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Algunos llevaban un solo ejemplar bajo el brazo, incluso recién comprado en algún expositor de las librerías cercanas; otros, en bolsas y mochilas, toda su ... bibliografía publicada desde los inicios. Aquellas personas, jóvenes y mayores, aunque ciertamente más mujeres que hombres; algunos con niños, otros con perros o con ambos; con sus vidas ajetreadas en un paréntesis festivo, se habían congregado en la plaza de la Marina antes de las cinco de la tarde de un abril de verano malagueño, sin más sombras que los breves tramos en los que la cola les tocaba bajo los toldos de las casetas vecinas. Y lo habían hecho porque les gusta leer, leer libros, básicamente... Es algo que cuesta hasta escribir en este metamundo en el que vivimos, en el que a Skynet le quedan dos telediarios para tomar conciencia de sí mismo, y no sigo que me asusto y no duermo.
Es verdad que estaban allí para conocer a Javier Castillo, que es lo más parecido a un Antonio Banderas de la literatura malagueña, que ya es casi universal después de ver su cara y su novela traducida al inglés girando en las pantallas gigantes de la neoyorkina Times Square. Pero aquella legión de lectores aguantó horas de cola al sol poniente porque aman sus novelas. Tal fenómeno de fan te lo puedes esperar de un actor famoso, de un músico célebre, o más bien de un influencer que tiene millones de seguidores y anuncia champú desde su refugio fiscal en Andorra. Pero, ¿de un escritor? Aquello era como estar en un universo paralelo.
Y ahí es donde voy. En un entorno en el que la cultura popular, sobre todo la de los jóvenes, está marcada por las monerías de TikTok, las fotos trucadas de Instagram y los vídeos chorra de YouTube... Si es que hasta los mensajes de WhatsApp se mandan en audio... Pues en la tiranía de lo audiovisual que lo invade todo, esa cola de lectores apasionados significa que todavía hay esperanza para los libros.
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