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Vino a Málaga para mejorar su español un mes, pero terminó quedándose a vivir. Su primer destino fue Pedregalejo en el año 1997, como muchos estudiantes extranjeros, que quieren practicar el idioma a pie de playa. Este antiguo barrio pesquero, donde Gunda Gabriel ha vivido en dos etapas distintas, es uno de sus lugares favoritos de Málaga.
El Ejido, Teatinos, Playamar (Torremolinos) y Alhaurín de la Torre, donde hoy reside junto a su hija, han sido las distintas paradas que ha hecho a lo largo de los últimos 25 años –más de media vida ya– esta alemana, nacida en Bochum (Renania del Norte).
Desde el principio, a Gunda le encantó la ciudad. Como muchos foráneos sucumbió al clima, el buen ambiente y el estilo de vida. A eso hay que añadir «el primer amor malagueño».
Una amiga holandesa le convenció para que no se marchara después del primer mes, como ella pretendía inicialmente. «Me dijo que no me podía ir hasta que no viera la Semana Santa». Le hizo caso. Desde entonces, no se pierde esta tradición religiosa.
Desde sus inicios, esta alemana, que trabaja en el sector turístico, ha apostado por la integración. En este sentido, no tiene una «mentalidad cuadriculada», como la que se le presupone a muchos de sus compatriotas. «En Alemania, la verdad es que hay reglas para todo, lo que, en principio, puede estar bien, pero, a veces, es demasiado», explica.
En Málaga, y en el sur del país, en general, cree que todo funciona de forma distinta. «Aquí se improvisa más y se hace con ingenio muchas veces», explica. De hecho, dice que le encanta «la mentalidad de los andaluces, la alegría que tienen y lo abiertos que son».
Ha llegado a vivir en segunda línea de playa en Torremolinos, lo que le agradaba, pero, reconoce que no se sentía tan a gusto viviendo rodeada de extranjeros todo el año. Por eso, asegura que su actual residencia, en una casa con jardín y piscina, le satisface aún más. «En Alhaurín de la Torre es verdad que echo de menos la cercanía del mar, pero estoy muy a gusto porque estoy entre españoles». También valora muy positivamente la calidad de vida que disfruta en este municipio, situado en el Valle del Guadalhorce, pero en el área metropolitana de Málaga. «Lo conocí antes gracias a unos amigos y me encantó», apunta.
Gracias a esa residencia, pudo hacer más llevaderas las primeras semanas de la pandemia, en la que hubo tantas restricciones de movilidad.
Además de no perderse ni una procesión en Semana Santa, Gunda también se ha integrado mucho a través de la música. No en vano, desde 2006 canta en el coro del Orfeón Universitario.
Además del mar, le gusta la montaña, así que en la provincia no tiene mucho tiempo para aburrirse. Uno de sus placeres es subir a la sierra de Alhaurín de la Torre, que desgraciadamente ha mermado mucho con el terrible incendio del pasado mes de julio.
Para Gunda, la provincia, en general, «tiene muchos rincones escondidos y se pueden vivir un montón de sensaciones especiales» .
A pesar de sentirse muy a gusto, confiesa que en alguna ocasión se ha llegado a plantear volverse a su país de origen por las distintas posibilidades profesionales que hay allí y sobre todo por su familia, pero, finalmente, nunca lo ha hecho. «Siempre he tenido trabajo aquí», explica esta profesional del sector turístico, que, en la actualidad, trabaja en Agitour Viajes en Torremolinos, una empresa que se dedica en organizar eventos y viajes en toda España.
«Cuando llegué a Málaga en el años 1997, no había prácticamente turismo en la ciudad, sólo algunos estudiantes y poco más», rememora. Ella, como profesional del sector, ha podido comprobar la evolución turística de la capital de la Costa del Sol en el último cuarto de siglo: desde la red de museos hasta la llegada de numerosos cruceros. Eso sí, recuerda que la ciudad antes era «más auténtica», que es lo que van buscando muchos visitantes, que le piden que les diga cuáles son «los restaurantes donde comen los españoles», por ejemplo.
«Ahora la ciudad está más preparada para recibir a turistas, es más metropolitana, pero ha perdido parte de su identidad, por ejemplo, cuando hicieron el túnel de la Alcazaba y se quitó La Coracha, lo que fue, a mi juicio, un fallo fatal», argumenta.
La gastronomía malagueña y andaluza, en general, es otro de los atributos que más valora Gunda Gabriel, que se confiesa fan de los potajes y se ha aficionado al arte del tapeo.
Entre sus platos favoritos, están el gazpachuelo y el ajoblanco. «Me encanta cocinar platos de aquí, pero no me salen igual de buenos que los de mi amiga malagueña», concluye.
El cambio climático y sus consecuencias preocupan a Gunda desde hace tiempo. Como muchos alemanes y centroeuropeos tiene una mayor sensibilidad. «Me gustaría que aquí también fuera así», anhela.
La sequía y los incendios también le inquietan. Aunque en la zona de Alhaurín de la Torre donde ella vive el fuego no estuvo cerca el pasado mes de julio, sí se aproximó a la casa de muchos de sus amigos de Alhaurín El Grande.
Esta alemana de Renania del Norte, coherente por su amor a la naturaleza, también se confiesa antitaurina. Las corridas de toros es una de las cosas que menos le gustan de España. «No entiendo cómo puede haber crueldad con la excusa de que es tradición».
Ella va en la dirección contraria. De hecho, ha hecho varias veces acogidas de cachorros de perros abandonados:«Es horrible cuántos recién nacidos se encuentran en la basura o en otros sitios inadecuados; no entiendo por qué no se puede controlar y obligar a las castraciones»
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