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Iván Gelibter
Lunes, 16 de mayo 2016, 00:40
Javier solo tenía 24 años cuando tomó la decisión de irse a Noruega. Lo pensó incluso antes de acabar su carrera (ingeniería de telecomunicaciones), porque pese a que aún no se había tenido que enfrentar a la realidad española posterior a 2008, todo lo que escuchaba en su entorno iba en una misma dirección. «Me fui porque las expectativas aquí estaban muy lejos de lo que estaba dispuesto a aceptar. Son muchos años de sacrificio, de estudios extremadamente exigentes para prepararnos como profesionales de alta formación y la valoración de las empresas (si es que alguna te llama), bajo mi punto de vista, no corresponde con ese nivel de formación. Así que la decisión de irnos vive allí con su novia al extranjero estaba tomada. Una amiga de la familia es noruega y vive en Oslo, y al saber de nuestras intenciones nos ofreció la posibilidad de quedarnos en su casa al principio».
Javier ejerce como ingeniero de software para una empresa de sistemas de emisión, recepción y procesado de señal de televisión en Oslo. Aunque suene bien y esté agusto, este joven no duda también en poner sobre la mesa que hay cuestiones complicadas para aquel que esté en la tentación de repetir su experiencia. «Conseguir trabajo pudo ser bastante fácil hace unos años, quizás cuando nosotros llegamos ya estaba empezando a bajar y hace cinco años o más, sí que te rifaban. Hoy día la cosa está más complicada: hay crisis del petróleo y por tanto algo más de desempleo en Noruega, con lo cual se está contratando más a noruegos en paro», cuenta.
«En Noruega hay un ambiente relajado de trabajo, hay muchísima flexibilidad horaria (aún más cuando tienes niños para conciliar); los jefes no están encima de ti todo el tiempo, ni te preguntan por qué has llegado a esta hora o por qué te has ido hoy antes. Yo no conozco el mercado laboral español en el mundo ingenieril de primera mano, pero sé lo que me cuentan, lo que viven otros amigos, y sobre todo, he viajado con mi empresa al extranjero, a ferias y exhibiciones, y he conocido profesionales que hacen lo mismo que yo en España. Al charlar sobre condiciones laborales y demás, todos acaban soltándome el ni se te ocurra volver, no hay punto de comparación», explica. Javier cree que hay algunas compañías que están intentando cambiar esta tendencia en España, pero que queda en nada comparado con el término general, «que es el que ya conocemos del jefe súper exigente, poco agradecido, el horario estricto (con la gilipollez del turno partido) y el sueldo miserable». Este es, a su juicio, un pilar para asegurar que de momento nadie les mueve de Noruega. «Por supuesto uno echa de menos su tierra, no sabes el cosquilleo en el estómago que he tenido toda la semana, y siempre lo tengo, cuando sé que voy a bajar a Málaga. Pero a las dos semanas se me pasa y quiero volver a mi hogar, que está en Oslo, con mis amigos y a mi trabajo, en el que además de ser valorado y respetado, me lo paso de lujo», sentencia.
El hecho de que entiendan, tanto él como su pareja, que su vida está bien al norte de Europa, no implica que tras de sí hayan dejado demasiado. «No es nada fácil estar lejos de los tuyos, de verdad. En mi caso, tengo unos padres que llevan toda la vida trabajando, a los que les debo todo. Soy ingeniero en parte porque mis padres se partieron el alma para que yo pudiera permitirme mis estudios, y a los que me encantaría agradecerles cada día, en persona, con un beso o un abrazo, lo que han hecho por mí. Pero sólo podemos permitirnos hablar por Skype, una o dos veces por semana para resumirnos los últimos acontecimientos», afirma. Pero una de las cosas que más le afecta es haberse separado de su único hermano, justo en el momento que más lo necesitaba. «A punto de cumplir 14 años, ha pasado los años más complicados, en los que se ha convertido en adulto, sin tenerme ahí físicamente, ahora está a punto de empezar a estudiar en la universidad y me encantaría estar a su lado en los comienzos, pero esto es lo que hay», señala.
Javier resume su situación de una manera clara. Salir fuera de España ha tenido una parte muy positiva. Se han enfrentado al reto de adaptarse a un país diametralmente opuesto a España y han aprendido cosas que jamás habrían aprendido en España, además del salto económico y profesional. «Vale, pero mi pregunta es: ¿Por qué no hemos podido conseguir todo eso en España? ¿Por qué renunciar a nuestra familia, por qué no puedo ver a mi hermano y a mis sobrinos crecer cada día para ser valorado en el trabajo y conseguir la carrera profesional que Noruega sí me está ofreciendo? Es lo que me toca las narices de más de un comentario que he escuchado: Si nadie te obligó a irte, decidiste irte y estás tan bien, ¿dónde está el problema?. Pues bien, está en que tengo a los míos un máximo de tres semanas al año a mi lado», concluye Javier, que matiza que, al menos, estando allí puede seguir viendo a su Málaga. «Podemos permitirnos pagar la tele por cable y la Liga española».
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