Miércoles, 9 de marzo 2022, 01:03
Olga llegó a Málaga el pasado domingo, día 6 de marzo, después de afrontar la travesía más complicada de su vida. El mismo día que las tropas rusas iniciaron la invasión en la capital de Ucrania, el pasado 24 de febrero, abandonó su país con su hijo de dos años. En el camino se sumaron sus dos sobrinos, también de dos años, y sus padres. Aquella madrugada no imaginó que el estruendo que la despertó fuera una bomba. Recuerda que fue un sonido ensordecedor, pero pensó que probablemente procedería de alguna construcción cercana.
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Su pequeño llevaba unas semanas con problemas para dormir y estaba exhausta, así que volvió a rendirse al sueño. El sonido de la una alarma antiaérea volvió a desvelarla a las 7.40 horas. No sabía qué estaba escuchando, pero un escalofrío recorrió su cuerpo entero. Su marido trató de tranquilizarla y le dijo que seguramente sería la sirena de una ambulancia, aunque esa explicación no acabó de convencerla y echó mano a su teléfono móvil. En ese momento, cuando vio que tenía varias llamadas perdidas de sus amigos, lo comprendió todo: «Ahí pensé: estamos en guerra».
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El matrimonio se levantó de la cama a toda prisa y empezó a hacer las maletas, «todavía sin tener idea de a dónde ir» y con el corazón en un puño. Olga, de 37 años, llamó a su madre e intentó convencerla de que se fuera de Kiev ese mismo día con ella, pero la mujer, sin creer todavía que estuvieran cayendo bombas en su ciudad, le respondió que no podía irse. Tenía que trabajar, le dijo. Es profesora y aquel 24 de febrero impartió seis lecciones online. Su padre también salió temprano de la casa, pero al llegar a la estación de tren se dio cuenta de que nada era como siempre.
«Nadie entendía nada aquel día, y todavía seguimos sin entenderlo», apunta Olga. Pocas horas después, ella, su hijo y su marido tomaron el coche y cruzaron la frontera moldava. «Hay gente que ha elegido quedarse y luchar por Ucrania, y nosotros elegimos que yo me fuera con mi hijo para ponernos a salvo, aunque mi marido regresó al país para ayudar como voluntario», manifiesta Olga.
La despedida, rememora, fue uno de los momentos más duros de su vida. Se abrazaron en silencio, sin saber ni qué decir. Él intentó consolarla, repitiendo que habían tomado la mejor decisión. A Olga no le salían palabras. Eran demasiadas emociones. Era demasiado cruel para ser cierto. «Fue muy triste y no podíamos llorar, teníamos que mantenernos fuertes porque no queríamos asustar a nuestro niño», cuenta la madre.
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En esta travesía de más de 4.000 kilómetros, Olga se reencontró con sus padres, que finalmente huyeron del país, y con su cuñado, quien le entregó a sus dos hijos de dos años para que los trajera con ella a Málaga. «Han pasado varios días desde que nos fuimos y todavía no me creo lo que está pasando, lo que nos están haciendo», afirma la mujer. Estuvieron once días atravesando Europa, pasando por Rumanía, Hungría, Eslovenia e Italia antes de llegar a España, donde hicieron parada en Gerona, para continuar el trayecto hasta que finalmente llegaron este domingo a Málaga.
Aquí se están quedando en casa de un hermano de su cuñado, que llegó hace un año a Málaga y está casado con una mujer de nacionalidad ucraniana. Es consciente de que los pequeños están a salvo y eso era lo más importante para ella, pero no puede estar tranquila con lo que está ocurriendo. Permanece continuamente con el móvil en la mano, a la espera de que su marido se ponga en contacto con ella.
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«Hemos hablado todos los días y cuando llama es un momento de alivio porque veo que está bien, aunque sé que no quiere preocuparme y no me lo cuenta todo», dice Olga. Su hijo, a pesar de su corta edad, no deja de preguntar por el padre y el motivo por el que se han marchado de la noche a la mañana de su casa. Hace dos días, la madre decidió contarle que algo muy malo está pasando en su país, aunque el niño no llegue a comprender del todo qué significa eso.
La mujer cuenta que tras huir de Ucrania ante el horror desatado por el presidente ruso, Vladimir Putin, le cuesta acostumbrarse a la «felicidad y tranquilidad» que en apariencia se respira en Málaga. Es como si el conflicto estuviera ocurriendo en otro mundo, expone. «Ahora mismo estoy muy mal porque me gustaba mi vida, me gustaba mi ciudad y era feliz; estoy deseando que todo esto termine para volver», afirma.
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Agradecida por la hospitalidad
Olga, que es escritora de cuentos infantiles, no se imagina un futuro distinto a la vida que había llevado en Kiev. Y mucho menos lejos de su marido y de sus amigos, sabiendo que el peligro no ha terminado. Aunque todavía está tratando de asimilar el cambio, asegura que está muy agradecida por la hospitalidad con la que ella y su familia han sido recibidas en España «en este momento tan horrible».
«Quiero dejar claro que el pueblo ucraniano no quiere vivir bajo el poder de Rusia, no podíamos imaginarnos que esta guerra fuera a producirse, que se haya vuelto real», incide Olga. No hay manera de entender el sufrimiento que el presidente ruso está infringiendo a millones de personas. Más de dos millones de personas han huido de Ucrania desde que empezó la invasión rusa, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).
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La mujer asegura que solo quiere que su país sea libre y que sus ciudadanos vivan en paz. «Mi deseo es regresar a Kiev y ayudar a reconstruir la ciudad y el resto de regiones ucranianas», afirma. De momento, ella y su familia pedirán asilo en Málaga. Aunque cada día el conflicto se torna más real, no pierde la esperanza en recuperar la vida que tenía antes del 24 de febrero, el día en que todo cambió. Una vida que, a miles de kilómetros, ahora se antoja como un sueño.
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