En esto de la política y las elecciones es tan difícil ver que un ciudadano de derechas vote a Podemos como que un marxista convencido vote a Mariano Rajoy. O que un neoliberal de Ciudadanos vote a Pedro Sánchez, o que un socialista de toda la vida apoyara las propuestas de Albert Rivera. Cada partido tiene su afición, como en el fútbol y con la misma y cegadora pasión por los colores. Los hay que votan con la cartera, aunque últimamente también hay muchos que lo hacen con el estómago. O porque lo tienen vacío o porque están empachados. Y muchos lo hacen convencidos de que lo hacen con la cabeza. Y es verdad.
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Hay votos calculadores. Y también viscerales. Los hay conservadores, atrevidos e, incluso, frívolos. O desleales. Y apasionados. Como las personas. Visto con perspectiva, el voto es una de las pocas acciones verdaderamente íntimas que nos quedan en esta sociedad digital y global. El voto es nuestro, íntimo y secreto si queremos. Y eso tiene un gran valor en estos tiempos en los que casi nada es nuestro y casi todo es público.
Los ciudadanos deberíamos concienciarnos del extraordinario valor de nuestro voto, a pesar de que durante mucho tiempo todos los partidos, con nuestra complicidad, lo han utilizado como han querido. Hay que reconocer que hemos hecho dejación de responsabilidad, sin exigir a nuestros representantes que rindieran cuentas de su gestión y también de sus compromisos, muchos de ellos incumplidos. Es cierto que España tiene un modelo del que debemos sentirnos orgullosos, pero eso no puede olvidar que empieza a tener goteras que deben repararse con urgencia. Y llega el momento de no dejarlo todo en manos de los partidos para que hagan y deshagan a su antojo.
Es llamativo que en esta campaña electoral apenas se escuchen propuestas de verdad y todos hayamos asumido esta espiral de política y pactos. Una de esas grandes goteras es la insolidaridad del modelo, sustentado en las capas medias sociales y empresariales, que son las que soportan la mayor carga fiscal. España y su Estado del Bienestar se sostienen gracias a la clase media trabajadora, a los autónomos y a las pequeñas y medianas empresas, asfixiadas por los impuestos y abandonados, en el caso de los autónomos, en cuanto a prestaciones sociales.
Y esta campaña, si nadie lo remedia, volverá a pasar sin medidas concretas que tonifiquen el músculo agotado de este país. Además de pasearse por las televisiones, los políticos deberían darse una vuelta por los polígonos industriales, por los talleres, por esas pequeñas empresas que sobreviven atosigadas entre tasas, inspecciones, impuestos y sanciones. Y hablar con los currantes de verdad, sin demagogia, sin frases hechas, sin engaños. En España es imposible para un emprendedor empezar de cero, porque la Administración Pública se lo impide. Y es complejo crecer, porque hay que saciar antes a esa Administración.
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Este periódico nunca pide el voto para una formación política, porque no hacerlo forma parte de nuestra esencia plural y transversal. Lo que sí reivindica es que pongamos en valor nuestro voto y la mejor forma de hacerlo es exigir por todos los medios posibles el cumplimiento de cada compromiso. Y pedir cuentas. Y responsabilidades. Y actuar en consecuencia.
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