Esta vez no fue tan fácil. Enfrente estaba un equipo cuatro veces campeón del mundo, aunque con las maletas preparadas en el hotel para volver ... a casa en el caso de perder con España. El gol del empate de Alemania, sin embargo, lo mantiene con vida en tanto que a España le privaba de clasificarse virtualmente para octavos, que lo conseguirá con solo un empate ante Japón. Que así sea. No caben más comentarios o reflexiones por cuanto ese encuentro con la selección nipona está ahí mismo. En lo que sí me voy a parar es en ciertos aspectos que he observado alrededor de la muchachada de Luis Enrique y sólo a título anecdótico. Por ejemplo, esa decisión de prescindir de los colores tradicionales de la equipación española, camiseta roja y pantalón azul. Siempre rechacé personalmente llamarla 'La Roja', porque esa siempre ha sido Chile. Cuestión de gustos... o de malos farios. Tampoco entiendo por qué se insiste en aplicar a esta selección el apelativo 'de autor', a no ser que se deba al hecho de haber facilitado a dos porteros del desconocido fútbol de la Premier unas vacaciones a España cuando en nuestra Segunda División abundan guardametas de categoría, como vemos cada jornada. Y no tomen esto como críticas, sino como preguntas sin respuestas.

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Dicho todo esto, quede de manifiesto mi adhesión a lo que está logrando el técnico asturiano. Y, sobre todo, esa idea suya de arrogarse toda la responsabilidad en favor de los jugadores. Ocurra lo que ocurra, adoptando la figura de 'streamer' e incluso autocalificándose de 'gilipollas' por su afán de afrontar los obstáculos que se puedan presentar. Lo único deseable, de momento, es ganar a Japón y afrontar con fuerza el duro camino a la final. España puede volver a ser campeona del mundo. Vamos a conseguirlo.

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