Antonio Diéguez posa para la entrevista en la facultad de Filosofía y Letras de la UMA. Francis Silva
Antonio Diéguez, catedrático de Lógica y Filosofía en la UMA

«Las empresas tecnológicas son muy pocas y tienen mucho poder, me da miedo»

«El problema está en que las decisiones importantes en la vida de los seres humanos se tomen por máquinas y algoritmos», sostiene

Sábado, 1 de mayo 2021, 01:07

La pandemia acelera la digitalización y convierte a las empresas tecnológicas en grandes ganadores de la crisis. Nada queda ya de ese movimiento hippie ... con tintes de espíritu anarquista que acompañaban a sus fundadores en al principio de los tiempos. Si los datos son la moneda de cambio del futuro, el poder que acumulan los gigantes digitales de Silicon Valley es enorme.

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Antonio Diéguez (Málaga, 1961) es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la UMA. El autor de varios libros sobre transhumanismo analiza lo que depara un futuro marcado por el apogeo de la tecnología y advierte de numerosos riesgos si los estados no imponen una regulación de alcance internacional. También hace un repaso a las aspiraciones transhumanistas, las que defienden que la mejora del ser humano como especie pasa por la fusión del hombre con la máquina, y explica lo que queda de ellas, ahora que al ser humano se le ha recordado su propia debilidad. Además, de manera paradójica, por algo tan antiguo y simple como un virus.

–El ser humano siempre ha querido ser más guapo, más listo y vivir más años. ¿La pandemia ha sido una bofetada de realidad?

–El ser humano siempre ha buscado la longevidad y la inmortalidad, eso seguro. Está por ver lo que pasará. Yo sí creo que la pandemia ha sido un duro baño de realidad. Al discurso transhumanista le ha bajado un poco los humos. Aunque también empieza a emerger, ahora que se ve un poco la luz, un relato ultraoptimista. El de mira, veis como la ciencia nos ha salvado.

–Si partimos de los principios de la humanidad, ¿dónde cree que estamos ahora mismo?

–Desde el punto de vista fenotípico, es decir de lo que es nuestro cuerpo, somos muy parecidos a lo que eran nuestros antecesores. Los transhumanistas, precisamente, lo que quieren es utilizar la tecnología para mejorar nuestro cuerpo, que consideran lleno de insuficiencias.

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–¿Los anhelos de fusionar partes de nuestro cuerpo con la tecnología es viable?

–Soy muy escéptico con cualquier posibilidad de fusión entre la mente y la máquina. Sí creo que la biotecnología dará resultados importantes para el tema de la longevidad. Las terapias génicas ya se están aplicando para curar algunas enfermedades.

–¿Estos avances que menciona acrecentarán las desigualdades?

–Es muy probable. Las tecnologías disponibles son muy caras. Cuando tengamos medicamentos que puedan prolongar unos años la vida, quizá no sean tan caros. Pero si uno quiere mejoras más radicales, por ejemplo, aplicar técnicas genéticas a un embrión, pues eso no estará al alcance de cualquiera. Las desigualdades sociales de ahora serán desigualdades biológicas. Los hijos de los ricos podrían estar mejorados frente al resto de la sociedad.

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–El nuevo mantra de los políticos es la digitalización. ¿Cavamos nuestra propia tumba? Que le pregunten a los trabajadores de la banca.

–Yo no soy demasiado pesimista en eso. Creo que la digitalización tiene aspectos muy positivos. Nuestro mundo, hoy día, sería indispensable sin las tecnologías digitales. Sobre la pérdida de puestos de trabajo, habrá que ver como paliamos los aspectos más negativos. Ese es el reto y la regularización será importante.

–¿No le da miedo que un pequeño grupo de expertos y una buena tecnología puedan sustituir a miles de trabajadores?

–Me da más miedo que un pequeño número de empresas tenga demasiado poder. Y es algo que ya está ocurriendo. Las empresas tecnológicas son muy pocas, pero tienen mucho poder, mayor que el de muchos estados. Además, controlan nuestros datos. Eso sí me preocupa bastante. En Estados Unidos ya hay voces que hablan de disgregar estas empresas en empresas más pequeñas. Conviene ir pensando en eso y hacerlo ya. Para la salud de la democracia es malo que estas pocas empresas, que significa estas pocas personas, tengan tanto poder acumulado.

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–Elon Musk dice que en la conquista de la luna que persigue una de sus empresas morirán muchas personas, pero que sería asumible por el bien mayor. ¿Le suena a megalomanía?

–Estos empresarios de las grandes compañías tecnológicas tienen una visión bastante ingenua de lo que es el ser humano. Y, desde luego, sus intereses económicos los ponen por encima de cualquier tipo de bienestar humano.

–¿Quién le puede poner límites a este supuesto progreso?

–Preferiblemente, instituciones internacionales. Los países pueden intentar establecer leyes a nivel nacional, pero eso no será muy efectivo si no hay acuerdos internacionales. Lo ideal serían grandes acuerdos con Estados Unidos y, a ser posible, con China.

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–¿Dónde están los límites éticos para cambios morfológicos en el cuerpo humano? ¿Es lo mismo un aumento de pecho por cuestiones estéticas que la implantación de un microchip?

–No hay ningún criterio general, habrá que ir viendo y estudiando caso por caso. Se reivindica mucho la idea de que nada de lo que hagamos debe ir en contra de la dignidad humana. Pero eso es algo tan genérico que no dice nada.

–No son nuestro cuerpo, nuestros rasgos físicos, en definitiva, aquello que vemos en el espejo lo que marca nuestra identidad.

–Ahí está uno de los puntos clave para saber lo que se podrá hacer en el futuro, al menos de una manera aceptable. Supongo que a nadie le interesa perder su identidad personal. Yo no querría ser alguien mucho mejor si eso implica que ya no soy yo. Pregunto: Si fuera posible tecnológicamente hacer cambios en mi cuerpo tan radicales que perdiera la referencia de lo que yo he sido, ¿no sería eso una forma de morir en vez de mejorar? La preservación de la identidad personal será muy importante.

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–Miremos a la inteligencia artificial. Hasta ahora, la inteligencia y la conciencia humana van siempre de la mano. En la inteligencia artificial, ¿quedaría desligada una cosa de la otra?

–Quedan desligadas, sí. En principio, se podría tener una inteligencia comparable a la humana, pero que no fuera autoconsciente. Hay quien dice que, si alguna vez tendremos una máquina con una inteligencia comparable a la humana, la conciencia surgiría ahí mismo, de forma espontánea. Esto nadie lo sabe, pero yo no creo que eso vaya a ser así. Si la inteligencia artificial no va a ser consciente ni va a experimentar nunca sentimientos o emociones, pues no será nunca como la inteligencia humana.

–¿Pero no está justo ahí el riesgo? Una decisión puede ser inteligente en muchos sentidos, pero violar al mismo tiempo los valores más elementales de los que nos hemos dotado en las democracias occidentales.

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–A ver, yo creo que si alguna vez fuéramos capaces de crear una superinteligencia artificial, el riesgo sería enorme, tremendo. Incluso diría que de desaparición o de subordinación permanente de nuestra propia especie. Pero muchos especialistas en inteligencia artificial cuestionan que algo así sea posible. Tendremos cada vez mejores sistemas de inteligencia artificial, pero serán sistemas para problemas concretos.

–¿Qué nos quedará cuando los ordenadores hagan nuestros trabajos?

–El problema no es tanto que los ordenadores nos quiten el trabajo, como que las decisiones importantes en la vida de los seres humanos se tomen por máquinas y algoritmos, y que no haya manera de contestar eso.

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