De camino a esta entrevista, dos extranjeros le han parado por Capuchinos para ver cómo llegar a La Malagueta. Estaban más perdidos que el barco ... del arroz, pero para Ignacio Pérez (Málaga, 1996) eso no es problema. Coge el idioma de la mano y le da el brazo entero. Esta vez, ha tenido que sacar sus dotes francesas para explicar el mejor camino, aunque en su mochila aguarda un alemán «para sobrevivir» y un inglés impecable, con el que trabaja a diario. Cuando era pequeño tenía claro que quería dedicarse a algo relacionado con los idiomas, y que sería entre hojas en blanco y versos donde encontraría su mayor refugio. Son las siete de la tarde y La Polivalente acaba de abrir sus puertas un día más. Esta vez, tenemos sitio vip y música de ambiente para acompañar esta conversación de los recuerdos más vivos del traductor, poeta y músico malagueño en el mismo lugar donde, en parte, todo empezó.
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–¿Con qué Nacho te encuentras cada vez que entras aquí?
–Me reencuentro con mis inicios, cuando descubrí que además de escribir algo para ti mismo, existen lugares donde poder compartirlo y retroalimentarte de otra gente escuchando muchas cosas distintas.
–Digamos que fue un empujón para mostrar todos esos pensamientos en forma de versos que ya tenías…
–Sí, para mi fue un gran empuje el hecho de estar en el mismo espacio compartiendo disciplinas distintas, pero dentro de una misma esfera, siempre he escrito, también por la herencia lectora que tengo por parte de mi familia, aunque no fue hasta la universidad cuando me lo empecé a tomar en serio y empecé a frecuentar este tipo de sitios.
–La escritura siempre te ha acompañado… ¿Por eso decidiste estudiar Traducción e Interpretación?
–En parte sí, siempre me han gustado los idiomas, desde pequeño traducía canciones y decidí estudiar la carrera sin tener claro a qué me podría dedicar, y ya llevo tres años viviendo de la traducción con agencias internacionales y siendo autónomo.
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–Entonces es un mito eso de que es difícil conseguir vivir de la traducción.
–Yo sé que tengo suerte porque he podido desarrollar mi carrera sin preocuparme por los ingresos, ya que no tengo que pagar una casa ni otros gastos mayores. Me he podido dedicar a ello a base de cabezazos y una puerta cerrada tras otra y ahora me dedico a traducir videojuegos, que justo es uno de mis hobbies favoritos.
–¿Y vivir de la poesía, se puede?
–En absoluto, yo quería hacer mis pinitos y me lo tomo todo lo en serio que puedo, pero sé que no me voy a poder dedicar a ello. Conozco a gente que ha hecho de todo para vivir de la poesía y al final siempre ha sido la disciplina secundaria con la que te puedes llevar grandes premios, pero no como para darte un sustento.
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–Tienes 28 años y tienes claro que puedes vivir de esta profesión porque tienes el privilegio de que no te va a faltar de nada, ¿dónde queda la necesidad de independizarte?
–Llega un momento en el que quieres tener tu espacio propio y es frustrante porque al final, aunque me esté ganando la vida con la traducción, eso no justifica que tenga que pagar unos precios desorbitados por un alquiler o una vivienda, para compartir piso y pagar un dineral prefiero seguir, de momento, sin independizarme, tengo la intención de buscar dentro de poco pero ahora mismo es imposible y por falta de formación, trabajo y reconocimientos no será.
–Tu profesión también te ha llevado a vivir en otros países...
–Estuve un año viviendo en un pueblo cerca de Viena con una beca de auxiliar de conversación después de hacer un máster de traducción editorial porque no sabía qué hacer con mi vida y casi por inercia, acabé allí de profesor para aprender alemán –que mantengo para sobrevivir–, aunque era el año del confinamiento y tampoco escribí poesía durante ese año, pero sí que la tuve presente porque coincidió con que me dieron el accésit del Premio Adonáis con 'Márgenes de error'.
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–Y te sigues quedando con Málaga, donde el arte sigue creciendo por doquier.
–Sí, me quedo con Málaga porque nunca he dudado de que hay mucho talento aquí y creo que precisamente está brillando más que nunca porque los artistas nos hemos unido para dar una voz más grande.
–Y entre organizar tus propios horarios y llamar a muchas puertas, decides formar tu propio grupo de música, Yerma.
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–Con 15 años me regalaron una guitarra eléctrica y ahí empecé a hacerla chillar, luego me apunté a clases y ya cuando estaba en Viena empecé a tener el gusanillo de montar un grupo y empecé a hablar con gente de Málaga que conocía que sabía que le gustaba el tipo de música que yo quería hacer, aunque no quería cerrar ninguna puerta por eso al final nuestro género es más bien un cajón desastre.
–¿Un cajón de esos en los que guardas las cosas que luego no encuentras cuando te hacen falta?
–Algo así (ríe), tenemos un estilo muy de nicho, fusionamos el rock instrumental con poesía, salpicado de tintes shoegaze, flamencos, psicodélicos o stoner, en reivindicación de patrones históricos de la tierra andaluza, del campo yermo, su cultura y sus costumbres.
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–Da la sensación de que eres una persona intensa, que sabe ver más allá de las cosas.
–En la medida de lo posible intento ver más allá, siempre intento aprender un poco de todo, igual que desde la poesía, la música y el resto de cosas que hago siempre intento crear con profundidad, busco la introspección pero a la vez cada vez soy más pragmático.
–¿Cuál es tu plan perfecto para la feria?
–Soy más de cacharritos, pero también está el día de rigor de fiesta porque de trabajar tanto en casa, me obligo a socializar y tomarme mis cervecitas.
–Venga, vamos a cerrar con una confesión, ¿con quién te gustaría tomarte una aunque lo veas imposible?
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–Por ser muy fan, me tomaría una con Robe y por curiosidad, con Juan Rufo, aunque tendría que hacer una ouija para hablar con él, pero siempre me pareció un hombre muy pragmático, de respuestas sopesadas y me tomaría una cerveza con él para ver por dónde me sale.
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