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Dulces, salados y también amargos. Son algunos de los sabores que en su vida malagueña ha tenido que probar Raffaella Panico, una napolitana que un ... buen día dejó atrás su vida en Italia por amor.
Por caprichos del destino tuvo que ir hasta Marbella para conocer a Luigi, también napolitano, y el amor de su vida, con el que planea en breve casarse.
No fue fácil dejar atrás un país donde lo tenía casi todo: la familia, los amigos, una excelente gastronomía o sus paisajes. Pero, esta joven italiana de 32 años ya sabía lo que era salir de su zona confort. Allí en su tierra fue capaz de dejar sus estudios de Derecho por unos de Repostería, su verdadera vocación.
En Marbella, que –dice– tiene algunas similitudes geográficas con su Sorrentino natal, ambos decidieron montar un restaurante, en el que esta chef repostera podía dar rienda suelta a sus conocimientos y creatividad, pero el negocio no cuajó como esperaban ambos. «Marbella es un buen sitio para montar un restaurante, pero la verdad es que, mientras el verano funciona muy bien, en invierno pasa todo lo contrario», relata Raffaella.
Así llegó, tras cuatro años buscando el local idóneo, Caramello Salato, un obrador situado en los primeros metros de la malagueña calle Carretería, donde desde hace más de dos años y medio se puede comer la auténtica repostería de Nápoles, pero también otras opciones dulces y saladas para quienes quieren disfrutar de un sabor casero en pleno centro histórico.
El gran sabor amargo que experimentaron tanto el negocio como esta pareja italiana fue la pandemia, que les hizo perder el impulso inicial del establecimiento.
Cuando comenzaron a desaparecer las mascarillas que tapaban los rostros de camareros y clientes, la amargura fue a peor. Comenzaron las obras de la conocida como 'Tribuna de los Pobres', otra piedra en el camino de este negocio. «Nos dijeron que terminaría para Semana Santa y ya estamos en agosto», se queja esta joven italiana.
Malos olores de una tubería, la calle cortada al tráfico parcialmente e incluso un robo en el negocio –hace poco más de dos meses– son algunas de las consecuencias que han tenido que sufrir Raffaella y Luigi desde que comenzaron a remodelar este emblemático lugar del centro histórico.
Si ya les costó bastante tiempo encontrar el local y adecuarlo (estaba en bruto), el destino les ha puesto bastantes obstáculos en estos dos últimos años y medio.
Pese a ello, Raffaella es relativamente positiva. «Al final todo termina», dice con una sonrisa tan sincera como optimista. Espera que, cuando acaben las dichosas obras, su negocio remontará. Para ello tira de estadística: «Hay que esperar entre tres y cinco años para ver si un negocio va a ir bien y es rentable».
Eso no quita para que a Raffaella le haya tentado lo de tirar la toalla. «Me he llegado a plantear traspasar el negocio e irme a mi tierra con Luigi, sobre todo en los últimos tiempos», asegura.
Ellos decidieron en su día cambiar su residencia en Marbella por el corazón de Málaga, para poder estar más cerca de Caramello Salato, el primer 'hijo' de este futuro matrimonio.
Aunque tienen muchas ventajas, también se quejan de los inconvenientes del centro histórico. «Hay ruido y muchos turistas, que no te permiten desconectar como quisieras», explica esta napolitana de 32 años. En su tiempo libre, ambos aprovechan para probar restaurantes en Málaga y otras experiencias gastronómicas. «Nos gusta mucho ver lo que se cocina en otros sitios», explica.
Ella, que se confiesa extrovertida, no ha tenido problemas para hacerse amigos desde que llegó a la provincia de Málaga. Ahí no distingue entre italianos y españoles. El idioma no es ni mucho menos una barrera para ella, que ya estudió en su país tanto español como inglés y francés. «Otra cosa diferente es el acento andaluz, donde desaparecen las eses; y eso no te lo enseñan en el colegio», bromea.
De su tierra, echa de menos los sabores de las salsas caseras de tomate y de pesto que hace su madre. En Sorrentino vivía en una casa rodeada de huertas, donde la albahaca y el tomate se cogían de forma natural. También le gusta lo que se cuece en España. «Podría hincharme a comer ensaladilla rusa, porque me encanta». A ello añade, entre sus favoritos, las gambas al pil pil.
Gracias a su carácter extrovertido ha hecho amistad con otros chefs de Málaga. Entre ellos, Álvaro Ávila, de Alvaroteca, y Mario Rosado, de Yuba. Con este último incluso lo ha invitado a su boda, que es el gran día que espera a Raffaella y Luigi. Porque no hay que olvidar que el sabor dulce es el que más prevalece tanto a la hora de comer como en la vida.
Raffaella descubrió que su vocación estaba en la repostería. Soñaba con tener su propio obrador donde poder disfrutar creando opciones dulces y saladas. Y Luigi le ayudó a hacer realidad ese deseo.
De aquel local vacío, donde todo estaba por hacer, al actual establecimiento hay un cúmulo de experiencias, sinsabores y ningún miedo al fracaso. Después de mucho trabajo y de una tediosa burocracia, Luigi y Raffaella, un tándem italiano inseparable, lograron abrir en el número 20 de Carretería. Son sanamente ambiciosos y piensan en poder abrir más locales de Caramello Salato en el futuro, cuando las condiciones lo permitan.
Hay quien puede pensar que su clientela es básicamente italiana, pero Raffaella asegura que la mayoría son españoles. «Aquí hacemos no sólo dulces», matiza esta joven repostera italiana. De hecho, allí se pueden saborear hamburguesas caseras, no sólo por el pan sino también por la propia carne, que trabaja con mimo en el obrador.
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