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Tenemos ya más de cuarenta veranos a las espaldas. Pero el mejor sigue siendo el que está a punto de comenzar o el que está transcurriendo ahora mismo. Cada estío empieza y se desarrolla con ilusiones renovadas, a veces repetidas, que no aprenden de las frustraciones acumuladas en los anteriores. Se presentan insistentes ante nosotros unos días eternos que –nos autoengañamos– este año sí vamos a aprovechar. Pilas de libros que sí leeremos. Viajes maravillosos, o escapadas, o huídas, a lo Céline –horrible persona, magnífico escritor– improvisadas o planeadas al detalle contra lo imprevisto que nos descuadre el disfrute que merecemos. Este año sí desconectaremos de verdad: queremos vacaciones del escenario cotidiano, de las personas de a diario, de nosotros mismos las más de las veces; el verano es la época en la que nos está permitido ser otros, disociarnos de quienes somos el resto de las estaciones, vivir aventuras, enamorarnos locamente y con clarísima fecha de caducidad impresa en el envoltorio del romance.
Es el 'Summertime' que nadie ha cantado mejor que Janis Joplin, ése en el que la vida se hace fácil, tu padre es rico, tu madre es guapa y nada ni nadie pueden hacerte daño; son semanas que transcurren con la ligereza, la levedad, la lentitud, que reivindicaba Milan Kundera.
Sobre todo agosto se abre como una gran promesa de alegría –felicidad es una palabra demasiado grande y la dejamos para las vacaciones de la infancia, o ni eso, que los niños de ciudad sin mar, sin pueblo, con padres trabajando en la economía sumergida y, por tanto, sin vacaciones pagadas, llegaban a septiembre hartos de verano y ansiosos por volver al colegio–.
Pero del mejor verano, que es éste, ya intuimos que sólo terminará quedando un recuerdo frágil, onírico, irreal, quizás amargo; la espuma de los días de Boris Vian tan imposible de atrapar como la de las olas del mar.
Además, esta expectativa anual brillante y que soñamos tan repleta de sorpresas como una piñata de un cumpleaños infantil está en peligro. El verano meteorológico –calentamiento global mediante– se extiende a lo largo de cada vez más páginas del calendario. Lo excepcional del atuendo estival que invita a los pecados de la carne se convierte en lo común ya de marzo a noviembre. Las vacaciones, las escapadas, las huídas, salpican también muchas hojas de la agenda de quienes tienen el privilegio de poder coger un coche, un tren, un avión y una habitación de hotel. La promesa única que ofrece el verano se esfuma.
Pero hay que resistir. Mientras subsista su mítica, su leyenda... aprovechemos... y que ese «de repente, el último verano» nos pille en un amanecer o un atardecer frente al mar. O en una verbena. O comiendo un helado barato asomados a la ventana aunque sea si el calor deviene en insomnio por no tener aire acondicionado. Los veranos ahora son así: democráticos en el soñar, no en la realidad. En el futuro serán estíos desesperados, sin las esperanzas que hasta este último párrafo contenía este texto; sin todas esas ilusiones que han visto frustradas las mujeres a las que lo bonito del verano, tener más tiempo libre para convivir con los más cercanos, las ha condenado a un redoble de los malos tratos que sufren, o a morir, a ser asesinadas a manos de esas enfermedades que parecen inextirpables de nuestro cuerpo social: el machismo y la misoginia, los culpables de un último verano no metafórico, no envuelto en torpes figuras literarias, sino dolorosamente real; más porque los matarifes y sus ideas parece que son los que no se extinguen.
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