El confinamiento ha pasado factura a los trastornos de la conducta alimentaria (TCA): aumentan los casos de anorexia y bulimia, hay más pacientes graves, empeoran ... enfermos que ya estaban controlados, y los afectados comienzan a una edad cada vez más temprana. Si antes el perfil tipo eran chicas de 14 a 21 años, ahora el inicio está en torno a los 12, pero cada vez hay casos más jóvenes, incluso con 7 u 8 años, y algunos varones, aunque siguen siendo minoría.
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Para Margarita Pascual, psiquiatra y coordinadora de la recién creada Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria (UTCA) hay varios factores que han influido en este aumento de casos. Por un lado ha habido más exposición a redes sociales porque había menos cosas que hacer, más permisividad a las pantallas y todas hacían hincapié en que, «al estar encerrados, teníamos que comer de forma saludable y hacer más ejercicio, lo que en personas predispuestas a un TCA puede ser un desencadenante; además tiene que ver con que los adolescentes regulan sus emociones saliendo y relacionándose con otras personas de su edad, pero al tener que estar en casa no podían hacerlo así y buscaban otras fórmulas, como la sintomatología alimentaria. Si dejan de comer o vomitan tienen una sensación de control, de que están regulándose y manejando su angustia; también hay otra causa que tiene que ver con la incertidumbre. El periodo de confinamiento se fue alargando progresivamente, lo que supone exponerles a lo que más miedo les da. En un momento en el que parece que el suelo se mueve bajo tus pies poder controlar lo que comes, el ejercicio que haces o el peso te da una sensación de control, aunque sea falsa», explica Pascual.
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El aumento se ha producido en toda España y aunque en la UTCA no pueden comparar con lo que había antes porque es una unidad muy reciente sí se encuentran a muchas pacientes que explican que su sintomatología comenzó durante el confinamiento. Otros expertos, como los del grupo ITA, con una red de clínicas especializadas en TCA en Málaga y muchas ciudades españolas, sí han cuantificado que el incremento de casos que atienden está entre un 30% y un 40%, y coinciden en que empiezan a ver pacientes más jóvenes incluso en la infancia.
Para hacerse idea del perfil de población más vulnerable, el inicio más frecuente suele ser en la adolescencia amplia y la proporción entre chicos y chicas es de uno a nueve. Un 5% de las mujeres de 12 a 21 años, la edad en que se da el pico de la incidencia, padecen un TCA. Solamente esa franja de edad en la provincia de Málaga supone casi 4.500 afectadas, sin contar los varones y el porcentaje de casos que se cronifican y llegan a la edad adulta manteniendo conductas restrictivas o utilizando atracones y vómitos en situaciones de inseguridad.
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Pese a la creencia de que la obsesión por la delgadez es la base de estos trastornos, la presión sobre el físico no es lo definitorio, no son chicas que quieren ser modelos, aunque haya casos particulares, como las gimnastas rítmicas, que están muy presionadas con el peso, con el control, pero no tanto con el físico; también hay casos clásicos, como las monjas de clausura, que más que con la exposición corporal tienen que ver con un concepto estoico de no satisfacer las necesidades corporales y de experimentar cierta gratificación y sensación de poder por restringir las necesidades del cuerpo, que es una de las variantes más graves psíquicamente.
¿Puede haber una línea difusa entre conductas con dietas muy restrictivas que incluimos dentro de la normalidad y un TCA? «Todos estamos expuestos a la presión de un cuerpo normativo, dentro de unos estándares de belleza y no todos desarrollamos un TCA. Si no hay un sufrimiento, un malestar, una dificultad para encajar en los vínculos sociales o familiares no se puede halar de trastorno», explica Pascual.
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Hay personas que tienen comportamientos poco saludables en su dieta para cumplir con unas medidas de belleza, pero, dentro de que no son sanas no son un TCA. «Cuando hay un trastorno, si un día se saltan la dieta que tienen en su cabeza aparece una sensación de inseguridad y de pérdida de control, de culpa enorme, empiezan a obsesionarse con que han comido de más o de menos y tienen un sufrimiento muy grande».
La anorexia no es el más frecuente, pero sí el que tiene más riesgo físico. Hay más porcentaje de bulimia y de trastornos no especificados, que no terminan de encajar en ninguna de las categorías porque no cumplen todos los criterios. A veces el diagnóstico cambia a lo largo de la evolución: empiezan con un perfil más restrictivo y pueden cambiar a uno más purgativo y hacer una bulimia o al contrario, aunque esto último es más raro.
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5% de mujeres de entre 12 y 21 años sufren un TCA.
90% de las afectadas son mujeres, aunque en los últimos años hay más varones.
Hay casos más complicados de detectar, puede haber pacientes con anorexia, que no hayan bajado drásticamente de peso y se mantengan en uno cercano a lo saludable que pasen más inadvertidos. En los casos de bulimia o los trastornos por atracón, que se hacen en la intimidad y no se ven cambios físicos, los pacientes pueden ocultarlo más tiempo.
Un TCA es una alteración de la conducta en personas que tratan de controlar a través del peso y de la alimentación otras circunstancias de su vida. Se habla de trastorno porque no hay una causa clara, sino que son multifactoriales, hay muchas cosas que influyen para que se desarrolle. Los TCA se dan muchas veces con ansiedad, con depresión, a veces con dificultad en la forma de relacionarse con los demás o con rasgos de personalidad más o menos acentuados, como el perfeccionismo, la rigidez o la dificultad para ser flexible.
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Las dietas extremas, el ayuno intermitente, determinados comentarios o juicios de valor sobre el peso y el aspecto físico pueden ser un desencadenante, la gota que colme el vaso en una persona que tiene un problema previo grave, que se siente insegura, preocupada por no encajar en el grupo. No obstante, Pascual considera que todos deberíamos tener cuidado con lo de juzgar el cuerpo de los demás, incluso los padres o la familia. «¿Qué necesidad hay de decirle a un niño que está gordito? Si tienes un hijo con un problema de exceso de peso pues tendrás que estar pendiente de que coma de forma sana y que haga ejercicio para que disfrute, no para perder calorías. Educarle para que aprenda que se come para satisfacer una necesidad y que cuando el hambre se sacia se deja de comer, y lo más probable es que tenga un peso normal».
Las señales de alerta, además de las modificaciones bruscas de peso, son cambios en la alimentación, que de pronto no se quieran comer una chuchería o un bollo que antes se comían encantados, que siempre tengan una excusa a la hora de comer, que estén muy preocupados por la talla o se vayan al baño después de las comidas. Muchas veces hay un estado de tristeza y aislamiento y es lo que pone a la familia sobre la pista. Es frecuente que se combine con bullying y ahora, con las redes sociales, no hay un descanso, esa situación sigue cuando no va al colegio. A veces pueden autolesionarse e incluso tener intentos de suicidio.
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Si existen sospechas hay que preguntar y, aunque al principio lo nieguen, si tienen una relación de confianza con los padres, acaban contándolo. El protocolo pasa por el médico de cabecera o pediatra y de ahí a salud mental, que es donde se hace un diagnóstico diferenciado. No todos los pacientes van a necesitar tratarse en una unidad específica, pero los más graves, sí. Hay tres niveles, cada uno más intenso que el anterior: consultas externas, centro de día y hospitalización. Lo fundamental es la parte psíquica, pero como también tiene correlato físico no se puede olvidar esa otra parte.
En el tratamiento, que dura siete años de media, recomiendan normalizar la comida y hacerla con el resto de la familia. A veces tienen que dejar el colegio por un tiempo para ir a un centro de día, que es voluntario, pero si se comprometen a acudir tienen que comer lo que se les pone en la bandeja. «Estas pacientes funcionan mucho como una especie de red y tiran mucho unas de otras, a veces para bien y a veces para mal». Aunque estén prohibidos, siguen existiendo los grupo pro anorexia en redes sociales y es frecuente que hayan estado en alguno. Ahí intercambian consejos para engañar con la comida o se marcan retos restrictivos.
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Los trastornos alimentarios se parecen en algunos aspectos a los adictivos y se ha comprobado que las charlas preventivas tienen poco impacto, pero a juicio de Pascual, sí hay factores, aunque sean inespecíficos, que se ve que influyen: «Que realmente se pase tiempo en familia y que tengan contacto con sus padres, pero no 'tiempo de calidad', sino un contacto extenso. Como están mucho rato juntos, pues al final eso sale y un día se lo dicen, pero no porque tengan un rato superfantástico. La adolescencia es un tiempo de recogida, tú has tenido que sembrar mucho antes. Las relaciones sociales buenas también previenen, que tengan un grupo de amigos en el que encajen, que hagan actividades regladas divertidas, deportes en grupo, pero no para quemar calorías, sino para pasarlo bien».
En cuanto al sentimiento de culpa, en los padres viene un poco de serie. De todas formas, «la imagen que tenemos de que los niños y adolescentes son todo felicidad y armonía no es real. Lo pasan mal y tienen dificultades y parte de la maduración es tener que enfrentarse a ellas para ir avanzando».
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Elena Sánchez, psicóloga sanitaria y terapeuta familiar en ITA destaca la importancia de las terapias de grupos de padres para conocer la enfermedad, apoyar a sus hijos y generar cambios en la propia dinámica de la familia que les permitan avanzar. A veces participan también hermanos para que todos lo entiendan mejor y haya una comunicación más fluida. Hay situaciones, como un nivel de exigencia muy alto o un divorcio, que pueden desencadenar un TCA en personas con rasgos de personalidad proclives a desarrollarlos.
También se hace terapia con grupos de pacientes. «Es fundamental que se junten con otras personas que están pasando por lo mismo: sentirse comprendidas les da fuerzas para continuar y se obtienen mejores resultados». En general, aunque los padres van a consulta porque ven que algo no funciona, «al principio del diagnóstico se sienten desbordados y a veces hay una etapa de bloqueo, pero luego se reajustan y se convierten en cómplices del equipo».
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