

Secciones
Servicios
Destacamos
No entiende de etiquetas, ni de corsés, ni de reglas, ni de barreras. La filosofía de Benito Gómez (Barcelona, 1976) es la libertad, y trabajar ... cada día partiendo de cero. Así entiende la cocina, y así la guisa en ese oasis de Ronda llamado Bardal. Nunca mejor dicho porque lo suyo son los guisos, los fondos con base, la consistencia, el sabor: «Qué le voy a hacer, yo disfruto pelando cebollas y haciendo caldos». Ese es su estado natural. Es fácil encontrarle ahí. Con las manos en la masa. Se confiesa «cabezón». Gracias a ello subió al firmamento Michelin hace dos años. Apenas uno después de abrir el restaurante. Este barcelonés afincado en la ciudad del Tajo consiguió levantar de nuevo el antiguo Tragabuches y en el mismo lugar que ocupara le devolvía el brillo con Bardal. No fue casualidad: había trabajado durante cuatro años en el establecimiento rondeño. Tenía una espinita emocional que hacía especial la gesta.
Y es que Benito Gómez cuenta con una amplia trayectoria a sus espaldas. Siempre ha pedaleado en busca del sabor, del producto, huyendo de modas, sofisticaciones, caminos impuestos. Él eligió bien temprano el suyo. Imposible escapar a la vocación. La llevaba en los genes. Esos que heredó de unos padres que ya habían abierto la veda con Can Raimí, restaurante que regentaban en la localidad de Argentona. Aún recuerda el cocinero la ensaladilla de su madre o aquella especie de porra que hacía su abuela: «Eran capaces de hacer un gran plato con cuatro ingredientes básicos, tenían un don». Él no tardó mucho en seguir sus pasos. A los 15 años comenzó a estudiar en la Escuela de Hostelería de Sant Pol de Mar. Algo empezaba a cocerse. Una pasión que se retroalimentaba entre fogones y libros. 'El Bulli: el sabor del Mediterráneo' marcó sus inicios. Y ya con 19 años podía presumir de trabajar en algunas de las mejores cocinas españolas como la de Jean Luc Figueres o La Alquería de Sevilla, donde mamó la cocina de Ferrán Adrià.
Ni imaginaba entonces que, en realidad, el destino le tenía reservada una última, y jugosa, parada: Ronda. Probó suerte en Tragabuches. Apenas dos meses y una quemadura en la cara como balance. Pero volvería. Y lo haría para tomar el relevo a Dani García como jefe de cocina. Allí se mantuvo durante cuatro años. Hasta que decidió poner en marcha su propio proyecto: Tragatá (también recomendado en la guía Michelin). Ahí fue descubriendo su personal forma de cocinar, apegada a la tierra, a las raíces, a la tradición, con su toque de creatividad pero sin alardes ni estridencias. Nunca lo olvida: «Gracias a Tragatá existe Bardal». Y gracias a Merche Piña, todo. Ella es su cómplice en la vida profesional y personal. Desde el primer momento supo que encajaban tan bien que dejó su trabajo como pedagoga para convertirse en un pilar fundamental para Gómez. Tanto que ahora está al frente de Tragatá, que este año cumple trece años totalmente renovado y que dio pie al barcelonés a ir seguir superándose. Y de ahí nació Bardal. Por pura ilusión personal, por puro egoísmo, reconoce él mismo. El cuerpo le pedía ir más allá, explayarse en la cocina. Con aparente sencillez, pero con suma elaboración en el fondo. Técnica y conocimiento como principales ingredientes de una cocina en la que el producto es el protagonista absoluto de recetas que encuentran a menudo su inspiración en el paisaje. En sus escapadas en bicicleta, su otra pasión.
Sabores reconocibles con el ADN de la tierra. Y esa libertad que no es otra cosa que reflejo de su propia personalidad. Habla sin tapujos Benito Gómez. No tiene pelos en la lengua a la hora de posicionarse en contra de la cocina pretenciosa. Eso de aparentar no va con él. Ni se deja contagiar fácilmente. Reconoce que es atípico, poco «farandulero», algo loco. Se sale del pelotón pero para destacar es lo que más ha llamado la atención de Bardal. Para el cliente cansado del trampantojo, y para el inspector de Michelin, que ya en su primera visita lo consideró una «sorpresa». No daba crédito. Para Gómez tenía mucho valor ese brillo. No fue fácil el primer año. Invirtió «mucho esfuerzo e ilusión» con escasos medios. Pero de nuevo el tesón ganó la partida. Y eso que su meta inicialmente no era la estrella. Sin embargo, una vez conseguida se sintió tan motivado que iría a por la segunda. Sabía que era posible. No tenía dudas, ni de Ronda ni de su cocina. Por su equipo, por la ciudad y por Merche pedalearía hacia esa meta. Y llegó. No teme a los bardales. Y la carrera no ha terminado.
¿Ya eres suscriptor/a? Inicia sesión
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.