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Vicente Morayo es uno de los tres prácticos que tiene el puerto de Málaga. Ñito Salas
Práctico en el puerto de Málaga: maniobrar con cargueros y megacruceros

Práctico en el puerto de Málaga: maniobrar con cargueros y megacruceros

Vicente Merayo toma el control de todas las embarcaciones que llegan e indica a los capitanes como atracar con seguridad. Así es un día normal en uno de los trabajos más exclusivos de España

Domingo, 18 de diciembre 2022

La noche ha sido corta para Vicente Merayo. A las siete de la mañana, en el Muelle Uno, las vistas están despejadas y la ausencia de nubes hace intuir un día soleado. El mar está tranquilo y parece un plato gigante. «Calma chicha», dice Morayo, que viste una chaqueta reflectante con un parche que luce con orgullo. «Prácticos de Málaga», reza. Él es uno de los tres que hay en la capital y, cuando empieza a hablar, queda claro que tiene salitre en sus venas. El trabajo de este asturiano malagueñizado, que nació en Oviedo, consiste en garantizar que los barcos que llegan y salen de Málaga lo hagan con total seguridad. Como práctico, toma el comando y le indica al capitán las maniobras que debe hacer para evitar accidentes y colisiones.

Málaga no es la aorta mundial del tráfico marítimo. Pero al día se produce una media de 10 maniobras. Trabajo no le falta a este práctico que ya vislumbra su jubilación. En junio pasa a «la siguiente fase» y quiere dedicarse a poner kilómetros de por medio. «Como buen marinero, soy también un buen viajero», precisa. La vuelta al mundo ya la ha dado algunas veces. Sabe cómo se las gastan las empresas detrás de los grandes cargueros y conoce a todos los cruceros por su nombre. Porque, para ser práctico, primero hay que ser capitán. Y contar con experiencia en el puesto de mando. Muchos años de experiencia.

Ser práctico, por lo tanto, es una carrera de fondo. La recompensa que aguarda es formar parte de un club muy selecto. En Málaga solo hay tres, pero entre todos los puertos de España no se suman más de 250 prácticos. Un error instalado en el imaginario colectivo es pensar que se trata de funcionarios. Aunque las plazas que van quedando libres se convocan a través del BOE, los prácticos se convierten luego en autónomos que se agrupan en corporaciones. El funcionamiento es parecido al de una notaría. La ley establece unas tarifas por cada barco en función de su tamaño.

Apenas hay un sector tan afectado por la globalización como la navegación. Para maximizar las ganancias también se necesita a los prácticos. Estos se organizan, sin embargo, de manera muy distinta a lo que es la economía de escala. Como si fueran cooperativistas, todos ingresan en una misma caja. De ella, cada práctico obtiene luego la misma parte del pastel. Capitalismo moderno y socialismo de la vieja escuela se dan la mano en el puerto de Málaga. Merayo no da cifras concretas, pero reconoce que se trata de un trabajo que da para «vivir muy bien».

24 horas antes, los prácticos reciben la confirmación definitiva con los barcos que entran y salen al día siguiente. Para hoy, el cronograma indica un crucero, un carguero y los ferrys de Transmediterránea y Balearia, que cubren la línea Málaga-Melilla. Merayo, que tiene el pelo canoso y habla como si fuera una metralleta, enlazando una anécdota con otra, se sube a su embarcación. Ésta responde a un nombre para el que no se han calentando mucho la cabeza en el bautismo: 'Práctico 11'. Tiene una longitud de 13 metros y alcanza los 22 nudos de velocidad.

Todavía se acuerda de cuando tuvo que ponerse serio con un capitán chino porque estuvo a punto de causar un gran accidente. «Los chinos son los peores. Te dicen sí a todo, pero no te hacen caso en nada», sentencia. En un carguero con bandera de Togo se dio cuenta que el retroceso del motor fallaba más que una escopeta de feria. La cabina de un capitán ruso olía como si hubieran rociado las paredes de vodka. «No te aburres. Una de las cosas más bonitas que tiene este trabajo es que conoces a gente de todo el mundo», explica, con sonrisa cómplice, que algunas historias no son para publicar. El tiempo del estraperlo y del contrabando con tabaco o chupas de cuero, asegura, forma parte del pasado. «Lo que no aseguro es que alguno de los barcos que llegan al puerto lleve droga», matiza. Y no se sabe muy bien si lo dice en serio o en broma.

A unas millas del puerto, mar abierto, aparece en el horizonte el ferry de Transmediterránea. Siete horas antes salió de Melilla. Ahora está a punto de hacer su entrada en la capital de la Costa del Sol. Merayo toma contacto por radio y es recibido con un cordial saludo por el capitán del melillero, que es como se conoce en el argot popular. Empieza el intercambio por radio: «Prácticos de Málaga a 'Juan J. Sister».

El 'Juan J. Sister' es una embarcación que tiene una longitud de varios campos de fútbol. En su interior hay espacio para camiones enteros. Arriba, aguardan los pasajeros. Para que el atraque se logre sin sobresaltos, entran en juego los prácticos. Tras este saludo protocolario por radio, Merayo se prepara para cambiar de embarcación.

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En la maniobra de aproximación surge una pregunta con cierto fundamento. ¿Para qué se necesitan prácticos en tiempos de GPS y geolocalización? Por un lado, la ley obliga a ello. Por otro, cabe la siguiente reflexión: solo hay que imaginar a un camionero rumano circulando con un tráiler de 40 toneladas por el centro histórico. Seguro que le gustaría contar con un copiloto que le indicara donde tener cuidado y cómo tomar esa curva o la otra. De manera figurada, los prácticos hacen justo lo mismo.

Merayo conoce cada rincón del puerto. Sabe cómo se comporta cada barco según su tamaño. Él se ha subido a todos. Desde el 'Wonder of the Seas' hasta el yate del socio de Bill Gate que atrae a los curiosos cada vez que viene a Málaga. Pasando por cargueros asiáticos o africanos hinchados de vivir, que solo el haber llegado en una pieza constituye un misterio. Es capaz de ubicar con memoria fotográfica cada dársena. Se ha subido a portaviones y a ha surcado sobre plataformas petrolíferas. Pero también ha visto lo suficiente como para saber que un barco siempre es imprevisible. «Aunque sea el mismo barco y el mismo muelle, la maniobra nunca sale igual», explica. Miles de maniobras realizadas le dan la razón.

Maniobra de riesgo

El 'abordaje' de la pequeña embarcación de prácticos al 'Juan J. Sister' es rápido. En pocos segundos, uno de los dos ayudantes que acompañan a Merayo en cada una de sus salidas coloca al barco en paralelo y lo acopla a la velocidad que lleva el ferry. Al alzar la vista, ahora lo único que se ve es una pared gigante en forma de buque. Una pequeña compuerta se abre y dos marineros sacan de ella una escalera de cuerda, que ahora cuelga a estribor.

Merayo, que se mueve sobre la popa como lo hace un joven púgil en el cuadrilátero, inicia el cambio de embarcación. Pie izquierdo, pie derecho, pie derecho. El cuerpo de Merayo se tambalea a un ritmo desconocido. La subida se parece a un compás que ha previsualizado miles de veces. Uno de los marineros le alcanza la mano, un último golpe de cadera y ya está dentro.

Entre la cubierta y el puente hay una gran diferencia de altura. Éste se erige sobre el agua como una atalaya gigante. Merayo sigue a los marineros hasta llegar al capitán. Las indicaciones que da son precisas. Nada de lo que dice debe dejar margen a la interpretación. Es un trabajo que exige calma en una situación de estrés. El práctico tiene que tener un ojo para todas las pantallas, pero, sobre todo, mira al agua. Sabe cuando hay que moderar, la potencia que llevan las turbinas, cuál es la velocidad adecuada. Aquí, a bordo, el práctico es un consejero para el capitán. Es el primer oficial quien tiene la responsabilidad, pase lo que pase.

Cuando hace buen tiempo, ser práctico es trabajar ante un bastidor de ensueño. Pero Merayo también conoce los días de climatología adversa. «La palabra que siempre hace temblar a cualquier capitán es la de viento», destaca. Un mar en alborotado es capaz de zarandear a los cargueros más pesados como si fueran de juguete. Hoy es todo lo contrario. «Calma chicha», repite Merayo. Como los meses previos a una jubilación que aguarda sin prisa alguna.

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