser tan real como para tener que vivir en España durante más ... de un año con nuestras libertades individuales conculcadas. Quién nos iba a decir que los toques de queda, la restricción de viajes y movimientos, las reuniones tasadas y, ya como traca final, la patada en la puerta con la que el ministro juez Marlaska se ha cubierto de gloria, fueran posibles en un Estado de Derecho como el nuestro. Así ha sido, y los ciudadanos lo hemos aceptado, no de buena gana pero sí mayoritariamente, en una demostración de civismo ejemplar, porque hemos creído en nuestras instituciones, que nos han convencido de que era lo que había que hacer para salvar el máximo número posible de vidas. Por la misma razón que nos hemos envainado las mascarillas hasta en la playa, que ya es el colmo del sinsentido.
La experiencia ha demostrado que para no pocos ciudadanos, adultos infantiles y aborregados, y para los dirigentes de prácticamente todas las administraciones públicas, sin apenas distinción de colores aunque con ayusistas excepciones,vivir bajo el recorte permanente de derechos y libertades individuales era mucho más fácil y la coartada perfecta para no hacer lo difícil: gestionar la salud pública sin matar de hambre a grandes capas de la población, ni criminalizar a los sectores económicos que les dan mayoritariamente de comer.
Pero el cuento se acabó. El presidente del Gobierno se ha comprometido a que a partir del 9 de mayo se levantará el Estado de Alarma, que es el sostén legal de las normas que nos impiden movernos sin horarios, con quien queramos y por todo el territorio nacional. Por más que lo desee no me lo creo del todo: todavía falta un mes y que lo haya dicho Sánchez tampoco es ninguna garantía de nada. Ya verán cómo, para entonces, estaremos surfeando la enésima ola o se habrá anunciado la aparición de la cepa de Matalascañas...
Venga lo que venga, en estas cuatro semanas que restan para el día 9 nuestra única preocupación debe ser garantizar la vacunación de todos los mayores y de las personas más vulnerables. Y, en paralelo, depurar la maltrecha imagen exterior que tenemos por culpa de decisiones tan absurdas como la de obligar a llevar mascarilla en la playa. Lo que es incuestionable es que los ciudadanos tienen que recuperar ya su derecho a ganarse la vida dignamente y sin restricciones. El agua de mayo, la que riega los campos justo antes del verano y refresca el ambiente de la calina, tiene que ser esta primavera una tormenta de libertad.
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