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«Pues a mí me gusta ese», me dijo X mientras me maquillaba, a la vez que en el televisor se sucedían como en bucle las declaraciones de los candidatos a las elecciones. «¿A ti no?». En absoluto, le dije. Qué espanto. «Ah sí, mujer. Piénsalo. Tiene que ser un empotrador», confió entre carcajadas. De todos los análisis posibles, esto era lo último que esperaba. Aviado va el CIS para afinar ese 42% de indecisos ante el 28 de abril, o para detectar las tendencias subterráneas que ya sorprendieron el 2D andaluz, apañados los gurús de los partidos para averiguar qué tecla tocar para atraer a los que dudan. Semejante cualidad, la de empotrador, no estaba hasta ahora, que yo sepa, en el catálogo de emociones políticas canónicas ni en el manual del buen candidato. En el anterior ciclo electoral hablábamos, muy finos, del 'capital erótico' de los líderes, o sea, del poder de fascinar a los demás, un concepto aplicable a otras áreas, por ejemplo el excelente libro de José Luis Moreno Pestaña que lo relaciona con la explotación, personal y laboral, de las mujeres y los trastornos alimenticios, 'La cara oscura del capital erótico'. Pero esto del candidato 'empotrador' es muy original y merece una pensada. No he oído nunca nada tan asombroso en ninguno de los muchos sesudos analistas que frecuento, tan preocupados en manejar estrategias, variables y promedios, ante la larga campaña que ahora empieza, aunque renquea desde hace meses, incierta, extraña, dramática, cruzada por la Semana Santa, permítanme este desbarre tan bizarro. No lo puedo evitar. O risa o muerte. Sin complejos, que es la moda.
Igual este nuevo requisito tiene que ver con las fantasías liberadas por el feminismo empoderador, y también he visto fotos del personaje en cuestión que puede pasar por icono gay, pero no puedo dejar de pensar si es efecto ralentizado de las '50 sombras de Grey' y otros subproductos del llamado 'porno para mamás', un género realmente alucinante, en general sin nada que recuerde a la literatura, ni por asomo, pero que cuenta con millares de adeptos y que hace lectores a mansalva. El otro día en el kiosco de mi barrio, una chica que no parecía muy intelectual apremiaba en busca de un libro de, creo, Megan Maxwell que según decía se vendía con alguna de las revistas mensuales cuyos nombres tampoco atinaba a pronunciar.
Pero la política se mueve a la vez que la sociedad y suma las últimas tendencias. Tomen nota los candidatos, tan testosterónicos ellos, de esta nueva exigencia. En vez de decir frases chorras o hirientes, en vez de largos y tediosos discursos, de programas inverosímiles, cuídense de inspirar pasión. Aunque, mi adorable X, dicen que los empotradores son un mito, o una estafa. Más vale que rebajes las expectativas. En esto, probablemente, la política también te defraudará. Tú verás.
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