Si los vientos elevan o rebajan la temperatura terrestre, también la marina. El levante empuja hacia la costa el agua superficial, que está caliente por el sol. En cambio, los vientos de poniente, que traen el temido terral, provocan el efecto contrario, ya que arrastra la capa superficial mar adentro y ésta es sustituida por aguas profundas, que están más frías. Y ante el predominio del poniente, la realidad es que este verano el agua está más fría. Lo habrán notado todos los bañistas a la hora de darse un chapuzón, pero los datos oficiales también lo corroboran.
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Así lo atestiguan las mediciones que a primera hora de la mañana (antes de que el sol intervenga) hace cada día el Instituto Español de Oceanografía en la playa de Fuengirola, junto a su sede. En julio, la media fue de 18,9 ºC frente a los 20,2 de promedio histórico, y en lo que va de agosto es de 18,5 frente a los 21,4 habituales «debido a una frecuencia más alta de vientos de poniente y terrales», tal y como remarcan desde el Grupo Mediterráneo de Cambio Climático del IEO.
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Para hacerse una idea, en el verano de 2020 mandó el levante y en este punto se alcanzaron los 26,6 ºC, batiendo un récord desde que empezaron estas mediciones diarias en 1984. En los últimos días, con la entrada de la masa de aire procedente del norte de África que ha estado detrás de la pasada ola de calor, la temperatura del mar ha tendido a subir.
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