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No se arrepiente de lo que ha hecho. Es más, espera que termine esta 'pesadilla' del juicio para volver al Mediterráneo a salvar vidas. «No es cuestión de ideología, sino de humanidad», señaló el bombero malagueño Miguel Roldán Espinosa a los alumnos del IES Rosaleda durante una charla ayer en el centro. Este martes, el pleno municipal aprobará una moción en su apoyo. La Justicia italiana les investiga a él y a otros nueve miembros del equipo de rescate de una ONG alemana por un posible delito de tráfico de personas o apoyo al tráfico de personas.
Roldán Espinosa, natural de Cuevas Bajas y bombero en Sevilla desde 2003, ha explicado que el proceso se encuentra en fase de instrucción y bajo secreto de sumario y el juicio se espera para final de año. Se enfrenta hasta un máximo de 20 años de prisión, algo que él descarta. Aunque «un solo minuto en prisión por lo que hice sería una tremenda injusticia», afirmó.
Como especialista en rescate acuático, ha colaborado con varias ONGs, en 2016 en las aguas cercanas a Lesbos y en 2017 en el Mediterráneo central, entre Libia e Italia. Aquí pasó 20 días de sus vacaciones, en el mes de junio, trabajando sin descanso durante horas sacando a personas del agua como parte de la tripulación del Iuventa, el barco de la ONG alemana Jugend Rettet. Las autoridades inmovilizaron el barco en agosto de ese mismo año. Y en junio de 2018, Miguel y otros nueve tripulantes (diez de los 16) recibieron la notificación de que la justicia italiana les investigaba por, supuestamente, promover el tráfico de inmigrantes entre Libia e Italia.
Ahora, a la espera de que se aclare todo, Miguel explica su caso y su labor y recibe apoyo económico para pagar a los abogados y la solidaridad y comprensión de muchas personas. Como ejemplo, la charla que ofreció a estudiantes del IES Rosaleda, a quienes transmitió la emoción de sentirse una persona útil rescatando a personas, pero también los peligros y el sacrificio de una acción humanitaria que le ha llevado a tener que enfrentarse con el rechazo de muchas personas y la incomprensión de la justicia.
«Seis horas sacando a personas del agua, sin descanso, son agotadoras», ha comentado. Llegó a aborrecer las barritas energéticas, que era lo único que comían durante días interminables en el mar. También les ha hablado de la impotencia que se siente sabiendo que a unos metros del barco había personas que necesitaban ayuda, pero que las autoridades no les permitían intervenir. «Hemos tenido que dejar morir a personas a unos metros del barco por respetar las líneas del mar, las fronteras, esperando los permisos y por hacer bien las cosas», ha comentado, por lo que es aún menos explicable su situación legal.
«En cuanto pueda, vuelvo», ha afirmado a preguntas de los estudiantes. No se arrepiente de lo que ha hecho, todo lo contrario, se siente «orgulloso» de haber podido salvar vidas. Pero tampoco quiere ser héroe, ni mártir. No le gusta la exposición mediática de estos últimos meses, aunque lo sucedido le está permitiendo exponer la situación de los refugiados de Siria o Libia. «Todo el mundo tiene derecho a vivir. ¿Quién no quisiera salir de un país en guerra?», dijo a los alumnos. En su mente permanecen las imágenes de sus caras de miedo, tristeza o cansancio mientras les ofrecía su fuerte brazo para sacarlos del agua. «No nos cuesta tenderles la mano, entre todos podemos hacer posible un mundo mejor», fue el mensaje que ha querido transmitir al grupo de adolescentes.
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