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El mar y el influjo de la luna llena
Diario de verano

El mar y el influjo de la luna llena

El olor a sal y el furtivismo de un baño a oscuras. Esas noches de verano en las que solo se vive el presente porque el futuro no existe

Lunes, 5 de agosto 2024, 00:34

Chanclas, arena y espetos en el merendero (el nombre que tenían antes los chiringuitos). Playa en Rincón de la Victoria, adonde mis padres nos llevaban a veranear. Qué verbo, difícil de conjugar en estos tiempos. El espejismo de cuando éramos niños. Tres meses sin más destino que vivir. Procrastinar en aquella época era un sucedáneo.

No había hora para levantarse, y holgura en la de acostarse. Era agosto. Un edificio gigante de pisos rojo, en Cotomar, con chorrocientos niños que no paraban. Una única pega: no tenía piscina como el de enfrente, apodado los Tres Cerditos, que era la envidia del lugar.

Como venganza pasábamos el día entero en la playa, emborrizadas en arena o intentando saltar las olas con esos colchones de tela gorda, que se pusieron de moda y que parecían platillos volantes. La de veces que pudimos ahogarnos.

Recuerdo cómo mi hermana mayor, que era una medio madre, se afanaba en llevarnos a la otra punta de Málaga, a Marbella, para ver los grandes conciertos internacionales. Eran lo más cuando no existía esta expresión. No dejamos atrás Queen, Mickael Jackson o Prince. Tocaba ahorrar cada semana y hacer el camino en un Seat Panda, que tenía menos detalles que un Seat Panda, y que hacía unos temibles ruidos que nos tenían en vilo. Qué gran servicio hizo ese coche a la decana de las hermanas y a las que disfrutábamos con sus trayectos.

Queen. 5 de agosto de 1986. Un Freddie Mercury, que llegaba con su 'A Kind of Magic', la banda sonora de 'Los inmortales'. Casi todas se enamoraron de Christopher Lambert. Pero a mí me flipaba Sean Connery –siempre fui viejuna–, que veraneaba en Marbella. Todo pasaba allí. Tan cerca, tan lejos.

Las noches de luna llena eran sagradas. Nunca fui lunática, eso creo, pero el hecho de que existieran eran una opción fantástica para entrar en el mar con una vela natural como guía.

Esperaba a que mi padre llegara de trabajar. Workaholic de libro, no le recuerdo más días de descanso que las tardes de la Feria de Málaga, que no abría la tienda. Lo esperaba ya con el bañador, dejaba preparado el suyo, y las dos toallas. A veces, recuerdo, venía alguna de mis hermanas.

El recorrido hasta llegar a la playa era casi mágico. Extendíamos las toallas y nos tirábamos a nadar. Incluso llegábamos lejos. Ahora creo, bueno, estoy segura de que me daría miedo. Mi padre siempre ha sido un excelente nadador y cuando llegaba a cierta altura daba un grito de desahogo, bueno más bien era un ruido estruendoso. Como el de los ballenatos. A mí me daba el ataque de risa y tenía que hacerme la muerta para no hundirme. Era como un ritual. Tenía su punto salvaje. 'Mi familia y otros animales'. Como esos veranos de Gerald Durrell en Corfú. Más a mano, pero igual de auténticos.

El olor a sal, la luna llena, el furtivismo de un baño a oscuras. Esas noches de verano en las que solo vive el presente porque el futuro no importa.

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